Ven y enloquece

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Felicitación navideña obra de Mónica http://neogeminis.blogspot.com.es/2017/12/y-llego-el-dia.html .

viernes, 5 de diciembre de 2008

TdAp: Movieland 01

Jerome Charyn // Movieland, chapter 10.Two-Headed Man
El hombre de dos-cabezas





10.1



Borges me conduce a otro laberinto: esos medio-humanos en El Jardín de Alá que se sentaban alrededor de un estanque que se parecía al Mar Negro. Eran escritores, hombres y mujeres de verdadera sabiduría, que a menudo portaban dos o tres cabezas, mientras colaboraban película a película y se ahogaban en estupor.


Varios de ellos habían sido refugiados de La Mesa Redonda del Algonquin —ese inteligente equipo que escribió para Vanity Fair y que engendró The New Yorker— casi un juego de salón para los de su especie. Se tomaron un largo almuerzo de diez años en el Algonquin antes de vagar en dirección a Hollywood y caer en uno de los cubículos, o pesebres del tamaño de un armario, que poblaban los estudios Paramount o Warner; donde los escritores tenían que fichar y fichar, mientras nadaban en su propio Mar Negro.




Ellos eran "expatriados sin dejar su país”, una legión de extraviados que “adaptaban las novelas, ya caducas, los unos de los otros, y se reescribían los guiones mutuamente... y a los pocos años estaban reescribiendo las adaptaciones ya adaptadas, o las adaptaciones de algún otro.”
Llegaron en los años treinta y cuarenta, desde entonces se ha abusado de ellos. Prácticamente todo escritor de valía —desde Dash Hammett a Faulkner, Lillian Hellman, Scott Fitzgerald o Dorothy Parker— se unió a ese club de expatriados, aunque solo fuera por un breve periodo, y vivó bajo el sol, como una salamandra o rata bien asalariada.
Despreciados por los magnates que los contrataban, trabajaban apresuradamente sobre cualquier tema, mientras los despedían, contrataban y volvían a despedir… pareciéndose su existencia a una película de los Hermanos Marx.





Había algo absurdo en los guionistas, con sus dos cabezas, que se adentraban apresuradamente en aquellas ciudades amuralladas con un guardia en la puerta, vasallos en un reino que no podía comenzar una película sin su ayuda. Eran alumnos que se podían graduar al convertirse en productores y tiranizar a otros hombres de dos cabezas. Pero la mayor parte de ellos nunca llegó a esos extremos. Ellos no podían resolver la adivinanza más sencilla en la política de los estudios: los magnates habían comprado sus servicios, al igual el de los carpinteros o los zapateros, y podían pedirles que escribieran por página... o al peso.




Compositores como Erich Wolfang Korngold, que compuso la música para El Capitán Blood, King’s Row, y aproximadamente otras doce películas, eran tratados mucho mejor que cualquier hombre de dos cabezas. A los magnates les encantaba la música, y además, Korngold era un genio. Un niño prodigio checoslovaco, que había compuesto una ópera antes de tener diez años, y ya dirigía orquestas no superados los veinte. Jack Warner tuvo que secuestrarlo de la Vienna Opera House.




Korngold era el Mischa Elman, el Brahms, el Berlioz o el Bruno Walter de La tierra de las películas, todos en uno. Él podía "tocar el piano, el violín, dirigir una orquesta y presentarse con treinta y dos piezas de schmaltz (1)”.

En 1938, su salario en la Warner Brothers ascendía a 1,041.66 dólares semanales. Era el “Doctor Korngold” o el “Profesor Korngold” para los extraños, para sus compañeros músicos, y para los magnates del cine. El Profesor Korngold era muy vehemente respecto a sus bandas sonoras. Si otros compositores del equipo intentaban aprovecharse de sus creaciones, solía gritarles: “Yo le robo a Richard Strauss. Tú puedes robarle a Richard Strauss. Pero no me robes a mí”.


En los ensayos se solía presentar vistiendo una cazadora, estilo vienés, “que le llegaba hasta la cadera”. Despreciaba los cuchillos y tenedores en la mesa. Le gustaba comer los dumplings y las tortas de Sacher con sus manos. Cuando Jack Warner, o el chatarrero Louis B. Mayer, tenían que dar una fiesta, solían invitar a Korngold, sentarlo al piano, y suplicarle al maestro / profesor / doctor que interpretara una de sus composiciones. Pero todo lo que podía hacer un escritor era mirar el guión y “adecuar el diálogo a la acción”.




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(1)Aquí Charyn juega con las dos afecciones de la palabra “schmaltz”. En EE.UU. se utiliza para calificar a las composiciones instrumentales excesivamente empalagosas.
En Centro Europa es el nombre que recibe una grasa animal que se utiliza para freír o se hunta directamente en el pan.



© Nino Ortea Gijón, 10-VI-00 / 4-XII-08

2 comentarios:

  1. Nino!
    Un gran texto. La novela está disponible en Amazon, me la recomiendas?
    Por cierto, de las dos críticas sobre bond, ¿cuál fue la más leída?
    Salu2

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  2. Es un detallazo que encuentres un rato en tu viaje para venir y enloquecer.
    Sí, la verdad es que toda esta generación de escritores a caballo entre cine / teatro / periodismo y excesos, cuenta con muy poco reconocimiento dentro y fuera de USA.

    Era desquiciante, Faulkner adaptando a Chandler, Chandler a Jim Thompson… De todos, el único que lo aprocvechó para convertirse en su propio personaje, fue Hammett, quien acabó siendo El hombre delgado.
    Hace poco he "revisto" la versión de The Great Gatsby, protagonizada por Alan Ladd. De Fitzgerald, me encanta Tender Is the Night. Es triste, murió alcoholizado y convencido de que era un mediocre.
    Creo que es en Gatsby donde dice eso de que El “American Way of Life” no da segundas oportunidades.

    Cuídate, viajero.

    Nino

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.