Ven y enloquece

Ven y enloquece
Ya está disponible en Amazon mi antología «Nada ha sido probado». Gracias por vuestro interés.

sábado, 10 de enero de 2009

TdAp: Movieland10




-->
Jerome Charyn // Movieland, chapter 10.

Two-Headed Man.
El hombre de dos cabezas.



A Otto no le gustaba hablar de sus películas pasadas. Caía en una amnesia muy conveniente.
Pero su cara se enrojeció como la de un niño cuando saqué a colación La zarina (1945), protagonizada por Catalina la Grande (Tallulah Bankhead) y un miembro de su guardia real. Alexis (William Eythe), que asciende bajo su protección para acabar hundiéndose. Alexis es un oportunista que carece de la suficiente inteligencia.
Vi la película cuando tenía ocho años, y me pareció que encarnaba todos los comportamientos de un alumno de colegio público. William Eythe era como mi propio patético espejo. Me crié con él... También me derrumbé en la corte de Catalina. La película me había asustado más de lo que Bela Lugosi nunca podría hacer. Tenía todo el cinismo del Bronx.
Lubitsch”, —dijo Otto—. “Era una película de Lubitsch. Él sufrió un infarto... me pidió que la dirigiera. Mis amigos me dijeron: manténte alejado, Otto. Pero no pude. No fue un éxito... todo el mundo esperaba por ‘el toque Lubitsch’. Querían otra Ninotchka. Les di algo diferente”.
Me encantó”, —le dije—. “¿Qué fue de William Eythe?”. Él era mi héroe, ese hombre con aire sospechoso, descolorido, atractivo a su manera, que parecía vivir en las sombras.
El alcohol”, —dijo Otto. Eythe había muerto a los treinta y ocho años de hepatitis.
Dimos un paseo tras la comida. La gente se quedaba mirando a su conocido cráneo. Otto se sumergió en el tráfico. Fuimos a su casa en la ciudad. En la Calle 64.


Parte del proyecto televisivo giraba en torno a la suspensión, por parte de la Corte suprema, de la decisión de las autoridades de Nueva York de impedir la proyección de una película francesa basada en la novela de D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley.
Bueno”, —le dije a Otto—, "si vamos a tener a Black y todos los restantes cuervos de la magistratura, ponderando la inmoralidad de El amante de Lady Chatterley, ¿por qué no incluimos una escena suya viendo la película?”.



A Otto no le gustó la idea.
Él no había visto la película de Marc Allégret, protagonizada por Danielle Darrieux y Leo Genn.
No había en ella la más mínima pizca de pornografía. Pero pensé que podía ordeñar de ella un poco de drama, mostrando una bandada de cuervos, con sus togas negras, buscando los pequeños detalles que se le escapasen a Daniel Darrieux.
Otto había alquilado la película. La vimos juntos en su sala de proyección, en el piso superior de su casa en la ciudad. Danielle Darrieux estaba hermosa, por supuesto. Pero las escenas que más me gustaron, fueron aquellas en las que aparecía Leo dando vueltas con su silla de ruedas.
Otto se quedó dormido tras la película. Se tumbó en un diván cerca de la ventana y comenzó a roncar. “Mamá”, decía en su sueño. “Mamá”. Y se golpeaba la frente con un enrojecido puño.


8. “Las películas no se elaboran en las mentes de los guionistas”, dijo el director Wener Herzog.
Y Herzog tiene razón.
Otto me había dado una obra en su forma esquemática, y me sentí como un niño con un libro para colorear que él no había escogido. No estoy seguro de cuantos guionistas habían trabajado en el texto antes que yo. Pero tenía un montón de huesos con los que entretenerme: páginas que estaban a medio escribir.
Se había producido un truco de magia mientras me sentaba en el estúpido escritorio de Otto. Los cuadros habían desaparecido de la oficina. Había detectives escudriñando las moquetas de Otto, midiendo las paredes. Me daban la sensación de estar embrujados, atrapados en su propio encantamiento solemne. Toda la operación apestaba a metafísica. Me pregunté si no estaría en mitad de un viaje en el tiempo, un soñador en el planeta Tlön. Lo que quiera que estuviera pasando, era más interesante que mi preocupación con la Corte Suprema, y mucho más ficticio.
El culpable resultó ser un antiguo novio de una secretaria de la oficina de Otto. La llamaré M. Otto no presentó cargos. Se enfrentó al antiguo novio en una tarde lluviosa, lo invitó a subir a Sigma Productions, como si fuera a entrevistar a un actor para nuestro programa televisivo. No gritó. Había un tono casi musical en su voz. Sabía que M no había estado implicada, y quería protegerla de cualquier clase de escándalo. Era una conducta curiosa para un productor independiente. No se sentía especialmente cercano a M. Pero ella trabajaba para él. Era parte de su pequeña tribu.
Los cuadros reaparecieron. Continué escribiendo. Me sentía más y más como un hombre de dos cabezas. Me gustaba mi colaborador, Otto Preminger. Me había convertido en un miembro de su tribu, pero no podía darle lo que quería: un docudrama sobre la Corte Suprema, con el aspecto de un cuadro perfectamente trazado.
Me vi envuelto en espacios vacíos, en subversivos planetas del alma.


Huí de Otto Preminger, pero tiene gracia. Eché de menos la oficina, beber té en la porcelana china de Otto, el azul de los ojos de Otto, su enloquecida búsqueda de lo “coloquial”.
Oí rumores sobre él durante un tiempo.
Lo había atropellado un coche.
Cayó en una especie de amnesia constante.
Murió a los ochenta años.


©Nino Ortea Gijón, 10-I-09



-->

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hola, gracias por tu tiempo de lectura.