Ven y enloquece

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domingo, 12 de julio de 2009

Libros prestados, besos robados II



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La realidad es terca; y más cuando interpretas el que una persona haga de su vida su sayo, como una muestra de desdén hacia ti. Pero, en mi obsesión todo me llevaba a la que nada quería de mí.
Los días fueron pasando, como pasan las cosas que no tienen importancia cuando crees que todo lo que te importaba ya te ha pasado. Una mañana, al evocar a esa señorita en mis maldiciones matinales, comprobé que mis tripas estaban tranquilas: había llegado el momento de comenzar a despedirse.
En mi torpeza, confié por más de un año en que quien no tenía corazón tuviera cabeza; por lo que esperé a que me avisara para que pasase a recoger unos libros que sabía que quería recuperar. Mi error fue pensar que nuestra proximidad urbanística le permitiría leer mi mente. No en vano, primero había visto en ella a una encantadora y ahora descubría a una bruja. Así que, sin llamarse Maruja, ¡a la muy piruja no le costaría nada adivinar lo que yo no le decía!
Convencido finalmente de que la desmemoriada puede ser muchas cosas, pero no una telépata, opté por el recurso mágico de la comunicación telefónica; y de manera indirecta, por dos veces le volví a pedir “mis libros”. Ahora sé que debería haber sido más claro y especificar el material al que me refería, pues visto lo entregado hay cosas que faltan y otras que no deberían estar. Pero… mejor lo dejo como está. Después de todo, insistir podría llevar a más confusiones.



Para mi sorpresa y tristeza, me encontré con libros que creí haberle regalado. No sería la primera vez que mi excelente memoria me lleva a falsos recuerdos, pero podría perjurar que objetos que me emocionó regalarle, los interpretó como un préstamo y devuelto me los ha, ¡la muy despistada!.
Por ejemplo, he descubierto que no fue ella a quien el domingo 12 de septiembre de 2004 —pasadas las 8 de la tarde— visité en su futuro hogar. Ni fue ella quien me recibió cubierta en manchas de pintura roja que lunareaban su camiseta sin mangas negra y su cabello azabache. Puesto que a la persona que me invitó a su grafiteada cocina le regalé un libro homónimo escrito por Eddie Campbell, y le pedí que lo leyera.
Esta dama no sólo nunca me comentó nada sobre la obra, si no que me la ha devuelto impoluta. Probablemente pensó que me la había dejado olvidada, junto a mi corazón, en su cocina. Y estoy seguro de que, absorto en bañarme en sus ojos, donde creí regalarle el tebeo le obsequié un folleto de Blockbuster.


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