Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

martes, 10 de noviembre de 2009

Hijos del paraiso VI b

Jerome Charyn // Niños del Paraíso.

A finales de los años cincuenta, Martens conoció “a un entusiasta de las películas de Luxemburgo, Fred Jung, un orondo rubio... un auténtico chalado del norte.
Luxemburgo no existe.
Nadie ha estado allí. Es un país tan pequeño que nunca nadie ha conocido a alguien de allí (salvo a Fred Jung).
Es un lugar más mítico que Mónaco.
Jung se lanzó al mundo de las películas. Encontró su destino, éste consistía en ver películas. ¿Pero cómo puede uno ir por la vida viendo películas?. Creó la Cinémathèque de Luxemburgo. Fue a ver al primer ministro de la ciudad fantasma de Luxemburgo.
‘Tenemos museos’, le dijo. ‘Necesitamos una filmoteca’. Construyó su propia filmoteca.
Él viaja por el mundo viendo películas seis meses al año. Desentierra viejos rollos de películas. En la actualidad atesora algunos de los tesoros más escasos del mundo del cine. Viajó a Klondike, donde se encontró por casualidad una ciudad fantasma, y descubrió, congeladas, copias de producciones de Hollywood realizadas en 1915, 1916 y 1920, obras que se daban por desaparecidas.
Sufrió una especie de frenesí compulsivo. Siempre hay una nueva película que encontrar para el país pequeño más rico del mundo”.
Fred Jung es sólo “otro de los monstruosos hijos de Henri Langlois.

Puedes describir a una persona por sus hijos simbólicos.
El mismo Langlois era un monstruo.
Su imperio estaba construido con celuloide, pero con todo fue un imperio. Él le puso sus fronteras. Él era el Señor del Cine”.
Langlois fue un “bastardo maníaco egocéntrico, un magnate a su manera, un magnate chiflado, tan gordo que no podía joder con nadie.
Su único placer fue reinar sobre la noche obscura de las películas...

Era tan monstruoso como Orson Welles, pero con la voz de un castrato, un elefante grotesco que nos insistía en las razones por las que John Ford era un genio. Para sostenerlo, proyectaba una o dos películas de Ford, las más aborrecibles.
Langlois era perverso”.

Comenzó a organizar homenajes a los estudios a finales de los años cincuenta.
“Su tributo a la Paramount duró nueve o doce meses”.
Algunas veces comentaba que “una película norteamericana le debe más al estudio que la engendró que a su director o estrellas. Langlois alcanzaba el delirio al tratar de diferenciar (el sonido) del trueno de la RKO del de la MGM”.



La Nueva Ola se lo debía todo. Ni Truffaut ni Godard fueron a escuelas de cine. Nunca trabajaron en un plató.
Aquí nos encontramos con un emperador junto a sus discípulos... San Henri, San Langlois. Siempre estaba sin un duro. Compraba demasiadas películas. Se arruinaba por su museo. Él mismo vivía en un museo. Dormía en la bañera de Cleopatra —había comprado la bañera de la película Cleopatra de De Mille para la Cinémathèque—...
Al final de su vida se convirtió en un sádico bastardo.
Podía proyectar una película italiana con subtítulos en japonés, y añadiría, ‘ésta es la única copia que tenía. La compré en Manila’ “. También podría mostrar una “película rusa en versión danesa... No tenía una vida propia. Por todo el mundo se rendía tributo a su genialidad. Pero él me hacía sentir incómodo.
Creó algo monstruoso, pero lo hizo con genialidad. Sus límites se agrandaron demasiado, así que murió”.


7. Seguimos volviendo a Borges, que había escrito novelas policiacas y publicado guiones junto a Adolfo Bioy Casares para un par de películas de gángsters.
Borges había comprendido la peculiar habilidad del cine, su habilidad para espaciar el tiempo y adentrarse en los misterios de la mente y el espacio que han preocupado a nuestra imaginación desde que empezamos a intentar comprender quien diablos éramos.
Un hombre no tiene una vida, nos dice Borges, “ni tan siquiera existe una de sus noches; cada momento que vivimos existe, pero no su imaginaria combinación”. Pero es esta combinación imaginaria la que da vida a nuestros sueños... y a nuestras películas.
Borges nos habla de Chuang Tzu, el escritor taoísta chino que, “hace más de veinticuatro siglos soñó que era una mariposa, y, cuando se despertó, no supo si era un hombre que había soñado que era una mariposa, o una mariposa que soñó que era un hombre”.
Todos somos Chuang Tzu, sumergiéndonos en el curso del siglo mientras soñamos con un camino que nos lleve a través de un universo que puede, o no, existir; al igual que unos niños en la sala de cine final, con un techo infinito y paredes muy estrechas... 

© Nino Ortea. Gijón, 9-XI-09

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