Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

miércoles, 10 de marzo de 2010

In memoriam

A mis 44 años, ya no tengo edad para morir joven; pero entreveo que no lo haré de viejo. Es un presentimiento que me acompaña desde mi adolescencia tardía. Y que se ha visto reafirmado en voces ajenas y distantes. En gargantas que al leerme la buena fortuna o echarme las cartas, en puntos tan distantes como Oviedo o Lisboa, han coincidido en emplazar mi fallecimiento en la frontera de los 70 años. En mi cama. Tranquilo. Frente a mi pareja. Junto a mis hijos.

Mi muerte no me preocupa. Y no es que me rinda ante el Destino. La mujer de la que me hablaron, bastante más joven que yo, no existe. Y mis niños nunca fueron concebidos. Quizás ése ha sido mi gran error. No quise tener hijos. Pero, algo me dice que no habría sido buen padre.

No sé cuándo llegará el momento de mi ADIOS. No sé si vendrá de manera voluntaria, sostenida o inesperada. Lo que sí sé es que, de celebrar ahora mi última cena, serían muchos los comensales que faltarían a la mesa. Y eso sí que manca. Si llevo mal los silencios, ¿cómo no voy a sufrir las ausencias?

Entiendo que toda persona es libre de decidir cuándo irse de un lugar que ya no es su sitio. Pero si he compartido con esos ausentes sonrisas, palabras, caricias y abrazos... me entristezco. No pienso en lo que pudo haber sido, si no en lo que ya no será. No me planteo sus porqués, pero sufro su ausencia, pues nadie ocupará su sitio. Las personas no somos libros que esperemos pacientemente a que continúen con nuestra lectura. Somos frágiles figuras de cristal de Murano. Y son muchas las veces en que no es que los demás nos rompan, si no que nos descolgamos de la vida, y nos pesa cada latido. Sin arrojarnos, nos dejemos caer, pues nada nos sujeta.

No somos réplicas, somos replicantes enfrentados a nuestros creadores que nos han inoculado caducidad con los sentimientos. Extinción que se acelera cuanto más intensos son estos. Tristeza, desarraigo, fracaso... son golpes que fracturan los dedos con que nos sujetamos al filo cortante. Nada ocupa el hueco de quien se cae de la azotea de la vida, y al hacerlo se lleva todo su universo. Aunque su recuerdo y su esencia nos acompañarán en todas las pequeñas cosas que nos estimulan: un olor, un sonido o esa costumbre que en ella nunca tachábamos de manía. No nos morimos del todo mientras alguien nos recuerde. O nos fantasee. Por eso abrí este blog. Por mi deseo de inmortalidad.

Me encanta la vida. Me encanta la belleza. Me encanta la foto que acompaña este texto. Me encanta la perfección de su nombre. Linda. Me hace fantasear. Me habla de ese amor exquisito que aún me espera. Del encanto de lo efímero, como el cigarrillo en su mano. Del vértigo de lo arrebatador, como su mirada.

Quizás para muchos sea un iluso. Alguien que tras desperdiciar sus oportunidades no hace nada por su vida; salvo pasarse el día fantaseando, para huir de una realidad que le es esquiva. Alguien que disfraza de pereza su indolencia. No me veo así.

Me gusta mi vida. Correr con la noche y pasear en la mañana. Callejear por mi ciudad. Sentarme a admirar el cielo. Charlar. Mensajear. Escribir. Leer lo que otros escriben. Disfrutar de lo que otros me escriben. Beber. Comer. Cruzarme con mujeres que hacen que mi mirada esquiva se vuelva fija.

Mi vida me ilusiona. Por eso la comparto y la cuento. En cierto modo, asisto a ella como espectador de su serialización. He desarrollado un gran cariño hacia su elenco, y, pese a las ausencias en el reparto, sigo con ilusión el desenlace. El final ya lo sé. Fundido en negro.

Tengo mucha curiosidad por saber si se llegará a publicar mi libro, por ver si al abrir mañana hotmail recibiré un saludo o por divertirme en el concierto al que asistiré este viernes. Me apetece calentar mis huesos al sol de la primavera. Paladear ese helado que me refrescará la boca. Recibir al otoño con una nueva cazadora sobre mi misma piel.

Me gusta fantasear con mi vida. Unirla a mis ilusiones y volcarlas en palabras. Me gusta escribir. Me gusta charlar. Quizás parezca que hablo mucho de mí. No es que me crea mejor que nadie. Es que nada me sorprende más que conocerme. Al convertir mis vivencias en instantáneas relatadas, las redescubro o las vuelvo a saborear.

Pese a todo, hay momentos en que me siento solo. Y en que sólo me apetece estarlo aún más. En que me vuelvo insoportable. Mi antídoto a esta misantropía es pensar en mis muertos. Es sentir que, de alguna manera, juntos en mí, somos legión frente al infierno que nos persigue. En creer que seguimos saboreando helados, bailando canciones o viendo películas cada vez que yo lo hago.

Me duele la muerte de un ser querido. Si es por propia voluntad me desconcierta. Pero, tras la desorientación, sigo caminando. Sigo soñando. Sigo viviendo.

Ya estás tumbada, Luisa. Descansa. Compartiste tu amor y recibiste adicciones. Yo estaré haciendo ruido, para que se sepa que seguimos aquí. Saluda a mi madre, y a todos los que me esperan. Es marzo, pero sigo pensando en las nieves de abril.

Quizás ahora encuentres tiempo para aprender inglés.

Nino