Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

lunes, 1 de marzo de 2010

Sesión vermú



No sé si uno es esclavo de sus palabras, lo que sí que sé es que la convergencia entre lo escrito y lo leído confluye en el mar de la Imaginación.



Tras leer mis últimos textos —en los que evoco mi querencia heredada a contar películas y revindico mi legítimo derecho a recibir premios de los que debo reconocer que, al igual que a Sartre, sólo me interesan el dinero y la gloria que conllevan—, más de una y menos de diez habéis tenido a bien incluir en vuestros comentarios una serie de variaciones sobre el mismo tema “¿Quién crees que ganará el Oscar?”.

Mi lado más salvaje da por sentado que no os referís al gran Wilde; si no al estático aWard que funciona como incentivo publicitario de la parte más industrial de lo que muchos creen Arte.

Haciendo público lo ya comentado en privado, repito mi letanía “…quizás el ver que ellas acaban premiando con su sonrisa a los más lánguidos, me ha llevado a descreer en todo galardón deliberado”.



Debo aceptar que me hago viejo —aunque me sienta rejuvenecer cada vez que me engalano de Nino Ortea—, y posiblemente por ello mi apasionamiento se ha vuelto más acomodaticio y cobarde. Muchos lo llamarán prudencia y madurez. En mi caso es puro vértigo al vacío de una vida que cada vez se escapa más deprisa. Vértigo que me lleva a alejarme de las instantáneas del Hoy y cobijarme en las imágenes del Ayer. Quizás por eso, más que coleccionista, soy acumulador; pues amontono sin ningún criterio libros, carteles, películas y servilletas escritas por otras manos.

Hubo un tiempo en que guardaba todas las entradas de las películas que veía en el cine, indicando por detrás título y puntuación. La última que guardo muestra: Cine María Cristina / Sesión vermú del 21-XII-1990 / Sólo en casa / 2. Ninguna de las salas cuyo nombre encabeza los resguardos sigue abierta. Sólo unos trozos de papel avalan que mis recuerdos no mienten. Y es entonces cuando me monto mi propia película sobre lo que conllevó ver cada filme.



Hubo un tiempo en que pasaba noches en vela escuchando la retransmisión de la entrega de los Premios Oscar por la Cadena SER, y que grababa —en cintas beta que aún conservo— el resumen de la ceremonia de entrega que emitía la 2.

Al igual que dejé de archivar las entradas, dejé de registrar los programas. Fue abonarme al Plus, e invadirme el barbecho del “¡Puff! ¿Para qué quiero esto?”. En el caso de las entradas no tengo muy clara la razón que me llevó al abandono; pero en el de mi desoscarización, la simiente la plantó la excesiva cosecha galardonera de El último emperador, tras la que comencé a dudar de su autenticidad —algo que también me sucedió ayer, al verte orinar de pie—. Entonces y ahora, me pregunté y pregunto “¿Me estarán metiendo gato por liebre? ¿Para qué habrás comprado mantequilla y alquilado El último tango en París?”



Se me hace tarde. Tengo que ir a dar clase y luego al cine. Quizás vuelva a coleccionar entradas ahora que soy calvo.

Hace una tarde preciosa para caminar, no para estar delante del vacío de Internet. En cuanto pueda, me pasaré por el blog del maestro Crowley a ver su obsequiosa reproducción de la lista de nominados al Oscar. Mañana, si soy capaz de sentarme, veré si se me ocurre algo al respecto y os lo cuento.

Aunque, entre los disgustos que me dan mi señal wifi prestada y tu sexualidad guardada, menudo melodrama se vuelve dormir sólo en mi cama. Y a lo de darte la espalda, aunque sea a tu recuerdo, como que no me atrevo.

¡O me enseñas el DNI, o no vuelvo a dejar que me cojas por ahí!

© Nino Ortea. venyenloquece@hotmail.com Gijón 1/III/10