Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

domingo, 18 de julio de 2010

Tras descartar lo imposible





Hay situaciones en las que las complicaciones no vienen de la mano de no tener suficiente información, si no del brazo de tener demasiada.



Las ideas son al cerebro lo que las proteínas al organismo; por lo que al igual que padecemos de sobrepeso también sufrimos sobreseso. Y no estoy pensando —eso ni ahora ni nunca— en esos mareos a bordo de cualquier montaña rusa emocional durante el subeybaja de darle vueltas a una idea. No, ese deshojar la margarita de la indecisión es otro cantar que ahora no pretendo entonar.



Hoy, día festivo de tarde soleada, esa ventana reflexiva está cerrada. Vuelva usted mañana, querido lector, al mostrador de este pobrecito hablador.

Hoy y ahora, lo que toca es lo que me descoloca. Y esa matraca alteradora, resuena al chirrido del ruido con el que la información altera la percepción de lo que pasa en nuestra estratosfera o dentro de nuestra frontera.



Personalizando, que es gerundio individualizante, debo reconocer cómo me kinkonea el que a este Nino Ortea no le falta quien se sienta a su mesa y, con la intención de equilibrarle la pesa, bascula sus prejuicios sobre mis akilatados juicios. Criterios, los míos, basados en la suma de mis miedos con la resta de mis fobias. La soledad, el dolor, la desazón y el ardor de mi estómago guerrero sustentan más mis opiniones que el más epicúreo de los sofismas. Y es que son incontables las ocasiones en que mis tripas han sido más fiables que mi intelecto, por no hablar de las desilusiones sufridas cada vez que intenté que mi as de corazones tuteara con una reina de espadas. Tiritas, de las tiritantes, parchean las aortas de este Ortea. Pero bueno, mientras que otros corazones son cazadores solitarios, el mío tiene freno y marcha atrás; siempre buscando un bypass con el que compartir su compás.



Pienso, luego existo” nos latineó el más descartable de los racionalistas. “Piensas, luego sufres” me editorializan los preclaros que tienen claro que los problemas de los demás son una tontería, y que las suyas sí que son dificultades de categoría. Después de oírlos deduzco que, de haberlos escuchado, habría descubierto que tras sus “SiYOtecontara” subyace el secreto de lo que convierte a las mujeres curiosas en estatuas de sal y a los hombres curiosos en estatuas de jardines botánicos.

Lo que es más orquestante respecto a estos directores, ¡hay días en que batutean —incluso en estéreo— las corcheas de mi ignorancia sobre lo que se aparca en mis cocheras! Y es que ni me sé conducir en público, ni me dejo manejar en privado.



A ti lo que te pasa es que no tienen ningún problema. Si no, no le darías tanta importancia a eso”. Lo que acabas de leer, mi apreciado lector, no es el estribillo de la última canción de Bisbal, si no lo que le sueltan a este otrora chaval, cada vez que se lamenta de que algo le va mal. Quizás un adulto de mi talla y peso, tiene que esperar a que el corazón se le gangrene para empezar a suspirar. Darle importancia a lo que le pasa a uno es de egocéntricos, y de esa poblada tribu debo de ser el último de los mohicanos.



Piensas en exceso”, me indican quienes predican mi condición de impulsivo. Y es que quejarse de lo que a uno lo manca es de lepantistas, y en esta España mundialista todos somos casillistas. Tener tendrán razón, no lo niego. Pues en su vida apesebrada si de algo saben será de pienso.



Si es muy buena persona. Parece mentira que digas eso” me predican en defensa de un indefenso desconocido aquellos que a todo conocido lo llaman “amigo”. Y es que, mi oculista me engañó. No padezco de vista cansada, si no de visión adulterada. Por eso donde hay una sílfide yo veo una arpía. ¡No hay más tu tía! Por eso estos canónigos hablan tan bien del amigo al que desconocen, desde la distancia se ven mejor las cosas. Y un científico nunca se debe implicar con la materia que analiza.



Resumiendo, ya sabéis por qué escribo en voz alta: así no pienso en voz baja.

Y ahora, descartado lo imposible, debo aceptar lo improbable: soy el único culpable de que media Humanidad no me hable.

Y respecto al otro hemisferio, quizás debería tomarme en serio su consejo de que me recluya en un monasterio. ¿Qué te parece en El Convento, a las 7:30?

Al final, cansado y despeinado, quizás en lo que a mí respecta deba hacer mío eso de “Sólo sé, que no sé nada”.

©Nino rtea, un chaval dominical. Gijón, 18/VII/2010