Ven y enloquece

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lunes, 25 de octubre de 2010

A Basil Hallward, con afecto II


Son varias las voces que me identifican, dependiendo de la pista social en la que me encuentre. Nino en la afectiva, Marcelino en la laboral y Marce en la educativa. Nunca me ha gustado Marce. Me parece nombre de peluquero o de instructor de gimnasio. En los 25 años que han pasado desde que nos presentaron en la Academía Galileo (Avenida del Mar, Oviedo), he intentado innumerables veces ignorarlo en público. El cariño y afecto que percibo en quien por él me invoca me impiden rechazarlo. No me gusta mi nombre; pero sí cómo lo pronuncian. En boca de otros me siento mejor.

Hace unas seis semanas, desandando mi camino a casa, me encontré con una antigua alumna. Tanto ella como su hermano y familia siempre me han mostrado un gran aprecio. Lamentaron mi decisión de dejar de darles clase hace ocho años. Al poco de irme, ella había dejado de estudiar. De vez en cuando, no seguimos tropezando. Me lleva regalados un cartel de cine tras su viaje a Cuba, un par de publicaciones autoeditadas y un aprecio sincero en cada encuentro.

Esa mañana en que nos deslizamos, me dijo que había estado pensando en mí, pues se había planteado presentarse a las pruebas de PAU; y se preguntaba si “me importaría” ayudarla —soy tan mercenario que cobro a la hora por ayudar a las personas que me valoran—. Apenas pasadas tres semanas de nuestro encuentro, me telefoneó para darme las gracias. Había sacado un 7 en las pruebas. Este mediodía, no ha parado de agradecérmelo de nuevo mientras compartíamos un vino que no me permitió pagar.

—“No, Marce, no. Déjame invitarte. Es lo mínimo que puedo hacer”.

Este domingo por la tarde llovío lluvia. Mientras hacía meandros entre unos charcos tropecé con un dique de forma humana. Tras alzar la mirada vi a uno de mis últimos alumnos en la Academia Varela (Marqués de San Esteban, Gijón). Me sonrió mientras me decía socarrón algo así como “¡Marce, vas tirame!”. Nos juntamos para tomar un par de cervezas mientras la televisión hablaba de que España se divide entre Zapatero y Rajoy, entre Messi y Ronaldo.

Había acabado derecho, y lleva casos de oficio que le permiten tirar para adelante mientras hace lo que de verdad le gusta: tocar el saxo. Para mi sorpresa, me dijo que durante los cuatro años que habíamos compartido aula, más que aprender lengua o inglés, había disfrutado con las historias que les contaba y que le habían hecho ver que no por ser adulto tienes que abandonar tus sueños.

Si en aquel momento me hubieran dicho que un par de llamativas que teníamos enfrente nos habían invitado a una ronda, mi sorpresa habría sido menor. Ni me podría haber sentido más alagado que tras oir las palabras de aquel saxofonista que me había hecho sentir tan importante como un aparato de televisión para el Martin Tupper que protagoniza la serie Sigue soñando.

Es agradable el que te muestren agradecimiento. Más allá de mi componente vanidoso, me gusta sentirme útil. Sin embargo, son muchas las veces en que me maquillo con hosquedad y autosuficiencia. Busco estar tranquilo. Acabo solo. No me gusta sentirme solo.

No sé si me atreveré a desmaquillarme y salir a la vida sin ir a la defensiva. Con la jovialidad de Nino, la tenacidad de Marcelino y la humanidad de Marce. Quizá, mi monstruo no es el miedo a caer, sino a poder volar. ¿Y si los sueños son en realidad visulaizaciones de otra realidad que está a nuestro alcance? ¿Y si puedo ser aquél que dicen que soy? Quizá si destapo mi cuadro, no vea a ese monstruo que temo.

Quizá luego me atreva a salir a la calle sin capucha. Quizá más tarde pueda cantar: …“And I still can see Blue Velvet (David Lynch, 1986) through my tears”.

ATRÁS

Nino Ortea