Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

lunes, 4 de octubre de 2010

Monstruos asustadizos.

¡Yo no soy un animal! ¡Yo soy un ser humano! ¡Yo soy un hombre!

La frase anterior es la principal leyenda promocional de la película El hombre elefante (1980), filme en el que David Lynch recrea la vida de John Merrick. Nacido en el corazón del Imperio Victoriano, la causalidad hizo que Merrick fuese visto como una deformidad por sus conciudadanos. De haber nacido en el pericarpio de ese mismo imperio, Merrick habría sido venerado como una deidad. Una reencarnación de Ganesha, dios hindú con cabeza de elefante. Curiosamente, la mitólogía hinduista da un origen trágico a la deidad. Hay situaciones que, tanto imaginadas como vividas, son siempre dolorosas.

Ante un mismo hecho se alzaban dos posibilidades opuestas. Al final, su realidad adoptó la cotidianidad de una pesadilla.

David Lynch es un creador marcado por la casualidad. Dotado de una extrema sensibilidad artística y una variada capacidad creativa, la casualidad en forma de beca hizo que optara por centrar su mirada en el Cine. Cabeza borradora (1971–1977) trata, o quizá no, de cómo lo imaginativo adopta formas monstruosas al nacer en una realidad con patrón de pesadilla. La casualidad hizo que Mel Brooks —hombre de ingenio asociado a la comedia delirante— viera esta primera película de Lynch, distribuida con mucho ánimo y poco dinero. Su voluntad lo llevó a producirle la segunda, El hombre elefante. Filme donde el principal papel femenino es interpretado por Anne Bancroft.

Brooks estaba casado con Bancroft. Cuando se conocieron ella era una oscarizada actriz dramática y él un recién llegado, hijo de esa aberración cultural llamada televisión. La felicidad articuló su unión hasta que la fatalidad, con nombre de cáncer, los desemparejó. Anne no quería irse. Presentía que, sin ella, Mel haría películas tristes. Brooks ha dejado de dirigir Cine. No es bueno transmitir tristeza.

Todos tenemos una habilidad especial para algo. Esa habilidad puede brillar durante mucho tiempo o resplandecer con tal intensidad que su fuerza nos consume en poco tiempo. En este momento y en algún lugar está sonando el “We can be heroes, just for one day” cantado por David Bowie, el hombre camaleón del Rock.

Lo que canta esta canción es verdad. Lo hemos vivido todos. Todos en algún momento nos hemos sentido invulnerables al desánimo. Todos hemos soñado con ser hacedores de mundos donde lo eterno se convierta en efímero. Para que algo exista tenemos primero que imaginarlo. Debemos plantearnos lo que queremos ser, para que así nos sea más fácil llegar a serlo. Visualizar nuestros objetivos ayuda a saber lo que no queremos.

El problema es que, muchas veces, dejamos que los prejuicios ajenos nos atenúen. Optamos por tonos grises o por reflejar brillos ajenos. Nos apagamos en un proceso que denominamos “Maduración”, por ponerle algún eufemismo a nuestro miedo al ostracismo social. Nos apagamos por pavura a esta sociedad que a los ricos inútiles los llama “excéntricos” y a los piterpanes pobres nos diagnostica como “desquiciados”. Me gusta ser un inadaptado. Quizá porque no sé adaptarme. Si eres algo, debes serlo con orgullo.I, I will be king. And you, you will be queen”.

La Inglaterra victoriana que descuidó a John Merrick, es la comadrona que acunó el signo de nuestros días. Marcó las relaciones sociales, laborales y personales al fuego de las apariencias. Un epítome de esta actual feria de las vanidades —preconizada por William Makepeace Thackeray en 1847sería en gran medida Internet y el falso buenismo de sus redes sociales. Fuera del brillo de las pantallas y frente a la mugre de los teclados se encuentra la vérité. Un mundo de éter donde la productividad, concebida como explotación de la valía ajena, es el vórtice de este agujero negro que absorbe nuestras energías positivas y las bastardea en productivas.

Dejar de ser provechoso es una de las principales razones para que te declaren legalmente loco. De hecho, el que prefieras que tus manos no sean de obra sino que creen obras está muy mal visto. Cual monstruo te señalan por la calle como un vago, un crápula o un vividor. Y es que hacer las cosas por amor al Arte no es un trabajo, es un pordioseo. Por eso hay tanto mecenas que, con dinero público, da subvenciones con modos del que da limosnas.

¡Sea usted progresista, siente en su mesa a un artista! Comen poco, pues se pasan la velada hablando de sí mismos, y entretienen mucho, pues sin levantarnos del sillón nos llevan a mundos que no existen. Pasen y vean, la sesión va a comenzar: la mujer barbuda, el hombre imberbe y el más monstruoso… ¡el creador orgulloso!

¿Exagero?

¿Qué si no explica la política de ofrecer gratis el Arte a los ciudadanos? ¿Por qué se descuida la protección de los derechos creativos? ¿Acaso los ciudadanos no preferiríamos que fuese gratis la electricidad o el agua? ¿Acaso no tengo derecho a que se reconozcan mis derechos creativos frente a los sátrapas?

A las personas que vivimos diferente se nos ultraja de “vagos”. Un vago es un inútil que descuida su vida. El que se aferra a lo primero que puede y le es más fácil. El que busca un trabajo fijo en el que vegetar hasta su jubilación. Vago es aquél que deja que lo domine la cobardía frente a la vida. ¡Adiós ilusiones! ¡Hola, jubilaciones! La cobardía nos lleva a ocultar aquello que nos avergüenza. Muchas veces nos avergonzamos de ser como somos. Yo soy perezoso. No guardo ninguna vaguedad al respecto.

La sociedad victoriana se avergonzó de John Merrick. La sociedad hindú lo habría admirado. La casualidad hizo que Merrick naciera en Inglaterra. De haber nacido bajo tierra habría visto más la luz del día.



David Bowie también nació en Inglaterra. Para muchos es un continuador del movimiento decadentista. La Inglaterra victoriana se avergonzaba de autores decadentes como Oscar Wilde. Logró apagar sus ganas de brillar.

David Bowie sufrió la Inglaterra tatcheriana. Esa vuelta a los valores tradicionales del paternalismo del Estado y la alta burguesía. Entre Julio de 1980 y enero de 1981, Bowie interpretó el papel de John Merrick en la obra de teatro El hombre elefante. Bowie acababa de publicar el álbum Scary Monsters... and Super Creeps donde reducía a cenizas su pasado para volver a renacer. David Lynch dirigiría a David Bowie en Twin Peaks: Fuego camina conmigo (1992).

La vida son casualidades. Algunas de ellas afortunadas. Otras no.

Mi cobardía hizo que embozara aquello que me hace diferente. Creo que ha llegado la hora de dejar atrás los miedos.

Gracias.

Nino