Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

miércoles, 1 de junio de 2011

Me siento rejuvenecer.

Fotografia tomada por George Barris.

Hoy –1 de junio de 2011- Norma Jeane Mortenso habría cumplido 85 años.
Mientras que su personaje público de Marilyn Monroe ha mantenido su fuerza iconográfica y su personalidad laboral ha sufrido una revalorización, su persona no fue capaz de acompasarse al ritmo de una vida cuya música hacía tiempo que había dejado de sonar para ella. Y se fue de esta pista de baile. Descalza, para no hacer ruido. Descalza, como le gustaba pasear por la playa de Santa Mónica.

Pocas descripciones del proceso de angustia vital he releído tan febrilmente como la que refleja El árbol de la ciencia. Descubrí esta novela –escrita por Pió Baroja– a los 17 años, como imposición de mi por entonces profesora de literatura, Maria Elvira Muñiz. Ya de aquella, yo confundía libertad con soledad y los consejos con imposiciones. Recuerdo que mantuve una avivada discusión con mi profesora –también directora del instituto– sobre el sinsentido de obligarnos a leer obras sobre las que no se nos permitía desarrollar una opinión basada en la lectura de sus páginas, sino en las del libro de texto.
Quizá la muestra más clara de mi descaro la exterioricé cuando me mandó leer en público mi trabajo –ya evaluado por ella– sobre la obra de teatro El tragaluz, escrita por Buero Vallejo. Yo, tras romper mi escrito y tirarlo a la papelera, les hablé a mis compañeros de Al este del Edén, la novela que estaba leyendo en ese momento. Momento convertido en eternidad, pues nunca la he acabado. Ni me planteo hacerlo.
Maria Elvira no sólo consintió mi actitud desafiante, sino que fue la única persona en la clase que siguió con atención mi digresión sobre la obra de John Steimbeck.

Al igual que al ficticio Andrés Hurtado personaje central de El árbol de la ciencia hay etapas en las que me invade la displicencia. Una desgana con todo y por todos que me acerca a procesos autodestructivos. Es entonces cuando a mi personaje de Nino Ortea le invade una melancolía por lo que nunca existió o una rabia frente a lo que ya no existe. Por fortuna, a diferencia de Norma Jeane Mortenso, me rodea un puñado de personas que no sólo me hacen sentir importante en sus vidas; también cortan mis ínfulas o desvanecen mi apatía con unas muestras de cariño que, en un principio, suelen parecerme imposiciones.

Hoy Norma Jeane llevaría caminando 85 años. Yo me encamino a los 46.
A algunos nos gusta caliente.

Nino