Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

jueves, 9 de junio de 2011

Palabras a destiempo.


Hay veces en las que tras intentar poner nuestros sentimientos en palabras nos invade la vergüenza, pues comprobamos que quien acumula nuestros agasajos no tiene palabras por compartir y sí gestos para exteriorizar su pudor frente a la desnudez del alma ajena.

Las palabras sinceras, susurradas en momentos de complicidad, suelen convertir un lecho de rosas en un camastro de clavos del que nos levantamos espantados, argumentando que nos habíamos acostado con el ánimo de un amante y no con el de un faquir. Pocas cosas tienen mayor efecto huidizo que las palabras sinceras –independientemente del aliento que las acompañe–. Incluso ahora en esta Era de la Comunicación, lo que valoramos es la inmediatez, no la espontaneidad. Es increíble la soledad que nos rodea en esta maraña de redes sociales que nos envuelve. A falta de conversar, tuiteamos. Facebook no es un vínculo comunicativo; sino una máquina que presenta a contactos como amigos. Un delirio dadaista que nos permite aparentar ser más ingeniosos, más sociables, más deseables…

Fuera de las máquinas y de su nuevo lenguaje quebrado, también el uso sin alma de significantes léxicos nos convierte en personas insignificantes. La comunicación nos deshumaniza; nos cambia a clones de patrones de comportamiento socializado. Somos androides que no se atreven a soñar. Somos ciborgs que, a falta de sentimientos, guardamos silencios y apariencias. Vestimos nuestro lenguaje como un traje de domingo, marcado por un patrón de modismos entallados a la moda. 

Al hablar en público nos revestimos de voz activa que disimula nuestra conducta pasiva. Creemos que el decirnos "solidarios", "indignados" o "empáticos" servirá para desdecir nuestro obrar incongruente. Confiamos en que una mentira repetida se pueda convertir en verdad. Y si esto no funciona, articulamos excusas que argumenten nuestro obrar incongruente. Con vestir de domingo el 1ª de mayo y demás fiestas de guardar, con engalanar de registros comunes nuestra verborrea, buscamos integrarnos y ser uno más y mejor. Nuestra impresión de la Realidad se asemeja a un cuadro pintado por Pierre Auguste Renoir. Reflejamos esa impresión distorsionada con un cromatismo dialéctico tan limitado como el arte realista de un pintor que sostenía que la decrepitud comienza a los 18 años.

Al deshablar en privado, vestimos con adjetivos de "loco" a quien nos ofrece su verdad desnuda. Desconfiamos de quien habla y vive como siente. En esta tierra de libertades, desterramos al olvido a quien ejerce la libertad de pensamiento y de sentimiento. En esta sociedad de injusticias, culpamos de todas las nuestras al deslenguado que nos recuerda nuestras desatenciones. A aquél que nos habla de cuando le negamos, pese a tenerlo repetido, el cromo que necesitaba para completar su álbum de vida y color. 
De vuelta a casa, hemos batallado contra tanta palabrería ciclópea que podemos confundir palabras sinceras con cantos de sirena. Siempre he pensado que Ulises vivió sus mejores aventuras tras su regreso a Ítaca.
A falta de buen viento, os aconsejo que dejéis que las buenas palabras impulsen las velas de vuestro destino.
A falta de buena respuesta, te aconsejo que no te avergüences de tus palabras. Quizá deberías dejar de decírselas a quien no las escucha.
Y, aunque te llamen “loca”, háblate. Dedícate palabras de ánimo y cariño. Escúchate, la mejor razón late en el corazón.


Nino