Ven y enloquece

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domingo, 8 de abril de 2012

Derecho al olvido.

Hace poco más de un año, Viviane RedingVicepresidenta de la Comisión Europea y responsable de Justicia– anticipó una serie de reformas legislativas de las leyes de protección de datos de la UE. Con estas medidas, se busca proteger la información personal que los ciudadanos facilitamos al acceder a  ciertos servicios en Internet.
Entre estas iniciativas legales, me llama la atención la denominada “Ley del olvido” que busca establecer el precepto de “privacidad por defecto”, de forma que los datos de los usuarios no puedan procesarse salvo si éstos dan su permiso expreso. Asímismo, esta ley garantizará que los usuarios podamos exigir a las empresas que gestionan las redes sociales, que no guarden nuestros datos o fotos tras habernos dado de baja en sus servicios.

Esta vez, no son las máquinas quienes replican a sus creadores su ira por ser efímeras; sino que somos los humanos los que deseamos ser fugaces, cual gotas de lluvia, en los tejados cibernéticos. Una vez más, confiamos en que la realidad virtual nos permita abordar naves en llamas, más allá de Orión; mientras que en la realidad carnal nos dedicamos a perder momentos en el tiempo, más cerca de Gijón.

Al otro lado de las pantallas, alejados del océano de libertades que surcamos en Internet, navegamos en el mar de los sargazos de los convencionalismos sociales. Dejamos que los pecios del pasado aminoren nuestra marcha y desviamos nuestro rumbo, ya de por sí bastante tormentoso, al forzar nuestras velas al capricho de los tópicos.
En las costas de la Exonet, hacemos lo contrario a lo que tuiteamos en La Red. Nos convertimos en custodios solícitos de lo que ya no existe y forzamos situaciones incómodas, que llevadas a la ficción de un relato nos llevarían a identificarnos con los personajes que encarnan a nuestra conducta como personas. Muchos nos comportamos como los protagonistas de la televisiva Perdidos, empeñados en abandonar una isla a la que siempre acaban volviendo.
Nuestro problema es que no sabemos olvidar. Lo hacemos mal. Recurriendo a falsos recuerdos, proyectando culpas o subjetivando lo objetivo. No aceptamos nuestra realidad, ni reparamos en la ajena. Al igual que los personajes de la citada serie, nuestros anhelos nos anclan a vidas donde ya no se nos espera.
Quizá, si nos fijamos en cómo actuamos la mayoría respecto a nuestras ficciones favoritas, veamos en ese comportamiento un reflejo de nuestra conducta social: acumulamos sus temporadas en nuestros estantes, a la espera de verlas; al igual que confiamos distantes en que aquél al que llamamos “amigo” esté esperando, cuanto nos apetezca verlo.

Guardamos excelentes recuerdos de algunos de los episodios; pero, según fueron avanzando las tramas, nuestro interés hacia sus vicisitudes fue decreciendo. Una noche, al acostarnos, recordamos que no hemos visto la emisión de ese día, sin que su vacío nos quite el sueño. Dejamos de interesarnos por la información relativa a los que fueron nuestros personajes favoritos; y nos limitamos a mantener unos contactos mínimos con una ficción que ya no compramos, la descargamos.
Un día, nos enteramos de que sobre nuestra serie amiga se cierne una amenaza de cancelación. Nos pegamos un atracón forzado de capítulos, pues tememos que nuestra ausencia tenga mucho que ver con la situación apurada que vive la ficción. La incorporación de nuevos personajes y los giros argumentales novedosos dificultan que sigamos los episodios recientes, así que nos dedicamos a revisar los antiguos. Compramos tazas, camisetas y tebeos de una producción que volvemos a recomendar a todos nuestros allegados; pese a que algunos de ellos han seguido viéndola durante este tiempo en que nosotros la ignorábamos.
Si cancelan la serie, exteriorizamos nuestra decepción con unos productores que han ignorado nuestras muestras de afecto. No comprendemos que la ternura a destiempo nunca es efectiva. No aceptamos que nuestra serie ha seguido su desarrollo sin nosotros. No es culpa nuestra el que la historia llegue a su fin.

Por alguna razón, me resisto a deshacerme de la serie Perdidos, aunque sé que nunca volveré a verla completa. Quizá por la misma razón, sigo llamando “amigo” a quien ahora es sólo un “conocido”. Por alguna razón, sigo guardando números de teléfono tras los que ya no sé si me espera una voz familiar. Por alguna razón, siempre se me olvida que ciertas relaciones sólo viven donde habita el olvido.
Si alguna vez vuelvo a llamarte, amigo, espero que sea tu voz la que me salude y me diga que las cosas tuvieron que empeorar un poco antes de mejorar.

Nino