Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

miércoles, 23 de mayo de 2012

Contra las cuerdas.


De niño, el patio del colegio se convertía en campo de recreo durante las horas no lectivas. Uno de mis pasatiempos favoritos era recrear, junto a los compas, escenas de nuestras pelis favoritas.
Con el paso a la adolescencia no pasé de montarme películas. A Terence Hill y Bud Spencer los sustituyeron FernandoEsteso y Andrés Pajares. Ya no fantaseaba con ser un cowboy que soltaba mamporros, pero sí con encarnar un binguero que agarraba carnales chicas playboy. Fuera de las comedias de Manolo Ozores y de las medias de EdwingeFenech, la industria estadounidense había cercado los canales de distribución cinematográfica en España. El cine de género europeo, tan fructífero y rentable durante los años 60 y primeros 70, prácticamente reducía su oferta al cine “S” y a esas astracanadas presentadas como “cine de autor”.

Más allá de las pelis con banda sonora de Los Chichos o las protagonizadas por Jean Paul Belmondo, Hollywood monopolizaba la oferta de cine de entretenimiento. Curiosamente, para alcanzar tal posición, los grandes estudios americanos habían recurrido a producciones que actualizaban el cine de género y a directores jóvenes, que habían crecido viendo obras escapistas que ahora recreaban.
El nombre de Silvester Stallonedominaba en las pantallas a principios de la década de los 80. En 1976, la película Rocky –por la que fue nominado al oscar como actor y guionista– lo había encumbrado. Hollywood, tan dado a etiquetar sus pertenencias, veía en él a un nuevo Marlon Brando. Y esta vez no estaba dispuesto a no sacarle el máximo rendimiento económico a su diamante en bruto.
Los grandes estudios impulsaron viejos proyectos que Stallone había escrito con anterioridad a Rocky , para convertirlos en superproducciones que incluso llegó a dirigir. El “potro italiano” cabalgaba disparado hacia el éxito. Y su galopar parecía imparable tras adaptar y protagonizar, en 1982, la adaptación fílmica de la novela Acorralado, escrita por David Morrell, donde conoceríamos a John Rambo.
El poder de Stallone era tal en aquel momento que le ofrecieron películas de todo tipo: llegó a adaptar el guión de la comedia de acción Superdetective en Hollywood, para luego negarse a protagonizarla; y rechazó participar en las aventuras románticas narradas en Tras el corazónverde. Tocó con su gracia incluso el único género que las productoras europeas no habían saqueado: El Musical. Escribió, produjo y dirigió la turbación discotequera Stayin’Alive (1983), donde John Travolta retomaba su papel de Tony Manero. Al año siguiente, guionizó y protagonizó, junto a DollyParton, el desafinado country Rinestone.

Con el final de la década de los 80, la música del reconocimiento dejó de sonar para Stallone. En el mundo soplaban vientos cálidos tras décadas de guerra fría; y, quizá debido al uso político que la administración Reagan había hecho del personaje de Rambo, el actor era visto como reaccionario por el público, frente a la imagen de liberal que Arnold Schwarzeneggerse había construido en filmes como Depredador(1987) o Desafío total (1990). Durante todos estos años recientes, Stallone ha intentado mantener su condición de estrella. Ha firmado contratos multimillonarios, no ya con grandes estudios sino con productoras quicalleras como Carolco o Cannon, envueltas en sucios manejos de corrupción política.

Y es que, tanto aquí como en Haití, la Política está detrás de todas las aristas, incluso de la del triunfo o fracaso de la carrera de un artista. A falta de Hollywood y sus estrellas, en Asturias las narraciones más inauditas las protagonizan los políticos y sus estrellamientos. El problema es que todos los asturianos participamos como extras en unas superproducciones parlamentarias que nos tienen contra las cuerdas. Se les olvida que somos los protagonistas de unas historias que ellos deben encauzar.

Son muchas las veces en que el Cine nos ha acercado la imagen de un boxeador sonado que se niega a abandonar el cuadrilátero y cae inerte sobre la lona. Confío en que sea más dura la caída de un político inoperante que, en su obstinación con permanecer en el centro del ring, no se daba cuenta de que su tiempo había pasado.