Ven y enloquece

Ven y enloquece
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lunes, 24 de junio de 2013

Conectamos con el teatro de La Zarzuela…



Se alza el telón:

Un calvo, de unos 50 años, se acerca con paso balanceante al centro del escenario. Se detiene. Tras ajustarse unas gafas de lectura, carraspea con nerviosismo. Saca de un bolsillo lo que parece un dispositivo electrónico. Se dispone a leer:




No hago secreto de que me gustan Los Secretos y de que me disgustan las monarquías.

Reconozco que esta aversión puede tener un origen genético: lo mismo que mi debilidad ante la belleza o mi tendencia a la pereza. Es más que posible que mi repulsión frente a lo regio sea cortesana de mi insana pulsión ante lo real, lo que me lleva a refugiarme en la irrealidad. Ya en el cole, el aburrimiento ante la veracidad de los números –con sus substracciones y adicciones– me llevó a fantasear con las letras –mucho más moldeables, personalizables e incluso inventables–

Quizá el que este pájaro no se alimente con el alpiste de una realidad matriciada en publicidad que se presenta como información, sea la clave de mi despiste social: pero el caso es que no entiendo tanto revuelo mediático ante una serie de protestas de parte del peonaje asistente a un concierto –que había pagado sus entradas– al percatarse de que una reina del tablero se había colado sin pagar. Estoy seguro de que la desconcertada soberana aún se pregunta qué hacían en su cuento esos personajes que no desempeñaban el papel de muchedumbre ovacionante.



Me parece todo un pleonasmo la proclama urdida por los heraldos palatinos de que los discordantes “no protestaban por la presencia de la corona sino que por el presente del país”. ¿Acaso no llevamos casi cuarenta años reescuchando la profecía de que el hijo de un rey nunca coronado ha pilotado la transición de este país del desierto de la dictadura al vergel de la democracia? ¿No se han cansado estos mismos cuenteros de aseverar que en esta travesía el regio navegante ha contado con la pericia de una contramaestre profesional? 



Pues aquí estamos, varados en tierra a muchas millas de la costa de la ESPERANZA. Así que es lógico que a quienes se les atribuyó el éxito de una singladura con el viento a favor, se les pida explicaciones por su desatendernos en una marejada que ha desarbolado nuestros mástiles y nos tiene condenados a galeras en un mar de arenas de corrupción.

Con todo, concedo que puede que esas rechiflas que acompañan las apariciones teatrales de la reina no se centren en su figura regia –cuya preocupación por “su pueblo” confío en que vaya más allá de su interés de un idioma que apenas chapurrea–. Puede que se centren rechistar ante una persona que –en su papel de madre, suegra y esposa–se comporta como ausente del cuento, mientras a su otrora familia feliz le crece la nariz.







 Puede que para intentar seguir comiendo perdices, pese a su publicitada voluntad vegetariana, la señora le hable a su pueblo en ese idioma ajeno tan cercano a ella –al que algunos de sus entronados antecesores calificaron de pérfido– y nos cuente:



I’m really sorry. I have made some mistakes. It will not happen again.






Se baja el telón.

Nino Ortea.