Ven y enloquece

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viernes, 13 de junio de 2014

El ninotauro en su laberinto 1/2



Vuelvo a mi laberinto.
Casi he acabado la primera corrección de mi nueva novela: Buscando el olvido. Un libro que presentaré a diferentes editoriales y concursos. Ahora que he comprendido que me gusta esperar, no quiero hacer las cosas rápido, sino bien. 



Espero que la publicación de la obra me reporte un dinero que me anime a seguir dedicándole tiempo a la escritura creativa. La musa de la inspiración puede ser gratuita, pero la “gusa” de la alimentación cuesta dinero. Y soy tan vulgar que necesito comer a diario, para así poder alimentar mis apetitos creativos. Uno no crea por dinero, sino por necesidad; y hay necesidades más perentorias que las de escribir o leer. La trayectoria de un creador famélico es de muy breve recorrido, pues éste acaba engañando su hambre creativa con un plato de lentejas laborales.

No desvarío con firmar un contrato millonario, ni figurar en listas de superventas. Pero sí que fantaseo con que cada lector se sienta animado a releer el libro y a recomendar su lectura.
Buscando el olvido aparecería publicada con derechos de autor registrados. Lo cual me lleva a volver a adentrarme en el laberinto de contradicciones que conlleva mi paseo por la vida: Defiendo mi autoría, pero no respeto la ajena.
Lo precario de mi acceso a Internet me impide liberar al acumulador que hay en mí. Aunque cada semana algún nuevo cómic, revista o contiendo audiovisual acaba incorporándose a mi botín electrónico. Todo ese material tiene autores que, como yo, esperan que su trabajo les reporte unos ingresos.
No presto atención a las realidades ajenas. Las paredes de mi laberinto me liberan de ver lo que no quiero ver. Con cada piedra que me encuentro en mi camino personal voy construyendo mi muro defensivo. Yo no quiero que cierren videoclubs ni editoriales. Yo no quiero que los escritores trabajen de escribanos. Yo sólo quiero aquello que se publicita y no puedo comprar. La culpa de mis sisas es de los especuladores culturales. ¡Ellos me obligan a hacerlo!

No estoy solo en el laberinto. He llegado a una encrucijada donde confluyen pasillos de otros meandros. Resuenan voces que denuncian los abusos de La Armada Cultural, que navega a toda vela gracias a las condenas a galeras a las que somete a los creadores.
Los editores, los promotores y los productores son unos facinerosos, que cuentan con patente de corso para cazarnos tras denostarnos como piratas, cuando sólo somos hermanos de la costa libertaria. ¡La Industria es el Capitán Morgan, nosotros la tripulación de El cisne negro!


Sigo pensando que no es así. La vida no se limita al blanco y negro de la enseña pirata, está llena de matices.

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