Ven y enloquece

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Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

martes, 8 de julio de 2014

Eduardo Mazzitelli y Enrique Alcatena: Travesía por el laberinto (3 de 3).



El rostro del demonio

Una vez más, Alcatena da muestras de su excelencia creativa. Sus lápices cobran una fuerza en blanco y negro, que el color y el entintado ajeno desvirtúan.
Se revela diestro para dar forma a cualquier cosa —real o irreal— de transmitir toda sensación —impresionista o expresionista— de reproducir con realismo cualquier figura, o fantasear con delirio cualquier forma.

Lo mismo envuelve sus viñetas en un recuadro marcado—que refuerza lo narrado, o alberga un desarrollo complementario— que las deja relacionarse libremente en sus páginas. Alterna composiciones con guiños surrealistas —los barcos con ojos y pie frontal de El rostro del demonio— con disposiciones herederas de los códices medievales —véase el tercer episodio, Historias—.

Su trazo alterna en una misma hoja del firme lápiz costumbrista, a la suavidad del pincel onírico. La realidad que ve el Quijote carece de límites, está libre de fronteras; mientras aquella en la que se fuerza a vivir integrado está firmemente delimitada y entintada.

Pese a lo desproporcionado de alguna de las situaciones, su composición es siempre adecuada. Pese a mostrar a lo personajes en continuo movimiento, éstos siempre aparecen en posturas cambiantes, no transmitiendo ninguna sensación de monotonía. Y todo ello sin incluir ninguna imagen cinética ajena a la de la propia figura.
Alcatena se muestra perfecto en el encuadre, lo que se aprecia perfectamente en las numerosas escenas que alternan movimientos ascendentes con descendentes por las escaleras que atajan el Laberinto.

A pesar de su dominio de la técnica, su trazo no resulta frío, ni su composición abigarrada aunque su composición es detallada. Sus creaciones desprenden humanidad, da lo mismo que hablemos de duendes que buscan recuperar el Arco Iris, que de mascarones de proa que relatan sus singladuras. Es tal la carga emotiva que transmiten sus dibujos, que nos es imposible no compadecer a la mujer que se niega a salir de su jaula —esperando al príncipe idealizado que la rescate— o no compartir la vitalidad de un Quijote reincidente en el pecado de disfrutar de la vida.

Quizás, como aseguran los autores, haya que ser un loco para buscar la Felicidad. Entonces sólo puedo concluir admitiendo mi locura, pues la lectura de Dentro del laberinto me ha acercado al delirio del placer ante lo narrado.
Cuidad vuestra estabilidad mental, obras como ésta, donde se afirma que hay más de un camino para llegar a la Verdad, son desaconsejables en estos tiempos de pensamiento único disfrazados de falsa progresía solidaria.

No leáis, no penséis. Manteneros alejados de El laberinto de las ideas. Demonizad al diferente, al que osa a criticar lo que vosotros ni os planteáis.
No leáis la obra de Mazzitelli y Alcatena, quizás os haga daros cuenta de que vale más deambular solo por laberintos, que caminar en círculos por una Nada abarrotada de seres vacíos.

                                                                                                   ATRÁS

©Nino Ortea                

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