Ven y enloquece

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Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

jueves, 17 de julio de 2014

Tirado como una colilla



02

Nunca me gustó fumar, al igual que jamás supe esperar. La vida era un humo que fatigaba mis pulmones y extenuaba mi corazón mientras me sentía sin aire y abandonado, como un astronauta que flota en el aire no respirable del espacio exterior.

Si debo admitir que mi corazón subsistía a base de besos robados, tengo también que reconocer que mis pulmones se alquitranaban con cigarrillos gorroneados. Acabé limosneando amor y comprándome el tabaco; pues un hombre debe pagar sus vicios y adeudar sus sentimientos. Los hombres no lloran. Los hombres fuman en silencio. En el espacio exterior todo es silencio cuando pierdes contacto con la base de control; en mi espacio interior, el silencio me llevaba a perder el control. Fumar era la manera de llenar el vacío.

Quizá nunca fui tan hombre caído a la tierra como cuando llegué a fumar dos paquetes diarios. Me denostaban como vicioso cuando en realidad era dependiente. Cambiar de marcas no me ayudó a dejarlo; al igual que cambiar de caras no hizo que la olvidara. Mi vida era un carnaval de espejos y humo. La realidad era esquiva, su reflejo difuminado se asemejaba al de uno de esos monstruos inquietantes que acechan en las canciones en que David Bowie narra el auge y caída de Ziggy Stardust, o en las que dramatiza la odisea especial del major Tom.


Apurar un par de cigarrillos en ayunas era mi manera de saludar al día desde el mirador de mi casa. Mientras fumaba me consumía en las cenizas de una angustia vital de la que me empeñaba en no alejarme. Lejos quedaba el tiempo, enterrado más allá del arcoíris, en el que frente a mi flaqueza muscular siempre exhibía una fuerza de ánimo similar a la de un astronauta tras tomar tierra en un Marte poblado por sinuosas arañas de cristal.
Lo dejo cuando quiero”, solía decir.
Me dejó porque yo quise”, solía vanagloriarme.

Y allí estaba yo, tirado como una colilla. Colgado del tabaco como lo estaba de su desdén. Deseaba no estar allí. Sino lejos. Quizá en el espacio exterior. Allí no hay oxígeno. Allí no podría fumar.

Siempre me ha gustado cantar. Lo hacía incluso en esos momentos en los que me sentía tirado como una colilla.
Ashes to ashes, funk to funky
We know Major Tom's a junkie
Strung out in heaven's high
Hitting an all-time low.
Fragmento de la canción Ashes to Ashes de David Bowie.





2 comentarios:

  1. Los hombres no lloran por amor, su dolor se calma con un par de cigarrillos.
    Dicen que a las mujeres se les pasa comiendo chocolate.
    No debo ser del género humano, entonces, porque ninguna de las dos cosas he hecho nunca. El dolor se pasa con el tiempo, porque le gusta ser intenso y cunado otro pesar aparece y el anterior pierde la tenci´n principal, se va por la puerta chica poco a poco; eso sí, se encarga de dejar una cicatriz bien chula para que nunca nos olvidemos que estuvo ahí.

    Feliz finde, amigo. Tu cafelito pecatoso y tu abrazo bien gordo :)

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    Respuestas
    1. Buenos días, Verónica:
      Espero que estéis disfrutando de este finde que me deseas feliz; el mío se está presentando tranquilo e inspirador.
      Ojalá el dolor se calmara con fumar dos cigarrillos. Aseguran ciertas expertas en nada, que los hombres no soportamos el mínimo dolor, por lo que seríamos unos “pupas” si el tabaco funcionara de tirita para las raspaduras del alma. El dolor lo sentimos, pero muchos no lo reconocemos en público. En caso de hacerlo, yo soy de los que proyectan mis culpas en otros o en el desatino del Destino
      Sí que es verdad que muchos hombres, nos convertimos en pretenciosos al juntarnos. En nuestras charlas de “machotes” ocultamos nuestras penas y lo arreglamos todo recurriendo a excesos. De ahí que haya sido, entre otros deslucimientos, un fumador autodestructivo.
      Son más de una las mujeres con las que saboreé chocolate. No voy a escribir generalizaciones, ya que la explicación puede ser tan sencilla como que me gustan las mujeres dulces. No lo tomaba para camuflar dolores, sino para disfrutarlo con Lola. Ahora sólo paladeo chocolate en contadas onzas.
      Yo que solía quejarme de vicio, por eso de buscar consuelo, cuando llegó un temporal de dolor me desarboló. Recuerdo con vergüenza y preocupación esa marejada que convertí en tempestad.
      Gracias por tu compañía y este reconfortante “cafelito pecatoso”, Verónica.

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.