Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Leer a Clarisa Tomás Campa es siempre un estímulo

Leer a Clarisa Tomás Campa es siempre un estímulo, en días como hoy, es también un honor.


Gracias, compañera Clarisa.


Vínculos a diferentes obras de Clarisa Tomás Campa:

viernes, 23 de septiembre de 2016

Sobre tu ombligo



Tú y tu silencio me recordáis a la esfinge del cuento de Oscar Wilde. Y no, Sidonie, no lo han convertido en una película protagonizada por duendecillos cantantes, así que si te interesa saber de qué va la historia, tendrás que leer el relato.

 
 ¿Acaso crees, vanidosa mía, que por feisbukear una foto de tu ocasional desayuno con diamantes vas a dejar de almorzar a diario galletas marca “DIA”? Allá tú y tus pantomimas, pero no esperes que retuitee lo que nos aleja del tuteo.

Eso sí: aun no entiendo el que tú, que racionas los segundos que compartimos, derroches tu tiempo en airear tu enclaustrada vida social en las redes sociales; ¿no será que no quieres quedar conmigo por eso de que dejarías de feisbukear sobre tu ombligo? (Y eso que debo admitir, Sidonie,  que tenerlo, lo tienes precioso)

martes, 20 de septiembre de 2016

Delicioso suicidio en grupo (no estaban muertos, estaban de parranda)



Te recomiendo con entusiasmo la lectura vehemente de Delicioso suicidio en grupo, escrita por Arto Paasilinna y que en España figura en el fondo editorial de Anagrama, dentro de la línea “Panorama de Narrativas”.

Ésta es la primera obra de un escritor finés que leo y, dada mi nulidad para entender el finlandés y hacerme el sueco, quiero destacar en primer lugar la traducción estilizada que firma Dulce Fernández Anguita, pues rezuma tanto ingenio y amor por el texto como respeto por sus lectores.

Como además de una nulidad idiomática soy un feliz en mi ignorancia enciclopédica –lo de tener que recurrir a libros de consulta para poder para leer novelas de ficción es algo que me aburre– agradezco al escritor que sus referencias la organización, historia o geografía de Finlandia estén escritas con afán “divirtente” y no con espíritu docente. Además, tras lo leído he llegado a la intuición de que la sociedad finesa es tan delirante como la española, y a la conclusión de que su fonética es parecida a la portuguesa. Uno siempre aprende algo, incluso cuando ya se ha quedado calvo.

El arranque de la novela es tan despistante como sugerente: dos desconocidos coinciden en lugar y hora con la intención de suicidarse; como el hecho de ser un desesperado no conlleva ser un mal educado, ambos deciden ceder al otro el uso del recinto e intentar ayudar a su semejante a quitarse de delante. Al ver lo útil que les resulta la compañía ajena en eso de intentar matarte con cuidado, por eso de si te haces daño, deciden formar una asociación de deseosos suicidas –formada por gente cuerda, nada de locos ni flojos– que acometan de manera conjunta y coordinada su despedida respetuosa a una vida frustrante y deslucida.


Pero no permitas que mi torpeza te despiste, apreciado lector venyenloquecido, la temática del suicido es una mera excusa de Arto Paasilinna para reflexionar sobre múltiples aspectos de la condición (in)humana. Cada personaje es un universo en el que puede orbitar nuestro mundo; en el caso del planeta Ninópolis mi interés orbitó entre lo sorprendente de las relaciones humanas –los desconocidos dan más cariño que los allegados– y lo beneficioso del grupo: fuera de él y tal y como ocurre en las pelis de terror adolescente a los adultos de este cuento les espera la muerte.


Quizá la maestría de Paasilinna se muestra en su habilidad para hilvanar con acierto la denuncia firme del sufrimiento cotidiano –alejada del tremendismo–, con una contagiosa exaltación del placer sencillo de vivir a lo loco.

Pese a mi condición de individualista solitario, este canto al relacionarse en grupo me ha conquistado; y debo admitir que, además de muchas carcajadas, he soltado alguna lagrimita.

Delicioso suicidio grupo  pag 7
 Una lectura deliciosa, palabra de enloquecido.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Cincuenta y un septiembres



Ahora que tu sueño es mi dueño, y que mi ensueño me lleva a falsearte como remanso, Sidonie, me pregunto si soy lo que creo o soy un creador creído.
A estas alturas de mis cincuenta y un años de insomnio individualista –el mismo tiempo que muchos llevan disfrutando del desmayo colectivo de su conciencia–, mi duda sistemática no se aplica a razonar si pienso o existo; eso lo descarto por metódico. Sino que, fuera de los vaivenes de tus caderas, me devaneo en sacudidas de incertidumbre entre si soy lo que creo o me creo lo que soy.


Me habrás leído en más de una ocasión asegurarte esto de que “Nino Ortea no existe”, que él es uno de mis múltiples heterónimos; que ese sobrenombre identifica a un sin-nombre que me inventé para falsear mi pasado y fantasear mi presente…
El caso, Sidonie, es que estoy empezando a replantearme que puede que el que no exista sea yo; o que quizá, fuera de mis ínfulas de individuo desaprovechado por una sociedad de despersonalizados, nunca haya existido ése Nino que afirmo ser.
Y es que, mientras que a muchas personas les gusta sentir la seguridad de pertenecer a un grupo –y así sentirse aceptados al compartir preceptos ajenos–, yo me creía, hasta hoy, un rebelde solitario con causa solidaria, un individualista armado de la razón de combatir la sinrazón del adocenamiento frente a la Realidad.

Hoy, como ayer, Sidonie, he pensado en ti. A lo largo de todo el día he dudado de si durante estos años no me había fantaseado como rebelde, en lugar de admitirme como cobarde frente a esta Realidad que me da miedo en su deshumanización. Esta tarde soleada me he planteado si no llevo cincuenta y un septiembres vividos como si fueran una tragicomedia de un acto representada sobre el escenario de una noche cincuentañera de verano.
Pero al llegar esta noche, he sentido que soy lo único que puedo ser. He sentido que si soy un soñador no es por capricho de mi voluntad, sino que lo soy por dictado de mi ánimo. Al llegar esta noche, la noche de mi cincuenta y un cumpleaños, he sentido que no estoy solo, aunque para ello haya tenido que volver a inventarte, Sidonie.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Sobre la película "Blood Father"



Título original: Blood Father
Productora: Why Not Productions
Director: Jean-François Richet
Guión: Peter Craig, Andrea Berloff - Adaptación de una novela de Peter Craig.
Reparto: Mel Gibson, Thomas Mann, William H. Macy, Elisabeth Röhm, Ryan Dorsey, Diego Luna, Erin Moriarty, Michael Parks, Dale Dickey, Raoul Trujillo, Richard Cabral, Tait Fletcher, Daniel Moncada, Katalina Parrish, Luce Rains
Sinopsis
Después de que su novio traficante de drogas le tienda una trampa tras robar una fortuna a un cártel, Lydia (Erin Moriarty), una joven de 18 años, se ve obligada a escapar. En su huida, solo encontrará un aliado: su desastroso padre, John Link (Mel Gibson), un borracho, ex convicto que desea ejercer de buen progenitor. Ahora tiene la oportunidad de hacer lo correcto y salvar la vida de su hija, aunque ello ponga en peligro la suya.


Me ha gustado el film Blood Father.

Ante todo es una película de acción, muy entretenida, que cuenta con un guión sólido y una realización ágil.

Tiros, motos y violencia conforman el sólido trípode que sustenta su narrativa visual, tal y como se nos promete en su campaña promocional. Y, lo reconozco, respeto a quienes cumplen sus promesas: de ahí mi respeto hacia Blood Father.

El realizador, Jean-François Richet  recurre a un ritmo climático, no efectista, en la planificación de las secuencias y a un uso expedito del encuadre en las escenas; recursos con los que logra que nuestra atención cabalgue a lomos del interés durante la aproximada hora y media de metraje.


La venganza –no entendida como un plato que se sirve frío, sino que como un acto que se realiza con la sangre en caliente– es  el tema que aúna un argumento donde junto con un reflejo amargo del determinismo social, aparecen destellos de lo extraño de los vínculos de sangre.

Mención aparte merece el  resolutivo “mad dad”, interpretado por un Mel Gibson en pleno viaje de ida y vuelta del Infierno al que lo han enviado su carácter violento y la mojigatería social. Tras ver la película me ha invadido la curiosidad por saber las verdaderas razones por las que el director George Miller lo dejó atrás en su furioso regreso a la carretera con la cuarta entrega de Mad Max.



Blood Father es una película con tiros, motos y violencia; pero también es una historia que reconfortará a quien, como yo, sienta que, mientras tenga sangre, no dejará ninguna afrenta sin venganza.