Ven y enloquece

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viernes, 16 de octubre de 2009

Hijos del paraiso V 2/3



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No necesitaron insistir mucho. La torre era muy valiosa como terminal radiofónica. ¿Qué valor tenía todo este alboroto histórico comparado con el que tenía una imagen suya en la pantalla?. La torre se había convertido en Hollywoodiense, al igual que el edificio Empire State y el Big Ben, un artefacto que podía definir un lugar en medio segundo.
Millones de personas que nunca habían visto París conocían La Torre Eiffel.

Era una especie de tiranía cultural. Estaba convencido de ello.
Regresé al Boulevard Arago, Pensando en Fantomas, pensando si sería pelirrojo como mi amigo Martens. Los intocables de Eliot Ness había llegado a París –—Eliot Ness y Al Capone habían relegado a las películas francesas a algún lugar en los barrios. Los intocables de Eliot Ness se exhibía en todas las calles principales. París, en sí misma, parecía un gigantesco plató en mitad de una jungla sacada de Hollywood —un barco pirata varado, con infinitas cubiertas, un paraíso para Fantomas... y para Eliot Ness—.
Yo me sentía confuso. El viejo mito norteamericano del gángster y el chico bueno era tan poderoso como siempre había sido.
Hablé con Martens. “Hollywood”, dijo, “fue la fabulosa creación de unos monstruos, una ciudad mítica en un país mítico, que producía mitos. Aquí no producimos mitos. Hollywood era el reino, la matriz de todo”.
Me preguntaba si Martens añoraría la época de Luis XIV, si su corazón era monárquico.
“En Francia no tenemos rey ni reina”, me dijo. ”Utilizamos la de Mónaco como nuestra propia familia real”.
¿Y no era perfecto el que nuestra propia princesa de Hollywood, Grace Kelly, la prometida de Gary Cooper en Solo ante el peligro, se hubiera convertido en la Princesa Grace de Mónaco?.. “En lugar de en las instantáneas publicitarias, su delicada (y gélida) cara aparecía ahora en los sellos de correos”, escribió Ephraim Katz en The Film Encyclopedia.
¿Pero no teníamos la sensación de que Grace nunca nos había dejado, de que Mónaco era una prolongación de Hollywood, un correaje de MGM o Paramount, un plató más... con la única diferencia de que se encontraba en la Riviera Francesa?.
¿Cómo si Dios fuera el auteur definitivo, asignando papeles y destinos desde su casa en Beverly Hills?. ¿O era eso lo que Hollywood quería que creyéramos?.
“¿Quién creó las películas?”. Me preguntó Martens, le respondí con un encogimiento de hombros al estilo de Chaplin.
“Hollywood marcó los límites, estableció los signos desde la A, a la Z. Norteamérica dominaba un arte que había creado. Para todo el mundo, en una etapa concreta de su historia, el Cine era algo norteamericano.
Desde China a la Patagonia, todo el mundo conocía a Charlot (Charlie Chaplin). No había televisión ni radio... Chaplin fue Charlot, el primer fenómeno fílmico. No fue el sonoro lo que consolidó a Hollywood si no su etapa muda.
No necesitabas mucho equipo. Podías ver las películas mudas proyectadas sobre una sábana blanca con un pequeño hombre gracioso y unas sencillas imágenes con gracia. Imágenes que procedían de una tierra donde todo el mundo sabe cómo ir, cuando no tiene donde ir”.


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