Ven y enloquece

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viernes, 16 de octubre de 2009

Hijos del paraiso V 3/3


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“Pero nosotros somos una tribu de bárbaros” —le dije actuando como una especie de comisario político que intentaba azuzar la mitomanía sobre los Estados Unidos de Martens—. ”Cogimos a Charlot y lo convertimos en un bárbaro más”.
“Perfecto”, —me dijo—. “Un país sin cultura produce un arte sin cultura. No tienes que leer, no tienes que escribir, no tienes que ser culto. Así es como Hollywood se convirtió en la ciudad imperial”.
“Todo emergió a la vez. La Primera Guerra Mundial había arruinado Europa, y el crecimiento de los EE.UU. era tan rápido que no se podía desarrollar a un ritmo humano. El dominio dentro del campo fílmico fue un suceso extraordinario.

¿En qué otro arte se podría alcanzar el control de los signos de una forma tan rápida?.
¿Quienes, salvo los norteamericanos que no se pueden vincular con ningún aspecto cultural, podían controlar la simbología de este arte?
¿Quién más poseía el poder y la ingenuidad?.
Las primeras pinturas fueron ingenuas. Os adueñasteis del mundo al recrearlas... Todo imperio tuvo su capital, y Hollywood era la capital de Norteamérica”.
Tuvimos que reírnos, Hollywood la tierra de Paramount, de El jardín de Alá, del drugstore de Schwab y de El salón chino de Grauman, se había convertido en una tierra mítica para ambos; una especie de ficción, un reino mágico donde lo infinito ocultaba la vida cotidiana.
Pensamos en Jorge Luis Borges y todas la bibliotecas de Babel que él había creado, en todas las tierras problemáticas y repletas de laberintos pobladas por “tigres transparentes y torres de sangre”, ilusiones que se habían confundido con lo cotidiano llevándonos a preguntarnos sobre nuestras vidas y nuestro sentido del tiempo, creyendo “que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lugar y que de alguna manera todo hombre es en realidad dos hombres”.
¿No es ésta la condición fundamental del cinéfilo, que está dormido aquí mientras está despierto en otro lugar, viviendo por lo menos dos vidas?. Los sonámbulos a los que admiramos son nuestras propias conciencias, y las películas, más que acercarnos a otras personas, refuerzan nuestra sensación de aislamiento y nuestra presencia fantasmal en la pantalla.
Hollywood era tan sólo otra ciudad soñada, tan perversa como el Tlön de Borges, un laberinto que va lentamente sustituyendo a nuestro mundo, hasta que dentro de cien años, los lenguajes y formas comunes “desaparecerán del planeta. El mundo se convertirá en Tlön”.
ATRÁS
Tradución: Nino Ortea

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