lunes, 9 de junio de 2014

Me gusta esperar.



La pasada tarde de domingo comprendí mi error.
Hasta entonces había afirmado que “Odio esperar”. Desde ayer comprendí que lo que odio es que me mantengan a la espera.

A mediodía, salí a sentarme al sol y a intentar avanzar en la corrección de mi novela. Había mucha vida en los jardines en los que me encontraba, por lo que preferí verla encarnada en las personas que me rodeaban a leerla en mis palabras. Los lugares abiertos calman mi ansiedad a la vez que avivan mi imaginación.
Estaba observando cómo un niño hacía cuidadosamente trocitos la publicidad incluida en un periódico cuando una voz me llamó por mi nombre, por el burocrático. Era un antiguo compañero de facultad. Tras resumirnos en unos cinco minutos los casi veinticinco años que llevábamos sin vernos, me propuso ir a compartir un vermut. Rechacé la oferta, ya que me esperaba mi padre para comer y me parece un desprecio a un ser querido darle el plantón por un antojo.
Mi excompañero mostraba interés en volvernos a ver “antes de que vuelva a pasar tanto tiempo”, por lo que le propuse quedar allí mismo esa tarde. Aceptó, parecía contento con la idea. Antes de despedirnos intercambiamos nuestros números de teléfono, “para avisar si surgía algún imprevisto”.

Llegué al lugar acordado con un par de minutos de retraso. Pasado el cuarto de hora, me encaminé hacia un espigón cercano unos cien metros, donde me entretuve viendo a desconocidos apurando una tarde de domingo que se volvía tan gris como el despertar de un lunes. Durante ese tiempo, el teléfono no sonó y yo no lo usé para interesarme por lo que podía haberle pasado a mi conocido.
Volví al quiosco donde habíamos quedado y entonces telefoneé, para descubrir que lo había despertado de su siesta —eran casi las ocho de la tarde—. Se disculpó por haberse quedado dormido, pero no acepté sus disculpas. Si él realmente hubiera tenido interés en vernos, nos habríamos visto. Colgué rápido; ya me había hecho desperdiciar mi tiempo, no quería malgastar mi dinero.

Llegué a casa ensimismado. Dándole vueltas a mi dificultad para afrontar momentos de espera.
Entonces, mientras de fondo sonaba la música de Everything but The Girl, entendí que me gusta “esperar”. Disfruto con la ilusión que me anima cuando confío en que algo bueno puede ocurrir. Fue una percepción intensa y visual, como una epifanía creativa. Me sorprendió ver tan claro lo que llevaba tantos años malinterpretando: lo que me exaspera de la espera es que otros no valoren mi tiempo.

Llevo todos estos años a la expectativa. De no sentir “esperanza”, me habría alejado de la vida o me habría refugiado en el conformismo. Espero encontrar en algún momento una serenidad que hasta ahora me ha sido esquiva.
Lo que me molesta es la descortesía y el desinterés que muestra el que me descuiden a la espera. 
Lo que me aterra es el temor asociado a la desesperanza, el que acompaña a la espera por noticias que intuyes que no serán buenas.

Me gusta la espera, hasta ayer estaba equivocado al afirmar lo contrario.

4 comentarios:

  1. " De no sentir “esperanza”, me habría alejado de la vida o me habría refugiado en el conformismo."
    Ayer mismo escuché una charla (con imagen) en la que también entresaqué alguna frase. Viene al caso aplicar aquí aquella en la que el Dr Rojas Marcos decía : la esperanza no se inyecta, se segrega (o no) desde dentro.
    Las consecuencias, Marcelo, de tener activa esa "glándula" son efectivamente beneficiosas para toda espera porque y enlazo de nuevo, la ilusión de la que hablas, él la ve como el motor que evita cruzarse de brazos ante la descortesía del destino.

    A veces tenemos joyas y no sabemos sacarles partido , así que generadas o inseminadas, bienvenidas las epifanías.
    Un abrazo

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    1. Buenos días, Juncal:
      En mi caso, el problemilla está en que mi ánimo no segrega esperanza constantemente. Es más, no faltan veces en las que hago de un problemilla un problemón. Por ejemplo, en mi época de trabajo en la recepción del hotel, según avanzaba la madrugada me dominaba la melancolía. También gestiono mal las decepciones personales, suelen dejarme tocado una temporada, aunque es verdad que esas personas que presentan siempre el mismo estado de ánimo me parecen salidas de las vainas de la peli “La invasión de los ladrones de cuerpos”.
      Por fortuna hay actos que infunden ese estímulo que nos ayuda a segregar esperanza. Que en muchos casos pueden ser cosas tan simples como ver una peli o escuchar una conversación ajena.
      Sin creerme un supermán, voy poco a poco identificando mis kriptonitas. Normalmente están encarnadas en convencionalismos sociales de los que me mantengo alejado, aunque también reconozco que en parte se debe a que tacho de convencionalismo lo que es una manifestación de mi torpeza para desenvolverme en situaciones cotidianas —me presentan a una chica, le tiendo la mano, ella me acerca su mejilla, con lo que convierto un saludo en una lucha de sumo—.
      También las encuentro encarnadas en personas —en algunos casos de encarnaduras muy sugerentes— que suelen contar con predicamento social, mientras que a mí me vuelven ateo de su compañía. De hecho, centrándome en mi querencia escritora, he tenido toda una serie de oportunidades que muchos dirán que he dilapidado. Pero yo que viví esas experiencias, comprendí que cuando me acusan de exceso de soberbia hablan de mi falta de carácter servil.
      Aunque nos denosten como groseros, pienso que la mayoría de las personas sólo tenemos de brutos nuestra condición de joya.
      ¡Hay que quererse más y depender menos de la aprobación ajena!
      Un abrazo, Juncal.

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  2. Ah, bueno, en este campo podemos abrir tu y yo un nuevo sindicato. Los que llegan tarde las horas que les place o simplemente no aparecen sin importarles un pepino lo que el otro pueda sentir, si ha ido o no a la cita, simplemente te ignoran a ti y a todo lo que tiene que ver contigo ¡¡y suele ser cuando ya han colmado la curiosidad de saber si las cosas te van peor que a ellos, que al fin y al cabo es lo único que les interesa, o sacarte cualquier información, hasta si tienes una forma especial de preparar la coliflor porque a su "marido le sienta mal y como llevas una en la bolsa"... ya me entiendes.

    Si, solemos caer como el culo, perdón, por pedantes, porque estás informado y ni siquiera de manera precisa, de cualquier cosa de la que ellos alardean sin saber ni lo que dicen. Solemos ser soberbios si no damos el brazo a torcer. Poco solidrios si no damos la ropa de los niños a la rumana de la esquina que tiene dos pisos, cuatro hijos y dos coches y trabajan ella y el marido. Y ya ni te cuento si trabajas en la universidad y tu jefe, pese a que no dices ni pío, se entera de que SUS alumnos te prefieren a ti... bueno, sí te cuento, te piden bajada de brag..., dices que no, no te renuevan el contrato, y ya está...

    Yo no creo en la esperanza, la palabra me da la misma vergüenza que la tolerancia. Ni espero nada ni tolero nada, porque lo que tenga que venir me lo curraré yo o me lo ofrecerá algún amigo, sonará la flauta... no sé. Y no tolero lo intolerable siguiendo a Kant, o sea que no tolero que se haga mal a alguien cuando tú mismo no soportarías ese dolor, ni en cualquier momento ni en cualquier época.

    Los ajenos no existen, amigo, no tienen valor. Solamente deben afectarnos los próximos, nuestros queridos.
    Bueno, hay veces que esos ajenos tienen verdaderos detalles de ayuda, como una señora griega que vive en Canadá, leyó en una entrada mía las dificultades por las que pasamos y nos mandó un cheque desde allí para navidad. Ya ves, ni me conocía y confío en lo que yo escribí.

    Un abrazo, Nino, que pases buena noche.

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    1. Buenos días, Verónica:
      OK, sindicalicémonos pues; aunque con mi nula capacidad de movilización creo que el número de afiliados gijoneses va a ser superior a 0 e inferior a 2.

      Soy el primero que no es estrictamente puntual, es más suelo llegar un par de minutos tarde por eso de acortar la espera. Mi decepción me viene con estas personas de tardanza selectiva, ésos que dependiendo de con quién y para qué queden llegan a sus citas con un retraso enorme.
      Tardé en comprobar la existencia de esos enflaquecidos que buscan alimentarse con tus problemas, para así digerir los suyos al saber que son más livianos. Y de esas personas que no quedan contigo, sino que te sacan a pasear; para que te dé el aire y te puedas tomar un vino, con la condición de que les cuentes alguna de esas tonterías que te pasan y eres tan ameno contando. Eso sí, de acordarse de ti para que consigas no ya un trabajo, sino unos ingresos mínimos, nada de nada; a esos desmemoriados les viene bien eso de que estés disponible.
      Pese a que llevo dando clases de inglés 28 años, muchas de las personas que me conocen deben de creer que enseño esperanto, ya que me mantienen a la espera a la hora de darles clase a ellos o a sus hijos. Hasta hace un tiempo, se me llamaba con frecuencia para reiniciar ordenadores o arreglar pequeños problemas informáticos, fue hacer pública mi decisión de empezar a cobrar por ello y ¡chispúm! los ordenadores problemáticos pasaron a ser operativos.

      Escribo un libro juvenil, lo pongo a la venta por 3 euros y ¡zas! descubro que la mayoría de mi círculo de “amistades” pertenece a la cultura ágrafa.
      ¡Y luego les parece mal que no quiera salir con ellos ni verlos! Soy un solitario, un ingrato, un egocéntrico… ¡Me creo un Oscar Wilde cuando en realidad soy un King Kong!
      Por suerte, no todo el mundo que me rodea es así, también tengo amigos que se interesan por mí y me apoyan.

      Yo sí creo en la ESPERANZA, Verónica. Quizá sea un autoengaño que me ayuda a seguir viviendo, o un calmante que me impide coger una escoba y liarme a escobazos. Pero creo que la vida merece la pena ensoñarla, para así hacer que se acerque más a nuestras ilusiones. Creo que las cosas mejorarán. Y creo en las buenas personas, las conozco, no son etéreos como los ángeles guardianes; sino corpóreos, aunque de buen espíritu, como esa señora que supo leer la verdad en tu texto y responder con solidaridad humana.

      No te entretengo más, sólo una cosa que sé que te va a gustar leer;
      En un par de horas tenemos una reunión con los portavoces en el ayuntamiento de un par de formaciones políticas que se han interesado por la problemática del barrio.
      Ya te cuento más tarde cuando me pase por tu blog.
      Un abrazo esperanzado, Verónica.
      Nino

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Gracias por tu lectura comentada.