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domingo, 11 de noviembre de 2018

Corría el 11 de noviembre de 1918


Hola:
Hoy se ha conmemorado en París el centenario de la firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial.
Como probablemente ya sabéis, he publicado hace un mes una novela: «La gata vio al asesino». El citado conflicto bélico sirve de trasfondo ocasional a la trama de este melodrama minino, de ahí que me haya animado a compartir la parte final del segundo capítulo de mi novela.
Gracias por tu atención, amable leyente.

La Primera Guerra Mundial tratada en «La gata vio al asesino»

(…)
Corría el 11 de noviembre de 1918; y si bien en la intención de los generales aliados sólo estaba el aprovechar la debilidad del enemigo e invadir Alemania, los gobiernos de las potencias vencedoras decidieron poner una correa a sus perros de la guerra.
Los políticos en el poder se mostraban temerosos de que el actual descontento social se tradujera en una revolución similar a la orquestada por los bolcheviques en Rusia. Revuelta que ya había contado con ecos sofocados, tanto en Bélgica como en Portugal.


Una vez más, Raymond Tournier demostró atesorar esa suerte de mil demonios que sus compañeros de billar le envidiaban cada vez que lograba una carambola imposible gracias a un golpe diestro con su mano izquierda, “la mano del Diablo”.
El decreto de amnistía que acompañó al final de la guerra conllevó para él la expulsión con deshonor del ejército. Su acto de cobardía no llegó a ser juzgado en la región de Verdún durante el tiempo del conflicto, sino que la vista tuvo lugar una semana después de la declaración del armisticio. La causa del retraso en la celebración del juicio se debió a los días que los médicos especialistas necesitaron para desechar toda posibilidad de que el reo pudiera contagiar a cualquiera presente en la sala, como podría ocurrir en caso de que estuviera incubando un “tifus epidémico”.
Para cuando Raymond fue autorizado a ocupar el estrado frente a un tribunal militar, en las calles de Francia se sucedían las manifestaciones que solicitaban la desmovilización del ejército —cuyas tropas estaban sumamente desmoralizadas pese a la victoria bélica—, dado que los hombres eran necesarios en sus hogares y demandados en puestos de trabajo de cara a afrontar la reconstrucción nacional.

Casi un millón y medio de vidas de ciudadanos franceses se vieron truncadas durante un conflicto bélico resuelto en falso con una victoria marga. Gran parte del norte y este del país había sido devastado.
A pesar de lo reciente de su gloria militar, era tal el antimilitarismo que se respiraba en Francia, que incluso las cerriles autoridades castrenses comprendieron que la sociedad civil no toleraría que a sus conciudadanos, aún atrapados en las filas del ejército, se les administraran unas medidas represivas mucho más duras que las que se estaban aplicando a los combatientes enemigos capturados, los cuales estaban siendo liberados de los campos de detenidos y volvían a casa atravesando los caminos de Francia.
De ahí que la alta nomenclatura militar francesa se viera obligada a tragarse su bilis de venganza sobre la soldadesca díscola; y los procedimientos judiciales de carácter sumario fueron delimitados a los delitos de alta traición cometidos por la tropa en la primera línea del frente.



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