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domingo, 30 de junio de 2019

Acordes aún no inventados


El que vas a leer es un texto de anticipación sobre un futuro que deseo muy muy requetemuy lejano, amable leyente. Me encuentro bien de salud y ánimo.
En la letra de esta “anticipación” aparecen guiños a las canciones: «Pongamos que hablo de Madrid» (Joaquín Sabina y Antonio Sánchez), «Romance de Curro el Palmo» (Manuel Serrat) y «Pero a tu lado» (Enrique Urquijo)


Acordes aún no inventados

En el momento presente estoy muy bien; confío en que tú también lo estés, amable leyente, ahora y siempre. Que en el pasado nadie vive, aunque fuera una pasada sobrevivir entonces como si no hubiera un futuro.
Buena época aquella en la que me creía el más punk. Mientras que a otros los llamaba Londres, a mí me susurraba Gijón. En aquellos tiempos nuevos me sentía una piedra frente a la tijera del destino. En aquellos tiempos salvajes me decía que bailaría incansable sobre la tumba del aburrimiento antes de descansar bajo la mortaja del sueño eterno. Por entonces, la idea de alcanzar la cincuentena me parecía una condena a cuarentena.
Eso fue entonces, esto es ahora. Ahora me acerco a los 54 años. Y confío en cercar la setentena –tal y como me predijo una gitana en una noche de risas y besos–.
Ni ahora ni entonces me planteaba el futuro. Pero antes arañaba el presente y ahora acaricio la eternidad. Sé que voy a morir más pronto que tarde: a pesar de mi natural surrealista, encuentro artificialmente irrealista no admitir que llevo más tiempo vivido del que me queda por vivir.
¡Viva el Dadaismo!

Sé que cuando la muerte venga a visitarme –aquí al norte donde nací y donde el mar se puede concebir– llegará a destiempo. Desde el tiempo presente parecerá que lo hace pronto; desde el pasado, que acude tarde.
A mi muerte no quiero ni pésames ni flores, ni ninguna lagrimita al cerrar mi cajita. Quiero oír vuestras risas y besos. Quiero que suene la vida. Quiero escuchar cómo nace de vuestras gargantas el tema de Los Secretos «Pero a tu lado». Allí estaré yo: al lado de los presentes, pero ausente como siempre que se me exigió estar de cuerpo presente en un lugar del que me moría por ausentarme.
Y por siempre el sonido de la mar y el de la brisa fresca del Cantábrico me harán sentir que con mis cenizas un árbol se ha plantado, que éste su fruto ha dado y que desde entonces algo ha empezado.
¡Viva la vida!

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