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domingo, 21 de octubre de 2018

Zänder, el dragón acatarrado (II)

Hola, feliz tarde:
Aquí estoy. Y lo estoy por los pelos, que casi no llego. ¡Puff, de buena me he librado!
Y es que hoy mi mami ha puesto para comer ¡lentejas! Y ella mucho decirme eso de “si quieres las comes, y si no, las dejas”, pero no me ha permitido dejar la mesa hasta que acabé el plato que me puso. Por suerte las preparó con arroz, tal y como me había aconsejado Flor, con lo que estaban más… más… menos incomestibles.



Pero bueno, amables leyentes, sé que no queréis leer sobre mis disgustos culinarios, sino que sobre nuestro amigo Zänder, ¿verdad?

En el relato del domingo anterior, os hablé de lo mucho que se sonrojaba Zänder cada vez que estaba frente a Sygrid. Pero se me olvidó contaros lo remucho que ella suspiraba por ver a su amiguito.
Aunque Sygrid se ocupaba de ocultar bien sus sentimientos, pues no quería perderlo como amigo.
Y es que ¿cómo un dragón tan distinguido como Zänder –él único en toda Dragonlandia que tenía una preciosa nariz roja que le hacía tan especial–, podía fijarse en una dragoncita como ella?
¿Cómo podía reparar en ella, que era tan monótonamente verde como cualquier otro dragoncito?
Sygrid no podía evitar suspirar por ese hermoso dragón distinguido, pese a que sabía que él no sentía lo mismo por ella.
Lo que más fastidiaba era que desde aquella tarde en la que Zänder la había pillado dibujando un corazón de tiza, había perdido a su mejor amigo. Era verla y echarse a volar desplegando su arrebatador encanto. En clase él la evitaba; y si ella se inventaba una excusa para acercarse a él cuando estaba en una esquina y bajo techo, Zänder se envolvía con sus alas en una pelota verde coronada por una radiante nariz enrojecida.

Así ocurrió día tras día, tras día… Hasta una tarde, hace pocas semanas, en que Zänder emprendió vuelo al ver a Sygrid.
Y desde entonces no ha vuelto a casa ni al colegio.
Y mira que quiere a su mamá y a su papá. Y mira que quiere a sus amiguitos. Pero, por desgracia, quiere más a su orgullo; y se ha ido para evitar sentirse señalado como diferente por aquellos que no le resultan indiferentes, sino que le son queridos.
Sus padres llevan surcando los cielos desde entonces. Sus amigos lo buscamos en las cavernas donde él solía ocultarse a esperar a que enfriara su nariz ardiente. Pero no lo estamos buscando allí donde está escondido. De ser así, él estaría ahora con nosotros. ¿Verdad?
Y es que, después de lo que ha pasado, todos en Dragonlandia hemos aprendido que a nuestros seres queridos no les debemos gastar bromas que ellos sienten como burlas. El afecto se muestra con actos de afecto, no con bromas.

La próxima semana, a esta misma hora, os contaré el origen secreto de la nariz roja de Zänder.
Hasta entonces: sed felices, amables leyentes.





¿Qué estás leyendo, Nino?

En respuesta a tu nopregunta, amable leyente, estoy leyendo la antología «Historias mínimas», de Javier Tomeo.


Obra “venyenloquecedora” compuesta por piezas breves con forma dialogada; por pequeñas escenas teatrales, en las que intervienen personajes acompañados por una voz narrativa, en forma de acotaciones, que aporta el punto de vista o algún detalle esencial para la comprensión del texto.

domingo, 14 de octubre de 2018

Zänder, el dragón acatarrado (I)


Zänder es un dragón acatarrado. Bueno, más bien es un dragón felizmente acatarrado. Pero no siempre ha sido así, mis queridos lectores. Acercaros un poco más y permitid que, al calor de vuestra compañía, os empiece a contar su historia.
Reelaboración de la imagen ajena "Little Dragons Logo".

Zänder ha sido desde siempre un dragón acatarrado. Y, en los últimos meses, fue un dragón tristemente solitario. Y es que, ¡manda narices!: lo peor que le puede pasar a un dragón es estar triste a causa de su hocico.
Y Zänder lo estaba, ya que era diferente al resto: su enorme nariz enrojecida contrastaba con los diferentes tonos de verde que presentaban las narices de los dragones “normales”. Y la vergüenza que sentía hacía que su trompa se pusiera aún más roja.
¡¿Qué digo roja?!
¡¡Rojísima!!

Sólo se ponía más colorado cuando Sygrid le hablaba. Pero entonces, toda la cara se le tornaba de color escarlata y su nariz dejaba de preocuparle; lo que le preocupaba era que su corazón delatara la alegría que sentía al estar cerca de su amiguita.
Así que en cuanto la creía entrever, agitaba a toda prisa sus alitas y se iba volando a la par que tartamudeaba cualquier escusa para marcharse pitando. El resto de los dragoncitos bromeaban sobre sus repentinas ganas por ir a la escuela en un día festivo, o por marcharse a comer a casa cuando lo que había para comer eran lentejas.
Lentejas, ¡puagh!
¿A vosotros os gustan, queridos lectores?
Estoy seguro de que no, de que a los humanos –al igual que a las abejas o a las ovejas– tampoco os gustan las lentejas. Desde luego que a nosotros los dragones no nos gusta comer lentejas. ¡Cuando estamos bajos de hierro lo fundimos, para luego untarlo sobre pan crujiente! Pero nada de comer lentejas, ¡eso es de trostélidos!
Bueno, que ya me estaba yendo del hilo de la historia. Como os comentaba: todos los dragoncitos bromeaban cuando el se alejaba con torpeza. Bueno, ¡qué cabeza la mía! No todos no se reían cuando Zänder se escabullía. A Sygrid le entristecía ver cómo su amiguito la evitaba de manera constante. Estaba segura de que era por culpa de aquella vez que él la había visto pintando un corazón de tiza con el nombre de los dos en el tronco de “El árbol del sentimiento” –árbol que tiene sus raíces en vuestro mundo y que regáis con vuestras buenas acciones hasta lograr que llegue a nuestro país sobre las nubes–.
Así que seguid respetando al diferente, queriendo a quien os quiere y amando lo que hacéis de corazón. Con ello lograreis ser felices y que nosotros, los dragones, volemos en alas de la ilusión.

Bueno, amigos venyenloquecidos, os tengo que dejar para unirme a una partida de búsqueda de Zänder. Si lo veis, por favor, decidle que todos lo queremos y que necesitamos que regrese a nuestro lado para ser realmente felices: nos reíamos con él, no de él.
La próxima semana volveré para contaros más cosas sobre mi amigo Zänder.
Un abrazo, grande y lleno de esperanza.



lunes, 8 de octubre de 2018

La gata en los tejados calientes del afecto


Os estoy muy agradecido a todas las personas que me habéis mostrado
Will y Chloé por Auroratris
vuestro apoyo ante al publicación de mi nueva “ninela”:
«La gata vio al asesino».
Escribir ficción conlleva acercarme a la realidad. Más allá de permitirme fabular mis ilusiones, lo que escribo es una herramienta que me acerca a la realidad compartida. Pese a no haber publicado ningún texto autobiográfico, lo que escribo habla de mí y quien lo escribe soy yo. Junto a lo que ensueño, en estas ficciones aparecen mis despistes, mis complacencias y mis excentricidades.

Este jueves pasado, Carmen —una compañera de cursillo para desempleados— me dio el más estimulante de los regalos al comentarme su opinión sobre lo que llevaba leído de mi novela: Escribes como hablas, me dijo con afecto mientas activaba su lector Kindle para comentarme una serie de aspectos de la edición electrónica.
Esta mañana, AtHeNeA me ha telefoneado y con ello ha contribuido a que me acepte en mis fallos y mis aciertos.
En cada muestra de aprecio hacia mi personalidad humana, hay el mismo afecto hacia mi persona.

Aprecio y afecto que me dedican de manera pública Carmen (Sahharah), Clarisa y Auroratris en sus respectivos blogs al aconsejar la lectura de «La gata vio al asesino».
Éstos son los enlaces a sus textos, por si quieres acercarte a leerlos en sus espacios.
Gracias, amable leyente.

En el de Carmen (Sahharah)



En el de Clarisa



En el de Auroratris


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