Ven y enloquece

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martes, 15 de junio de 2010

Las ilusiones perdidas 02

Vamos, que con esta fábula televisiva nos sucede lo mismo que con las ficciones amatorias: no se terminan pues en realidad no han comenzado. Pero no importa, disfrutamos más malinterpretando lo que nunca ocurrió y rememorando falsos recuerdos, que afrontando la realidad de nuestra soledad. Perdidos no se acaba mientras siga en nuestras mentes, lo mismo que a ciertas obsesiones las convertimos en lo que nunca muere.

Pese a haberle dado a su serialización un final tan de principiantes —aunque ahora que lo pienso ¿se podría revindicar como una revisitación al Finnegans Wake, de James Joyce?— sería injusto juzgar la serie por su final. Aunque para la inmensa mayoría —esos que no vemos los documentales de La 2 si no a la Carbonero en La 5— es algo irremediable el dejarnos llevar por el regusto amargo de un final a disgusto. De hecho, soy de los que al ser expulsados del lecho me enrabio en mi derecho al deshecho de los recuerdos atesorados. Donde antes había resguardos de lo vivido ahora guardo resquemores de lo sentido. Así que ante un finiquito tan malito como el de Perdidos, no me faltaron ganas de ir al baño ni de hacerle daño a mi colección de episodios cuidadosamente ordenados y acreditados. Me sentí tan ridículo como el bueno de Locke tras pasarse tanto tiempo introduciendo un código descodificado. Al igual que él —y es que ninguno de los dos tiene un pelo de trostélido— me faltó poco para, sin ponerme dharmático, tomar la iniciativa de mandar al orto mi colección de dvds guardados en una caja de barritas para cereales decorada con recortes de la serie.

Pero, de repente recordé los buenos momentos que pasé viendo algunos episodios. Cómo me había emocionado con ciertas situaciones planteadas, e incluso me maravillé aliciosamente ante la capacidad de los guionistas para entrelazar relatos. Incluso en esta sexta temporada, se me ha escapado alguna lagrima en los episodios en los que se mostraba al Amor como una pasión atemporal que nos acerca a lo mejor de nosotros mismos.

Quizás porque me arrepiento del vacío que ha seguido a mis arrebatos desprendedores. Puede que porque, con el paso del tiempo, he comprendido que no puedo desbaratarme de aquello que alguna vez he querido. El caso es que tirar esos episodios sería despertarme de todo lo que me han hecho soñar. Y si perdemos la capacidad de ilusionarnos, lo perdemos todo.


Toda decepción es resultado de nuestra confianza en que compartiendo podemos mejorar. Todo fracaso es prueba de que hemos intentado mejorar. Lo importante es estar vivo. Lo importante es que estamos todos vivos.

ATRÁS




© Nino Ortea, perdido hasta que tú lo encuentres en Gijón, 15-VI-10