Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Este jueves, un relato: "Con los ojos vueltos"

Este jueves es nuestro compañero Pepe quien nos sugiere “asomarnos al interior de nosotros mismos” en su convocatoria: "Con los ojos vueltos"


 El humo cegó mis ojos

Quizá el humo sea metáfora borrosa de una vida que a la par que nos consume, se impregna en la piel, el cabello, los recuerdos… Apuramos su sabor o lo disfrutamos perezosamente. El humo, como la vida, nos acompaña en todo momento, sea triste o alegre. Al sentirnos (de)pendientes cambiamos de marca de tabaco, como lo hacemos de parejas o amigos; pero al igual que siempre recordamos ese primer beso que aceleró nuestro corazón, nunca olvidamos ese primer cigarrillo que nos revolvió las tripas.

Los ciclos del placer compartido seguido por la espera insegura, me llevaban a exhalar humo y expeler sentimientos. Después de todo, guardaba su tabaco cerca de mi corazón. Hubo veces en que tener un cigarrillo en la boca era lo más parecido a relamer su lengua. ¡Qué hombre me sentía cuando mimaba la comisura de mis labios!

Al igual que mi corazón subsistía con besos robados, mis pulmones se alquitranaban con cigarrillos mendigados. Acabé limosneando amor y comprando cigarrillos: un hombre debe pagar sus vicios y adeudar sus sentimientos. Los hombres no lloran, fuman en silencio.
Quizá nunca fui tan hombre como cuando superé los dos paquetes diarios y las cuatro palpitaciones nocturnas. Lejos quedaba el tiempo, enterrado más allá del arcoíris, en que exhalaba fuerza de ánimo. Cambiar de marcas no me ayudó a dejarlo, al igual que cambiar de camas no hizo que la olvidara. Mi vida era un carnaval de espejos y humo. Toda excusa me llevaba a colgarme de ella, lo mismo que cada impulso hacía que un cigarrillo colgara de mi boca.

Tras un despertar, entre arcadas de lo fumado, el fuego dejó de caminar conmigo: sólo su saliva me revolvía más que la nicotina.
Si yo he podido dejar alguna adicción y pocos de mis muchos vicios, tú también podrás, atentoLector. Créeme que lo tóxico que transpiro en este relato juevero no es fabulado: lo inhalé a diario hasta que comprendí que aquello no era vida, era humo.
Aunque debo admitir que hay noches de ardor en que salgo con mechero, confiando en que quien me pida fuego, camine conmigo. (350)




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Gracias por tu compañía, atentoLector.