Siempre que concluyo la lectura de una obra de Irvine Welsh, decido que no volveré a leer otra. Mi ética me lleva a considerar sus ficciones como banalizaciones del mal. Pero tanto en lo ficticio como en lo real soy caprichoso, no moralista; por lo que siempre acabo volviendo a leer al banalizador Irvine Welsh.
