Al igual que al caricaturesco
Homer Simpson, mi falta de cerebro me ha desdibujado en innumerables ocasiones
de acabar en plato ajeno (celebro ser un “descerebrado” cuando el gusto de
quienes me rechazan es el de unos sosos vegetarianos de vida desaborida)
Tengo claro que no
provengo de la estirpe “cromañona”: es un adjetivo vulgar, muy poco mono y
demasiado humano. “Neanderthal” es otro retal: suena a tela de la que se hacen
los sueños. Soy un “gijonensis soñadoris
universalis”, de los que sólo evolucionamos cuando revolucionan nuestro
corazón.
From lurid pranks and late-night drives, to why playing in the
Revolution was like joining the marines – Prince’s friends and collaborators
recount their memories of one of the music world’s most majestic and mercurial
performers (...).
To read Dave Simpson’s article on ‘The Guardian’, just press on this link
Créame, no se me ocurre compañía más revitalizante en la soledad del
impersonal Internet.
No hay nada que perdonar por mi parte, quizá sí por la suya: espero que
entienda que mi recurso al “usted” no es una manera de marcar distancias, sino
de mostrarle respeto.
El gusto es mutuo; aunque en mi caso, mi natural cobarde hace que no me
atreva a musitar si hoy es mañana o ahora es tarde.
Pocas cosas hay más fascinantes y dignas de estudio que una vida regida
por el libre albedrío; ya ve, yo soy todo orden y preceptos: soy los restos del
naufragio de la parte consciente del inconsciente de Nino.
¿Pareja? ¡Ah, las mujeres! Son mi debilidad: acumulo seis divorcios y diez
demandas de paternidad. Pero bueno, no me crea disoluto, no lo soy en absoluto:
¡soy un investigador de La Belleza! Por eso salgo poco, pues cada vez que lo
hago es raro que no vuelva enamorado.
Día gris y húmedo de despertares perezosos. Aprovecho para salir a la
calle antes de que las aceras se llenen de belleza.
Hubo un tiempo en que deseé liderar
movimientos “avant-garde”. Ahora... me conformaría con ser un teléfono “avant”,
con el único móvil de aguardar para lograr escuchar su voz.
‘¿Pueden
los androides soñar con ovejas eléctricas?’ se preguntaba Philip
K. Dick; mi respuesta es: SÍ.
Este humanoide sueña con ser el
móvil inmóvil que duerme a su lado, sonriente y acariciado por sus texteos en
los que proclama su pasión.
Uno, que fue adicto a más cosas de
las que admitiría sin sonrojarse, ya sólo tiene una pasión: la ilusión.
La verdad es que soy un simio descreído, menos cuando estoy frente a un
espejo que siempre me veo “muy mono”
No busco la eternidad, sólo el placer del momento; y de sobra sé que todo
lo que sube acaba por bajar, salvo mis ganas de fantasear.
La Realidad que va más allá del plato de comida –que a día de hoy es algo
que no sé fantasear– se me indigesta o me parece más bien fea –es increíble que
la fealdad humana lleve de moda 25 siglos sobre la pasarela de la historia–.
Los únicos movimientos cíclicos que me llevan a la fascinación, son los
del universo de las caderas cadentes, el resto de ámbitos me son tan extraños como
desconocidos.
Until
recently, my heart was a three-ring circus, where emotional somersaults
alternated with blind shots at the bullseye of love and laughter; shots which I
used to mask my disillusionment.
Until
just a few months ago, I was determined to outpace time to avoid my growing
old. While riding the train of excess, I conmuted the stations of wild nights
and black-out days. I pushed my body and mind to such a breaking point that I
now teeter on the brink of nothingness.
I felt
superior to others: smarter, more resourceful, better…
To
disguise my mistakes, failures, or disappointments, I resorted to the persona
of the damned, the misunderstood, the scorned, the victim… I complained that my
friends or relatives bored me, made me overwhelmed by their presence.
I
accepted being seen as a bohemian –the different one or the odd one– out to
disguise my fear of being identified with a monster. I came to understand other
people's rejection as a sign of their envy; so I fueled it with feigned
indifference.
I
enjoyed watching how those who didn't respect me, feared me.
Just as
I accumulate books or films I'll never approach, I've piled up relationships. I
treated people like volumes you place on a shelf and trust they will always be
there, where you’ve left them, waiting for you to bless them with your
attention.
My
eternal flight forward and my feigned existential angst were sustained by a
constant stream of plans to improve upon what was lost: people to meet, books
to read, excesses to discover… If something hurt me, I complained until I got
sick of it, which fueled my resentment. I returned to my petty vices. Other
people's decisions were like winter's attacks against the spring of my spirit.
As of today, Spring has returned. I welcome it
with enthusiasm.