A diferencia del resto de los hombres
que viajan en el convoy, Arkadi viste de civil, no de militar, lo que provoca
que cada vez que el interventor entra en el compartimento –a comprobar los billetes
de los nuevos viajeros– lo mire con recelo. El revisor luce en su pecho un
distintivo de antiguo combatiente; y en su avanzar por el vagón deja siempre
atrás su pierna izquierda, la cual quizá aún siente atrapada en alguna
alambrada del frente oriental.
Los andenes de la estación de Kramatorsk
son un mar de personas que se mueven en oleadas a la órbita de la llegada de
cada tren. Nadie ha acudido a recibir a Arkadi. Lo más parecido a un saludo de
bienvenida es la voz de alto de un par de gendarmes que lo detienen para
pedirle su documentación.
Antes de devolverle sus papeles, el cabo
se los enseña con despreció a su compañero. Como despedida escupe en la cara al
“traidor a la patria”. Arkadi permanece impertérrito, con cabeza alta y mirada firme.
Ésta no es la primera vez que sufre una afrenta pública por parte de un matón,
y no va a caer por vez primera en una provocación tan burda. Un griterío de
terror llega desde el fondo del andén, lo que hace que los policías se alejen a
la carrera.
Arkadi se cuelga del hombro su macuto y
avanza hacia la salida. Por los comentarios que escucha a las personas con que
se cruza, un soldado recién llegado del frente se ha arrojado a un tren que
emprendía la marcha: su novia se había desmayado en cuanto vislumbró su rostro
desfigurado cubierto por vendajes.
Una voz de mujer lamenta que su hijo no
haya tenido esa suerte de poder quitarse de en medio. Se lo han traído atado a
una camilla, con la cara y los genitales devorados por gas mostaza. Esta ciego
y sordo. El personal médico que se lo ha entregado, intentó quitarle
importancia a la situación asegurándole que “éstas son cosas que pasan”. Nadie
se gira hacia ella cuando rompe a llorar desconsolada y se deja caer sobre sus
rodillas. Arkadi da marcha atrás. Se acerca a la mujer. Se arrodilla a su
altura y la abraza.
A su lado pasa un tren. El abrazo actúa
de ancla para impedir que la madre se tire a las vías junto a su hijo.
