Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

martes, 6 de julio de 2010

Sus montañas y mi locura 03.

—Pero bueno, Marcelino. ¡Qué sorpresa! Ya sabía yo que no tardaría mucho en volver.

—Bue-nos-d´-assss, doctor. A usted quería ver, puffffff.

—Elemental, querido guasón. Y veo que viene a verme por una larga temporada, a juzgar por lo voluminoso de su equipaje. De ser menos hombre y más animal lo ayudaría con esos bultos, pero ya sabe que sólo me esfuerzo en no reírme de ustedes.

—De esos fardos quería hablarle. Verá, licenciado, ¿le importaría guardarme estas cosas? Será por una temporada. Antes de que Los Bitels saquen un nuevo disco, habré venido a recogerlas.

—Mi trastornadamente obsesivo Marcelino. Ccomprenderá que si le permito dejar esas inconsistencias aquí, se lo debería consentir a todo paciente compulsado como compulsivo. Y entonces, esta clín…

—Ya doctor, lo entiendo. Por eso no he traído las cajas con las fotos y los vídeos donde aparece usted, desenfundado en cueros, mientras las más traviesas de sus pacientes aviesas lo disciplinan y nalguean. He pensado en mandar una parte al programa Vídeos de primera, y a su segunda esposa remitirle las restantes. Quizá e…

—¡No! ¡Deje, deje! Ahora llamo a Rigoberto y a Picaporte para que le hagan el porte al interior. Y luego (pues sitio para usted y lo suyo siempre hay aquí y en su celda acolchada) los enviaré a su casa a que le descajeen de esos contenidos con mis incontinencias.

—Gracias y loores por su agraciado detalle y su loable comprensión. Ya le digo, será por un breve período de tiempo. En cuanto Nino Ortea gane el Premio Nobel de Literatura y compre una casa a nuestra altura, recogeré estas bolsas de basura.

—Por cierto, don Marcelo. No tengo un pelo de cotilla, pero… ¿qué guarda en tanta bolsilla?

—No atesoro secretos para usted, ni para nadie que me los compre por un céntimo. Así que sepa que le confío lo que, hasta ahora, era mi tesoro.

—¿Su virginidad?

—No, moriré con ella incólume. Como la recatada Mesalina o el modoso Casanova. Le dejo, pero no me los desordene, mi compendio de catálogos de IKEA en sueco (ya sabe usted que detrás de cada traductor hay un traidor), la edición anotada del Libro gordo de Petete y mi colección completa de la Súper-Pop! desde su primigenio número 1, en el que en una portada en glorioso blanco y negro un lustroso Manolo escobar explicaba porqué no le gustaba que a los toros ella se pusiera la minifalda.


—Ah,… ya. Es verdad que usted en sus años mozos no compraba el Lib, si no la Lili. Bueno, ¿y a qué se debe su dispendio?

—Es que necesito espacio, sabido es que no vivo en un palacio si no de castillos en el aire.

—¿Espacio? ¿Ha comprado por fin una lavadora, una nevera y algo de ropa interior?

—No, ni que estuviera chiflado, eso del consumismo es como el comunismo: los unos viven en rojo y los visigodos visten de rojo.

Verá, es que leyendo el envoltorio de un bollycao me enteré de que el diario ABC sorteaba entre sus nolectores la figura de cera del caído Marichalar. Como a mí me gustan los bollycaos caducaos, pensé que llegaba tarde para eso de concursar. Pero, con la suerte pasa como con los olmos, cuando menos te lo esperas da peras.

Por sus carcajadas veo que se alegra. Pues sí, estoy muy contento, ya no me sentiré insensible al hablarle a mi amigo invisible: le daré brillo, lo sacaré a pasear en los días nublados y leeremos juntos el Hola.

—Desde luego, ¡menuda injusticia!

—¿El que me tocara?

—No la humillación pública a la que se ha sometido a ese adamascado padre de familia. Es curioso que vivamos en un país donde La casa real siempre satisface su real gana. Confío en que algún día sea pública la proclamación de La República. Pero bueno, mejor me dejo de platonadas…

Disculpe mi falta de modales, pase y siéntese, haga el favor.

—No gracias, erudito. Me quedaré aquí fuera haciendo sombras chinescas mientras espero a Vanessa. Hemos quedado y por ello de calzones me he mudado.

—¿Vanessa? Verá, ¿cuánto hace que no la ve? Ahora desluce cejijunta, barbilampiña, con carnes caídas y refajos subidos. ¡Cada vez que la vislumbro casi me derrumbo, pues temo que sea la espesa de mi esposa!

—No, doctor Galigari, no hace falta que me la describa. He tenido el placer de acompañarla hasta aquí esta mañana, tras saludar al amanecer con nuestro grupo de canto gregoriano. Y sí, como usted comenta, luce hermosa la zagala. Ahora comprendo la devoción que siente por su mujer. Debo admitir que estoy pensando en Vanessa más de lo que debería en mi soltería. Pues hay veces en que me invaden pensamientos impuros… Ya sabe usted de mi debilidad por las mujeres de cabello seboso y pies sudorosos.

—Marcelino, ¿abusa usted del vino?

ADELANTE.

ATRÁS.

©Nino rtea, encantado de que usted lo lea. Gijón, 6-VII-2010