Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

lunes, 16 de noviembre de 2009

Sus montañas y mi locura 002

—De sindicalista, no sé si acabaré, pues me falta vocación y me sobra intención. Pero… ¡tenga por seguro que les dedicaré a usted. y al cornudo del marido de su esposa, mi primera transcripción al sanscrito del escrito de las memorias de Espinete!
¡¡40 años y aún peina sus púas, y ya ve yo… 44 otoños y sólo peino bombillas!!
—Bueno, Marcelino, no se desespere que la ciencia avanza que es una barbaridad. Quizás algún día diseñen un teleñeco que funcione de peluquín.
Y, ahora, déjese de engolarse en oír su voz, y salga a la calle a airear la buena nueva: ¡sin haber estado muerto, ha resucitado!
—No… por la ventana, no…
Salga por la puerta.
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Si probara a abrirla primero, seguro que le sería más fácil salir.
—Gracias, doctor. Me voy que quiero leer el Marca para saber si Guti sigue soltero, y así yo dejo de estar entero.
—Hasta pronto, señor Ortea. Espero impaciente a que vuelva a ser mi paciente.

Abrir la puerta y sentir ganas de ir al baño tras el esfuerzo, fue todo uno. Pero, Marcelinín había decidido que si Gandhi se alimentaba de su orina, él se bañaría en su micción sin prestar atención a otra loción.
De repente, una vez femenina le hizo girarse, dibujando en el suelo un gracioso caracolillo.
—Perdone, don Marcelino. ¿No se lleva su equipaje?
—¡Dónenlo a la Ciencia! Junto con mi surtido de prótesis y mi colección de airgamboys.
Por cierto…
…señorita…
Debería dejar de ponerse la ropa de su hermana pequeña, pues va a dar de sí a esa camiteta. Y procure poner más atención cuando se vista, que se ha puesto ese cinturón tan ancho, pero se ha olvidado de llevar falda.
Mala memoria la suya, ¡le aconsejo que coma zanahoria!
Quizás si leyera usted menos, y viviera más, le iría mejor. Se lo digo por experiencia.

Tras posar el ejemplar de la Cuore, los ojos de la peliteñida se agrandaron tanto que parecían querer emular a sus asiliconadas ubres.
Por fin había encontrado a un hombre al que le atraía su intelecto, y no su entrecarne. ¡Iba a ser la envidia de sus amigas cuando lo contara por el Tuenti!
Avergonzándose por primera vez de sus curvilíneas formas —y de haberle quitado el novio a Jesús Vázquez— deseo estar cubierta por un saco que la hiciera digna de que aquel prohombre de pantalones humedecidos —seguro que era el último grito en París— la sacara a pasear.

—¿Le llamo un taxi, señor Ortea?
—No gracias. Iré paseando marcha atrás hacia mi casa; y cada 500 pasos me detendré a entonar el “Gaudeamus igitur” versión tutto castrati.
—¡Excelente idea me ha dado! Esta tarde tiraré todos mis tangas, me pondré una faja y empezaré a caminar en zig-zag por los pasillos de Novedades Eloina mientras busco una bata que me sirva también de gabardina.
Aquí tiene…
—¿Qué es esto?
—Mi tarjeta… con mis medidas, mi teléfono y dirección.
—¿En castellano?
—Pues… sí, claro. También en griego y francés.
—Lo siento. Por prescripción médica, de ahora en adelante sólo leeré en arameo. De hecho, ya ve cómo me estaba arameando un poco, para ungirme en la materia.
Pero, ya que la percibo tan letrada… Le diré que tengo pensado organizar al aire libre, los días que llueva, un club de lectura de tablillas de arcilla. ¿Tiene usted alergia al barro?
—Pues no. He luchado varias veces en él, y mi cutis lo ha agradecido.
—Muy bien… Pues entonces ya le mando un jilguero, que le dirá que la quiero ver… Si le apetece, invite a su hermana, ¡pero no se ponga su ropa!
—Por cierto, ¿cómo se llama?
—Vanessssa. Pero puede llamarme…
—La llamaré Hipatia, por su alejamiento de la apatía. De vivir en una sociedad justa, nuestro ayuntamiento no tendría que tardar en bautizar una calle, avenida o circunvalación con tan preclara denominación.
Bueno, agora tengo que dejarla. Le cojo prestado ese espejo para que oficie de retrovisor en mi marcha atrás.

Ad ipse momentum, Doctus doctorem Galigari ex sua consulta exit, et quis verbis dicit:
—Pero bueno, Marcelino, ¿Qué hace usted aún aquí, plantado como un pino?
¿Y tú, Vanesa? ¿Por qué te has grapado un vestido de papel con los informes de los pacientes?
¡Esto parece una casa de locos!

© Nino Ortea. Gijón, 15-XI-09

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