El
caso es que mi vida va pasando sin que yo me entere de lo que me está
ocurriendo. Lo que ayer era importante hoy es irrelevante. Pero siempre me
queda el consuelo de que mañana será un nuevo día, en el que podré refugiarme
en mi monotonía. Los días de vino y de rosas SIEMPRE concluyen en noches
salvajes.
A mis cuarenta y nueve septiembres, aún confío en que los excesos primaverales
del fin de semana saciarán mis carencias afectivas otoñales. Me miro y no me
reconozco. Pero la culpa no es mía. Es del estrés, es de esas pastillas que no
volveré a tomar, es de esos labios que no volveré a besar.
Llega
un momento en el que, al mirar atrás, no veo experiencias, sólo vacío. Me he
comportado como el hijo de los padres de un artista que llega a ser aquello que
sus progenitores no se atrevieron a intentar. Incluso he superado sus expectativas.
No sólo soy más alto que ellos, también tengo un buen trabajo, una casa de
revista y una mujer florista. Los niños
vendrán cuando toque, que alguien me tiene que cuidar. Hago bien en esperar.
Ella ya está vieja. Mejor los tengo con una nueva.
¿El corazón? No recuerdo la última vez
que lo he usado, pero creo que Vudialen tiene alguna frase ingeniosa
sobre ese musculito. De momento lo he escondido allí donde amontono las
ilusiones. Siempre es mejor que tenerlo en un puño. Además, tomo danacol, hago futin los domingos y sólo me enamoro los años bisiestos que acaban
en 3. Así que lo tengo como nuevo para baipasearlo
cuando, en mi tercera juventud, lo saque a marcapasear.
Sé que aún funciona. El otro día me lo
puse para ir al funeral de mi madre y sentí una sístole. Seguro que en el de mi
padre, palpitará la diástole.
