Mi principal plan de futuro es
perfeccionar el presente.
Más que viejo de cuerpo, estoy
desgastado de órganos vitales; pero en lo vital en el ánimo, estoy fuerte y con
ganas.
Estoy volviendo a vivir mi vida, a la
que renací sin haber llegado a morir. Lo que debo evitar no son las adicciones,
sino los vicios. Después de todo, la mayor adicción es la que siento a la vida
y me aferraré a ella hasta mi último suspiro.
Este blog es una fuente de vida: no debo
abandonarlo, sino mantenerlo vivo.
Gracias, amable leyente
venyenloqueciente, por tu estímulo vivaz.
Hoy se
conmemora el Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama.
Creo que
toda lucha es más fácil si sabes contra qué te enfrentas, si puedes identificar
por su nombre esa amenaza, en vez de cobijarla a la sombra de eufemismos
teñidos en violeta. Así que hoy vuelvo a pedirte, amable leyente, que llames a
las cosas por su nombre: la que nos puede acabar matando no es “una larga enfermedad“, es una dolencia
llamada ‘cáncer’.
El cáncer de
mama ha matado a muchas de mis personas queridas, empezando por mi añorada mamá.
Pero son más las que lo han sobrevivido.
Ánimo a las
pacientes de cáncer, un abrazo a sus seres cercanos y toda mi sincera alegría a
cada una de quienes se han recuperado de esa enfermedad llamada ‘cáncer’.
Tras
tanto mareo provocado, llega el momento avocado de bailar abrazados.
Sin entrar en muchos detalles —que luego me
desoriento y convierto mis reflexiones en laberintos— debo reconocer que mi más
preciada creación, lo más cercano que nunca he tenido a un hijo, es mi
personaje de Nino Escritor.
Cual Gepetto, me gusta tallar figuras con mis
palabras e insuflarles vida con mis ilusiones. A falta de madera —que aunque
haya sido un pirata malo, no tengo ninguna pata de palo— me baso en
experiencias ajenas y propias para repujar escenarios ficticios recubiertos del
barniz de la realidad. Un poco de esto, un algo de eso, sombra aquí, sombra
allá, unos polvos mágicos y, en lugar de un conejo, saco un personaje de mi
chistera.
En el caso del asombrosamente menguante Nino Ortea,
su nombre es resultado de la nada original conjunción de mote por el que me
llamaba mi madre –ni cuando me reñía me llamaba por mi patronímico– con mi
apellido paterno. La idiosincrasia de mi heterónimo, su vita operandi y su
modus vivendi son un mero juego de espejos y humo, articulado sobre las
fallidas percepciones de quienes creen conocerme bien, y como mucho me
prejuzgan por mis apariencias o sus carencias. Habitualmente es él quien viene
al rescate de mi persona en desiertos de misantropía. Ocasionalmente, soy yo
quien acudo al rescate del personaje en naufragios en tierras extrañas al
afecto.
Gustaf Adolf Tenggren - Pinocchio & Geppetto
Del King Kong virulento con que me animalizan
quienes me violentan, al Peter Pan irredento con el que fantasean las Wendys
que me niegan. Del pendón irredento –enamorador de damas de alta cuna– al
romántico irredento –enamorado de lozanas de cama accesible–, hay una
diferencia basada en que el latido de quien me atienda de corazón lo haga al compás
de una sístole o al destiempo de una diástole.
Pinocho es el mismo, lo que varía es la percepción
ajena. En ti, afable leyente, está ese toque vital –como el de un hada azulada–
que le confiere su vida anhelada.
Lo
que debe pasar, pasa. Y un día, ya no estamos
Cuidado al reproducir este clip, contiene la
escena final de «Pinocho» –Guillermo del
Toro (2022)–.
Hoy hace 20 años, España sufrió una
cadena de atentados terroristas en los que fallecieron directamente 192
personas y casi 2.000 resultaron heridas.
Aquel
jueves, las noticias trágicas desbordaban la capacidad informativa de las
cadenas de radio. Apagué el receptor mientras empezaba a preparar la comida
para mi madre, convaleciente, y para mí –mi padre y hermana estaban trabajando–.
En el
comedor mi madre permanecía frente al televisor. Aterrada por lo que estaba
pasando, atrapada en la visión de aquellas imágenes aterradoras. Desoyó mis
invitaciones a que apagara el aparato y se uniera a mí en la cocina. Fui yo
quien se unió a ella en el comedor. Permanecimos sentados en silencio durante, calculo,
un par de horas. Recuerdo la frase con la que mi madre rompió ese silencio: “Me preocupa el mundo que os dejo a tu
hermana y a ti”.
Los
atentados del 11 M infectaron profundamente su ánimo. El lunes siguiente tenía
cita oncológica. Los resultados del análisis de sangre fueron por primera vez
negativos. Le suspendieron la administración del tratamiento paliativo que
estaba recibiendo. Suspensión temporal que se convirtió en definitiva dada la
progresión que alcanzó el cáncer en una semana. Pocos meses después falleció mi
madre: Elena. En parte fue una víctima colateral de esos atentados.
Veinte años
después, su hija y yo seguimos vivos. Mamá sigue latiendo en nuestros
corazones. Y, si existe ese Cielo en el que ella creía, confío en que al vernos
su preocupación no sea grande: el mundo sigue siendo cruel; pero en sus hijos
habita la ternura.
Amable leyente:
hemos vivido tiempos terribles y los hemos sobrevivido; hemos sufrido pérdidas
dolorosas y honramos el recuerdo de los fallecidos. Cuando el dolor ataca es
natural dolernos, cuando el recuerdo duele alivia el liberarlo. Nuestros seres
queridos, los vivos y los muertos, nos quieren libres de malos recuerdos; pero
no amnésicos del dolor compartido. Hoy hace veinte años fue un día nefasto, le
siguieron días horrendos y también estupendos. Si la vida fuera siempre una
fiesta, las fiestas –y probablemente la vida– no tendrían sentido. Vendrán días
felices, aunque el de hoy sea de melancolía.
Nora Montoto, niña gijonesa que acaba de cumplir 10 años, padece GNAO1 –una enfermedad ultrarrara
que solo sufren otras s 150 personas en el mundo–. La GNAO1 provoca problemas
neurológicos, motores y/o epilesia. Nora no habla ni camina.
Nora será
protagonista del cuentacuentos solidario que se celebrará este fin de semana, sábado 9 y domingo 10 de diciembre, en La Madriguera –C/ Juan Alvarconzález Nº
7, Gijón–; una pequeña librería
de barrio de Gijón especializada en literatura infantil, propiedaddeTaniadelaCruz.
El diablo dijo no – Orquesta Mondragon℗ 1984 EMI-Odeón, S.A.
Buenos días:
Hoy
tengo mucho que celebrar; y no se me ocurre nadie mejor que tú para compartir
mi “aquíseguir”. Gracias por el regalo de tu compañía, amable leyente.
No
importa si hay quienes ven como un delirio el espejismo recreativo que
celebramos. A esta altura vertiginosa de mi vida achacosa tengo comprobado que
el Infierno son los demás que en su delirio nos hacen sentir de más, para así
arrojarnos al pozo del sollozo.
Delirio
es hacer lo que haces porque te toca, porque es lo que se espera de ti o porque
así te formalizas en una forma de persona formal. Lo nuestro –este flujo de
palabras– es un espejismo celebrante, o la ilusión de unos ilusos que no pueden
evitar ilusionarse ante lo ilusionante de seguir a lo nuestro en vez de a lo
suyo. Quizás al resto les parezca ilusorio: pero lo que cuenta es que a los que
sumanos nos resulte estimulante.
Con
las caídas y recaídas que conlleva la debilidad frente a lo eterno, ¡aquí
estamos, tan firmes como una veleta al viento! Así que cuidado con apagar la
vela de la tarta de un soplido, pues podríamos acabar donde anida el olvido.
Más vale hacerlo con un susurro, para que nuestro destino no acabe en sus manos
como un churro.
El
caso es que, para mi sorpresa, hoy cumplo 58 años. Tú ya los has cumplido o los
cumplirás. En todo caso:
Las semanas recientes están siendo marcadas por la muerte de autores a los que admiro o respeto. El día de ayer no fue, por desgracia, una excepción: ayer sábado falleció el gran historietista español Francisco Ibáñez, quizá el creador artístico que más conectó con la sociedad española a lo largo del siglo XX.
Ilustración de Francisco Ibánez junto a algunos de sus personajes.
Ibáñez mantuvo a lo largo de sus 65 años de carrera profesional una habilidad para conectar con la realidad del día a día que vivíamos/sufríamos sus lectores. Desde que la primera historieta de sus personajes celebérrimos “Mortadelo y Filemón” apareció en enero de 1958, sus viñetas nos llevaron a la risa o la carcajada, pero también a percibir un reflejo esperpéntico de nuestra sociedad. Es mucho lo que la Historieta patria le debe a este creador –firme defensor de los derechos de autor– y lo que sus lectores le tenemos que agradecer.
Para otro momento en este blog dejo la publicación serializada de un ensayo sobre la obra de Francisco Ibáñez. Ahora sólo busco reflejar la sincera emoción que me ha provocado su muerte y reflejar mi agradecimiento por los buenos ratos que la lectura de su obra lleva produciéndome desde hace 55 años –agradecimiento que pude trasmitirle en persona en las dos ocasiones en las que asistí a encuentros con él–.
Su muerte me ha llevado a pensar en mi padre.
Papá era un gran lector de tebeos. Lo fue, casi, hasta que –cerca de la edad de jubilación– las limitaciones visuales lo alejaron de la lectura de viñetas. De mi padre he heredado mi pasión por la Historieta. Él me compraba semanalmente los tebeos y, cuando empecé a adquirirlos con mi paga, me pedía que le dejara algunos ejemplares (no le gustaban las creaciones del “comix”, ni de los superhéroes Marvel, pero sí los de DC y Conan). De las historietas de Ibáñez, las favoritas de mi padre eran “Rompetechos”, “13, Rue del Percebe” y “La familia Trapisonda”.
Al igual que el recuerdo de mi querido padre me acompaña día a día, también lo hacen las viñetas de mi admirado Francisco Ibáñez.
Este
viernes, un alumno quinceañero se mostraba sorprendido de que le comentara que
no llevo activados los datos en mi teléfono móvil. Para él un teléfono sin
Internet es tan inútil como lo es para mí un corazón sin amor.
El
problema es que esta cerrazón adolescente se hace más hiriente en los que ya no
peinamos canas, sino que lucimos calvas.
¿Estoy
exagerando?
No
más de lo habitual en mí, amable leyente.
¿O
acaso soy el único cuasi sesentón que se sorprende al ver cómo sus compañeros
de café están más pendientes de los “chats” con sus “followers” ausentes, que
de las charlas con sus conocidos presentes?
https://isorepublic.com/photo/white-phone-table/
Es
evidente que, a ciertas edades, la decrepitud comienza a hacer mella hasta en
la piel más bella; pero sigo prefiriendo la expresividad de una arruga en un
rostro, a la tersura juvenil de un icono en una pantalla.
Intentar
explicarle esta sensación crepuscular a quien está naciendo a la vida habría
sido tortuoso. Creo recordar que le dije una verdad más sucinta: “I live my old fashioned way”.
Y
siempre ha sido así: vivir a mi manera conlleva vivir fuera del signo de los
tiempos. Soy yo quien se aísla de los demás al no ir donde ellos van, al no
hacer lo que ellos hacen, al no vivir como se espera que viva según mis datos
estadísticos… Vida que tiene más en común, dejando a un lado su
hiperconectividad, con la que lleva ese muchacho que con la de sus padres.
Mi
actitud vital no es contemporánea, pero tampoco es extemporánea: es necesaria
para mantener mi equilibrio emocional. No soy un marginado por otros, sí un
inadaptado voluntarioso. Procuro hacer todo lo que puedo a mi manera. No haber
opositado y seguir dando clases particulares es prueba de mi preferencia por
vivir “a mi manera anticuada”.
Confío,
amable leyente, en que no hayas encontrado anticuado este texto, escrito sin
otro móvil que el de contactar para agradecerte tu cordialidad.
Que
no nos vengan con que hoy es un día de fiesta. Hoy –como ayer y mañana– es un
día de reivindicación.
No
hay nada que celebrar, a menos que seas de los pesebreros que hacen del
sostener una pancarta su modo de vida.
Si
eres de los que se traga un gobierno de izquierdas, es que no das una a
derechas: éste es un gobierno nepotista de trileros.
Nos
sobran los motivos para mantener animos combativos frente a los explotadores y
las sanguijuelas.
No
habrá razon, que no existiera ayer para salir a la calle hoy. A no ser que seas
de esos que hacen siempre lo que se espera cuando se espera que lo hagan.
Texto
personal y quizá críptico sobre lo imperdonable de olvidar a los miserables.
Imagen de Alberto Sordi en la película Los inútiles - I Vitelloni Fellini de federico Fellini
Supongo
que con el PERDÓN pasa como con el OLVIDO: son palabras que usamos
habitualmente, pero las sentimos en ocasiones contadas.
Por
fortuna conozco el AMOR y desconozco el PERDÓN.
Desconozco
el PERDÓN
sentido y sincero que resulta de superar un daño irreparable, ya que nunca me
he visto en una situación en la que alguien me haya provocado un mal.
Pero
sí que he afrontado a quienes me hacen centro de su mucha inquina. Y a esos ni
los perdono
ni los olvido.
Nada de recomenzar tras la afrenta: no puedo perdonar a quienes me
hacen daño de manera gratuita; sus ofensas les saldrían gratis.
Asimismo,
los practicantes del perdón aseguran que éste conlleva el olvido;
y ése es un monte en el que nunca clavaré una cruz. Olvidar conlleva el peligro
de volver a morar en lugares que los ángeles no se atreven a sobrevolar; y,
pese a mi tendencia a sobrevalorarme, no soy ningún valiente.
Recordar
es una forma de crecer, de aprender y alejarse del dolor.
Si
se llama “juicioso” a quien recuerda que el fuego o el filo pueden hacer daño,
¿por qué al que recuerda quién le hizo daño se le denosta como “rencoroso”?
¿Acaso lo noble es exponernos al sufrimiento?
De
ahí que me reafirme en que noperdono a los miserables niolvido
sus afrentas.
Lo
imperdonable sería no agradecerte eso que tú me das, amable leyente. GRACIAS
INOLVIDABLES. Nos dedico «Eso que tú me das», tema del
inmortal Pau
Donés y su banda Jarabe de
Palo.
Escribir ficción literaria me ayuda a
inmortalizar la realidad sentida.
En mis fabulaciones vivirán por
siempre mis evocaciones, esas experiencias que sustentan tanto mis relatos, como
las “brevelas” o novelas. Independientemente del tiempo narrativo de mis cuentos
o de la condición de sus personajes, hay un eco de lo sentido en todo lo que
ficciono.
Eso sí: no entiendo el eco como una
mera repetición de un estímulo original, sino que como una variación que muchas
veces enriquece –y ocasionalmente mejora– su fuente primaria. Ahí está la
belleza de la sonoridad que ciertas palabras comunes alcanzan en algunas voces
extraordinarias, la energía que los estribillos confieren a las canciones o la
calma que trasmite un latido pausado.
Mi corazón no es pausado, pero sí
delator de mis sentimientos. Mi ficción literaria no es serena, pero sí
relatora de mis sensaciones. Al hilvanar ficciones creativas con evocaciones
recreativas siento que estoy creando vida. De ahí que me sienta vivo al fabular
ficciones donde trato a los personajes como personas. He llorado al ver que mi “yo
creador” les daba muerte. Me he acostado con incertidumbre sobre cuál sería el
futuro que les depararía “mi inconsciente escribiente”.
Al igual que me ocurre con las
personas que he amado, me resisto a condenar al olvido a los personajes que he
fabulado.
Mientras
escribo esta enninación, mi buen
amigo Antón está luchando por su
vida. Siento que una forma de mantenerlo vivo es seguir haciendo eco ocasional
de él en mis personajes. Desde mi experiencia creo que sólo el silencio nos
conduce a la muerte total en el olvido.
Etorri zenuela jakin gabe, ekaitza
harrapatu zaitu. Bizi naizen bitartean, bai bizi gara, adiskide.