No
sé cuándo convertí a Nino Ortea en mi amigo invisible, pero creo que fue en
algún momento de mis primeros años de (de)formación escolar básica.
Por
entonces no tenía sueños creativos y mi ilusión era sobrellevar las duras horas
de escuela: un alumno que no hace lo que se le impone, será siempre tachado de
“problemático” y “rebelde”; un niño que no juega el fútbol ni encuentra un
juego en violentar a los compañeros más débiles, es un “marica”, un “raro”…
Imagino
que Nino Ortea nació en alguna de esas horas que me pasé encerrado sin luz en
el sótano situado bajo el despacho del director del Colegio Público Jovellanos.
Imagino
que Nino Ortea empezó a caminar a mi lado cada vez que me alejaba de quienes me
castigaban, insultaban o escupían por no intentar ser como ellos querían imponerme que fuera.
Ser Nino Ortea, fue y es mi ejercicio de libertad. Gracias por acompañarme en este paseo, atentoLector.
Ser Nino Ortea, fue y es mi ejercicio de libertad. Gracias por acompañarme en este paseo, atentoLector.
