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martes, 8 de mayo de 2018

No bromeo con las cosas del comer

No bromeo con las cosas del comer ni con las del querer, por lo que no bromeaba hace unos días cuando escribí que nunca quise ser escritor.
De niño no me gustaba escribir. Los maestros de mi escuela, y me temo que los de casi todas, entendían la escritura como un aprendizaje basado en copiar textos.
Interior de cuaderno de escritura "Rubio"

Mi trastorno por déficit de atención siempre ha condicionado mi interacción social; y ese “siempre” nunca ha sido tan sempiterno como en el averno escolar: donde me endemoniaba el ser tildado de “atontado”, cuando la tilde de mi hiato recaía en mi acentuado despiste. A esta atención distraída se une mi natural rechazo al “ordena y mando”; por lo que no me cuesta admitir que hubo, hay y habrá veces en las que no es que esté en la inopia, es que no me da la gana de obedecer a desgana.
También debo reconocer que de niño me dolía mucho al no sentirme integrado, por lo que fue en esa época cuando más intenté amoldarme a lo que se esperaba de mí. Pese a que fue en esos años de escuela cuando más azucé con espuela mi atención, solía cruzar rezagado las metas educativas: me costaba copiar la literalidad de un texto sin cometer algún que otro despiste. Despiste que era interpretado por los docentes como una muestra indecente de mi desatención a sus órdenes. Por lo que me castigaban a copiar de manera repetida una frase o un párrafo. A mayor número de copias, mayor número de fallos por mi parte. Por lo que ese castigo escolar se convertía en familiar, dado que tanto mi madre como mi hermana acababan teniendo que repasar mis copias a fin de indicarme dónde aparecían nuevas faltas, para así intentar poner fin a esa redoma eterna que me convertía en un multicopista errático.

Y es que a mi aversión por lo monótono se une mi repulsión por lo absurdo; y de niño pocas cosas me parecían más absurdas que las normas gramaticales.
Yo copiaba repitiéndome en voz alta la frase a fusilar, lo que siempre conllevaba variaciones en aquellas repeticiones –de siempre he sido partidario de escribir las palabras como ellas suenan y no como otros las dicen. Pero en mis años de copiador eran otros los que mandaban en lo que escribía, y a su prejuicio amanerado lo que les entregaba era un amasijo de jeroglíficos, por lo que no tardaban en mandarme castigado a cualquier esquina del aula por mi escritura analfabeta del alfabeto. Tengo que admitir que una de mis primeras claudicaciones ante las leyes sociales se produjo frente a las normas gramaticales, que aprendí a destiempo y aplico a desgana. La cobardía, que no el convencimiento, explica que a día de hoy escriba con un estilo arcaizante.
Bueno, otra razón está en  mi eterna inapetencia por las corrientes y los vulgares. Pero esa desgana no se convirtió en virulenta hasta mis años de instituto; y sobre eso ya me enninaré en otro momento.
Gracias por la atención que dedicas a este despistado, amigaLectora.

jueves, 26 de abril de 2018

Este jueves: Encuentro literario juevero

Esta semana es la compañera Lucia M.Escribano quien coordina el encuentro juevero desde su blog Sintiendo en la piel.... Su propuesta es tan sugerente como inspiradora: la Literatura.
Para leer los textos inspirados de mis compañeros, sólo tienes que pulsar en el vínculo que aparece debajo:


Gracias por tu compañía, atentoLector.



Nunca quise ser escritor.
No fui de esos niños precoces que compiten veloces en las redacciones escolares. Me disgustaba lo que los profesores llamaban “escribir” y yo vivía como “copiar”: unas veces del libro, otras del encerado. Pero, si me pillaban aplicando lo aprendido y dedicándome a copiar en los exámenes, no me recompensaban por alumno aplicado: me penaban a copiar varias veces un castigo. Sin saltarme nada. Sin variar nada. Buscaban saturarme con líneas repetidas, para que así aborreciera la idea de escribir, de pensar, de expresarme…

Quizá la exteriorización más evidente del proceso de despersonalización que cimienta el proceso formativo es su constante recurso a la copia. Nada de pensar, razonar o crear.
¡Copiar!
¡Copiar!
¡Copiar!
Ambicionan convertir a los alumnos en copias impersonalizadas, en pasantes que entreguen sus balances a tiempo, en escribanos que calcan sus días siguiendo la pauta marcada…

¿Cómo iba a querer ser escritor yo, que siempre escribí a renglón torcido?
Para los profesores estaba claro que el párvulo MJOS no llegaría a nada, que mi vida sería una oración simple y corta, llena de faltas de ortografía.
Pero, si se equivocó la paloma de Rafael Alberti, ¿cómo no se iban a equivocar esos buitres?
Por ir al norte fui al sur, de MJOS a Nino. Emprendí vuelo de la mano de Libertad. Ella hace de su corazón mi casa. Me deja enredar entre su blusa o su falda. Me inspira para que en la oscuridad de la noche entrevea la luz de la mañana.
Lo que no hago como

MJOS
lo fabulo como Nino. Cuando la Realidad me sitúa entre el clavel y la espada, prendo el clavel con la boca y cambio la espada por una pluma. Escribo. Lucho. Ensueño. Vivo. Resisto.

No se equivocaron los “apalominados” que me ridiculizaban asegurando que tenía la cabeza a pájaros. Pero, no repararon en que también mi ánimo tiene alas. De ahí que emprenda vuelos junto a palomas equivocadas. De ahí que este verso suelto escriba como vive, y ensueñe como siente. ¡Y me siento de fábula escribiendo!
Siempre quise ser fabulador, pero ensoñarse como escritor está mejor visto.
Gracias por acompañarme, atentoLector.

Se equivocó la paloma
¿Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.)

“Se equivocó la paloma”. Poema de Rafael Alberti. Recogido en su poemario «Entre el clavel y la espada» (1941)

domingo, 5 de noviembre de 2017

No sé cuándo convertí a Nino Ortea en mi amigo invisible

No sé cuándo convertí a Nino Ortea en mi amigo invisible, pero creo que fue en algún momento de mis primeros años de (de)formación escolar básica.



Por entonces no tenía sueños creativos y mi ilusión era sobrellevar las duras horas de escuela: un alumno que no hace lo que se le impone, será siempre tachado de “problemático” y “rebelde”; un niño que no juega el fútbol ni encuentra un juego en violentar a los compañeros más débiles, es un “marica”, un “raro”…

Imagino que Nino Ortea nació en alguna de esas horas que me pasé encerrado sin luz en el sótano situado bajo el despacho del director del Colegio Público Jovellanos.


Imagino que Nino Ortea empezó a caminar a mi lado cada vez que me alejaba de quienes me castigaban, insultaban o escupían por no intentar ser como ellos querían imponerme que fuera.

Ser Nino Ortea, fue y es mi ejercicio de libertad. Gracias por acompañarme en este paseo, atentoLector.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Ver y contar



Me encanta ver películas y luego contarlas a mi manera. Desde hace casi cuarenta años años escribo reseñas cinematográficas en viejos dietarios personales, hace poco he empezado el diario cincuenta y dos. No escribo sobre todas las películas que veo, ni concluyo todas las reseñas que empiezo: hay obras sobre las que he escrito tres o más veces; mientras que otras nunca me han llevado a anotar mis impresiones, pese a haberlas disfrutado varias veces. No sé muy bien qué es lo que me lleva a escribir sobre ellas, pero creo que más que motivarme su valía cinematográfica, me activa la conexión entre la historia de la película y mi momento personal.

Mis reseñas son anárquicas en estructura y caprichosas en contenido: unas ocupan apenas diez líneas, otras se desarrollan en varias páginas; la mayoría están conformadas por mis impresiones como espectador, un pequeño número presentan un análisis crítico detallado. Creo que en conjunto estos dietarios configuran mis memorias selectivas desde el 11 de noviembre de 1977, ya que mis escritos contienen más impresiones que reflexiones fílmicas.
Cuando veo una película alcanzo un alto grado de abstracción que me ayuda a alejarme del aburrimiento de la monotonía rutinaria. No confundo mis recuerdos con lo narrado en las escenas de las películas que disfruto –o, al menos, no lo hago de manera consciente–, pero sí que son muchas las evocaciones personales que van acompañadas de fotogramas fílmicos.

Apenas recuerdo mis sueños nocturnos, pero cuando lo hago éstos suelen presentarse como proyecciones en las que me veo como espectador. En mis ensoñaciones diarias, muchas veces me entretengo prolongando las escenas cotidianas con “contenidos extras” que les fantaseo para evitar sentirlas como monótonas. Soy consciente de que mis evocaciones tienen mucho de falsos recuerdos; pero soy fiel admirador de la Belleza, no de la Realidad.
Me gusta contar películas, pero evito el montármelas. Me gusta recordar como un humano, no como una cámara fija. Este androide no sueña con ovejas eléctricas, sino que con gatitas ronroneantes.

Cartel de la película Fritz the Cat (1972) de Ralph Bakshi


jueves, 11 de agosto de 2016

Mi pertinaz asimetría efervescente

Por mucho que me guste embellecer el trastorno de déficit de atención que sufro y recurra a llamarlo “capricho”, soy consciente de que mi comportamiento tiene mucho de gravamen y poco de antojo.

No recuerdo cuándo me vi obligado a autoimponerme un orden cotidiano que me sacara de mi pertinaz asimetría efervescente. Imagino que fue en algún momento entre los cinco y seis años, a lo largo del curso de párvulos: quizá todo empezó en alguna de esas mañanas en las que se nos mandaba colocarnos por orden alfabético antes de entrar en clase y yo solía alejarme de la formación para acercarme a cualquier cosa que me llamara la atención.

Castigos físicos, humillaciones públicas, intentos de convencer a mis padres de que era un “retrasado” y debían sacarme de esa escuela para ingresarme en un centro especial… el personal docente del Colegio Nacional Jovellanos recurrió a métodos atropelladores en su fogosidad por enderezarme. Según fui aprobando cada curso, fue evolucionando el grado de descalificación personal que sufría. Pasé de ser señalado como “despistado” a ser vituperado por “vagoneta”; y al dejar de vestir pantalones cortos para ir al colegio, comenzaron a largarme del aula y a lanzarme nuevos tipos de agravios, entre los que no faltó el dejar en el aire mi condición incipiente de “drogadicto”, adicción que explicaría mi condición de “alelado” en clase.

Recordándolo ahora, lo más triste de ese abuso docente fue que no era un niño violento o problemático, pero el hacer las cosas de manera diferente a cómo se me ordenaba –debido a mi estado de despiste– y la seguridad que mostraba frente a sus desprecios –al saberme querido por mis padres– hicieron que mis profesores me denostaran como un alumno rebelde.

Por otro lado hay un factor sociopolítico muy determinante para lo que ocurrió: mi etapa escolar transcurrió durante los últimos años de la dictadura franquista y el arranque de la Democracia en España, en una etapa (de 1970 a 1979) en la que a los colegios “públicos” aún eran acreditados como “nacionales”, y el personal docente de la escuela a la que asistía estaba conformado en su mayoría por maestros de edad avanzada o de mentalidad retrógrada. De ahí que imagine que haberles pedido a esos intolerantes que no discriminaran a los “diferentes” habría sido pedirles demasiado.

Para cuando empecé el instituto ya era demasiado tarde para que dejara de asociar todo proceso formativo impuesto con un intento de deformar mi individualidad: pese a la juventud de la mayoría de los profesores y a la fascinación que exhalaban mis compañeras, el miedo a pasarlo mal me volvió cobarde y decidí seguir al abrigo de mi laberinto emocional, lo que llevó a que afianzara una personalidad solitaria.

Luego vinieron los años universitarios; época en la que me atrincheré, en pliegues de piel sudada, de las ofensivas de una Realidad que temía que no tardaría en aniquilar mi individualidad.

La lucha sigue pese a las pérdidas y a las derrotas. Hoy hace doce años que falleció mi madre. Recuerdo con emoción cómo se encaminó hasta el Jovellanos con mi tarjeta de Selectividad para “metérsela por las narices” al director del colegio que había avalado la conveniencia de que dejara de estudiar y de que aprendiera un oficio.




Mi lucha es la misma en la que combatió mi madre: es la lucha eterna, desde que el ambicioso Caín mató al idealista Abel, por demostrar la valía de todos aquellos a quienes los mezquinos marginan por “inútiles”.

La que cuento es mi Historia, las que fabulo son nuestras historias: las de quienes ambicionamos felicidad y no poder. Mientras tenga voz, hablaré; mientras tenga voluntad, escribiré.

En la vida soy Nino, ante el teclado soy Nino Ortea. Frente a los miserables, no tengo pena ni olvido.

Tu atención al leerme compensa mi distracción y estimula mi ánimo.
Gracias, atento lector.

Nino

domingo, 22 de marzo de 2015

El lápiz pesa mucho

En un reciente comentario post en su blog, Rusaca, Carmen colgaba un interesante artículo sobre el TDAH. Su lectura me ha llevado a escribir este recuerdo remodelado por la memoria consciente.



En segundo de EGB, con unos siete años, ya era un estudiante sin futuro en la vida; al menos a los ojos cegatos de mis profesores pazguatos en el Colegio Público Jovellanos, de Gijón. La que fabulo a continuación –pues lo que cuento son recuerdos y, como tales, menos amargos que las experiencias que los causaron– es una de las muchas maldades que sufrí a manos de aquella panda de resentidos.


“El lápiz pesa mucho”; ésta fue la primera excusa que se me ocurrió para justificar mi negativa a escribir en clase. Don Alejandro, mi cazurro profesor en segundo curso, me resultaba muy aburrido; por lo que aprovechando el refugio en las últimas mesas del aula que me daba mi apellido, dedicaba las horas del colegio a ensoñarme fuera de sus paredes. Me sentaba con la intención de estar atento, pero la tentación de estar en la inopia era más sugestiva que la de permanecer en clase.


El señor profesor no necesitó ser inteligente ni listo, para darse cuenta de mi desatención a sus explicaciones; ya que mi falta de participación en el aula delataba el desinterés que me dominaba. La solución que encontró el egregio educador a fin de motivarme fue sentarme en una mesa al lado de la suya; sitio del que me obligaba a levantarme cada vez que me pillaba emigrado en la inopia, para castigarme a estar de pie en una esquina, mirando de frente al resto de alumnos.



Recuerdo que durante los últimos días de septiembre y, quizá, primeros de octubre, intenté atender a su monserga y hacer los ejercicios que nos mandaba. Pero no tardaba en cansarme de tanta repetición –si ya sabía hacerlo, no entendía el repetirlo innumerables veces– y de sus comentarios despectivos hacia los asturianos –siempre decía que en Asturias hablábamos muy mal y que confiaba que gracias a él aprendiéramos a expresarnos como “castellanos”–. Mi respuesta fue sencilla, dejé de atender y escribir en clase.



No sé el tiempo que me permitió esa actitud desatenta, imagino que durante un par de días; el caso es que una mañana me mandó acompañarlo a “dirección”, donde encontré a mi madre. Allí de pie, frente al acémila del director y junto al cetrino de mi profesor, la luz de mi madre me atraía como si su encanto natural fuera magnetismo para mi “ninismo”. Ya a su lado, tras no prestar atención a lo que de mí decían aquellos espantajos, escuché a mamá preguntarme muy seria:

–¿Pero Nino, por qué no escribes cuando te lo manda tu profesor?

A lo que contesté que me pesaba el lápiz. 

Mi respuesta fue ridiculizada por aquellos dos hombres, muy bravos ellos frente a una mujer y su hijo. Mi madre les habló en tono serio para asegurarles que haría todo lo posible para que mi conducta escolar empezara a cambiar. Decidió que yo no volvería a clase por lo que quedaba de mañana y me cogió de la mano para ir juntos a un parque cercano.


Allí sentados, pasamos el rato que faltaba para ir a buscar a mi hermana a la salida del colegio. En algún momento de la espera, mamá me preguntó qué me llevaba a tener esa actitud en clase, comportamiento que hacía que me tomaran por tonto cuando ella sabía que yo era “muy listo”. Con el lenguaje de un niño de siete años, le intenté explicar mi dificultad para realizar ejercicios de repetición, pues al copiar varias veces lo mismo terminaba embarullando entre las palabras. Acababa los deberes de cualquier forma o los dejaba incompletos. El profe, al enterarse, me reñía y solía castigarme al considerar que mentía al explicarle lo que me pasaba. Lo mismo ocurría cuando preguntaba sobre cosas explicadas a viva voz, normalmente mi atención se había quedado dormida en alguna de sus palabras y no sabía qué decir.

Como intuía que hiciera lo que hiciera terminaría igualmente castigado, había decidido no prestar atención en clase y confiar en que el esconderme de su vista me volvería invisible a sus reprimendas. Recuerdo que, para mi sorpresa, mi madre no me regañó tras escucharme.



Aquella tarde, tras volver del colegio, mamá se sentó a mi lado en la mesa del salón. Me preguntó qué deberes tenía, creo recordar que eran una serie de actividades del “cuaderno rubio” correspondiente. Ella me aconsejó que no pensara en todo lo que tenía pendiente, sino que lo dividiera en partes. Yo debía centrar toda mi atención durante el tiempo que me llevara hacer esa parte; y luego podía tomarme unos minutos de descanso. Me sugirió que en el colegio intentara alternar los ratos de concentración con otros que me permitieran distraerme: como levantarme a tajar, buscar algo en la mochila o ver las ilustraciones de los cuadernos. 

Respecto a mi problema de atención a las explicaciones, me dijo que no tenía que escucharlo todo, que cuando el profesor repitiera conceptos o comentara anécdotas, no necesitaba concentrarme, bastaba con que mantuviera la mirada orientada hacia el profesor y el oído atento a sus órdenes.


Aquella fue la primera vez que mi madre intentó ayudarme a superar mi problema de TDAH.

lunes, 18 de enero de 2010

Albert Camus et moi (Je suis Nino) 2/3

Corría el año 1985 –pongamos que finales de octubre–, cuando en los pasillos de la universidad vi una convocatoria para formar un grupo de teatro. No tenía ninguna vocación escénica, ni el género me gustaba como lector o espectador. Pero –llevado por el desmedido aburrimiento que mi segundo año universitario ya provocaba en mí– decidí asistir a la convocatoria, donde quizás encontraría té y compañía.

Sería injusto culpar a otros de mi falta de entusiasmo estudiantil; pues la razón por la que había optado por cursar esa titulación era del todo espuria.











Pese a que el director que fue del Colegio Público Jovellanos, Don Rufino, desaconsejó que siguiera estudiando, asistí al Instituto Jovellanos –como veis, mi falta de originalidad es compartida por los prohombres de mi ciudad a la hora de bautizar centros– donde en la primera evaluación cateé 8 asignaturas, y la tutora citó a mis padres para aconsejarles que me mandaran a un centro de educación especial.

Mi padre necesitó de toda su fuerza para que mi madre no desdentara a aquella simple. A partir de ahí, me esperó un vía crucis de asignaturas pendientes, expulsiones temporales del centro y la repetición de 3º de B.U.P. Hasta que, al ver que mis padres persistían en lo de que tuviera una educación, decidí estudiar otra manera de salir de allí.

Sorprendentemente, avanzaba septiembre de 1984 y me encontraba con una nota media que me permitía matricularme en cualquier carrera –sic transit gloria mundi–. Pese a lo avanzado de la fecha, este indecente seguía soltero y entero en lo docente. .

Yo quería estudiar periodismo en Madrid, pero mis padres temían que acabaría apareciendo en una peli del incipiente Almodóvar; así que no pude bailar esa canción en los bailes de Marte.

Mi madre soñaba con que preparara Derecho. Mi padre, Económicas –pese a que había cursado Letras Puras–. Y yo pedía información a la embajada de Canadá, para irme a vivir allí y no hacer la mili.

Una mañana, caminando cum mia mâter por la ahora desmoronada calle Los Moros, nos encontramos con una amiga suya. Elena le comentó su preocupación ante mi resistencia a seguir estudiando, y la señora le dijo que su hija estaba haciendo algo llamado Filología –yo ni siquiera sabía que eso existía–; y que además, como la mayoría del alumnado eran chicas, el ambiente era muy agradable.

¿Chicas? ¡Filología, allá voy! ¡Mami, quiero ser filólogo!








Mi primer año de carrera fue tan satisfactorio que, al finalizarlo, mis padres me ofrecieron ir a estudiar Periodismo a Madrid. De aquella, ya ni me planteaba ser reportero: ¡Quería ser maharajá en aquél janah de huríes en que se habían convertido los aledaños a la Plaza de Feijoo! Así que mi respuesta fue algo así como: “¿Ir a Madrid? ¿Allí donde los pájaros visitan al psiquiatra y las estrellas se olvidan de salir? ¡Si voy, enloquezco!”

Además, yo no quería estudiar. Pero no me atrevía a dar ese disgusto a mis padres, ni brindarle una excusa a mi madre para desenterrar su zapatilla de guerra. Y, dado que al estar matriculado se me concedía la prórroga militar, decidí sacrificarme y seguir filologeando.

Pero bueno, no estoy aquí para hablar de mi vida; si no de mi relación con Albert.




domingo, 17 de agosto de 2008

Pan, Trabajo y Libertad

Domingo, 17 de agosto de 2008.
Sobre las 4 de la tarde, me pongo a a ojear la prensa dominical.

Atraído por una maquetación que rinde un guiño en su portada a lo mejor del cartelismo soviético, opto por comenzar mi lectura con el diario Público. Y, huyendo de las hojas deportivas, lo ojeo de adelante a atrás.
Llego a la página 20. ÁNGEL MUNÁRRIZ y Mª JOSÉ DURÁN firman el reportaje ”El mito más incomodo de la izquierda andaluza, en el olvido”.
En él cuentan el triste destino de Javier Verdejo.
Joven que en el amanecer del 14 de agosto de 1976, murió mientras era perseguido por un miembro de la Guardia Civil. Su delito había sido intentar escribir en un muro el lema “Pan, Trabajo y Libertad”.
La aparición de los agentes armados interrumpió al joven y sus compañeros en su pintada, a la altura de la “T” de “Trabajo”.
Una bala, disparada tras un tropezón fortuito, segó su vida a los 19 años.

La Justicia aceptó la versión policial.
Su familia lo enterró en silencio.
Sus correligionarios lo olvidaron.
La sociedad andaluza lo ignoró.
El muro donde hizo la pintada fue derribado.
En su lugar se alza una urbanización de lujo.

Javier Verdejo tenía 19 años.

La lectura del artículo me llevó al pasado.

A mis 10 años recién estrenados.
Al jueves 20 de noviembre de 1975 en que murió el dictador Francisco Franco.
A la mañana de ese día en la que mis papis no nos levantaron a mi hermana ni a mí para ir al cole.
Al ruego de mis padres de que no exteriorizara mi alegría al enterarme de que, por unos días, no tendría que ir a clase.
A mi extrañeza por que hubiera tele por la mañana y no echaran dibujos.
Al silencio de unas calles vacías, sólo roto por el flamear de banderas que lucían crespones negros. Luego sabría que las calles estaban vacías por que todo el mundo estaba festejando la muerte del dictador.
A mi madelman explorador ártico, al que le había puesto un brazalete negro, con el que jugaba en Los Jardines de la Reina bajo la mirada protectora de mi madre.
A las interminables colas de gente que nunca existió en un lugar al que nunca acudieron. No iban a darle “un último adiós” si no a “asegurarse de que estaba muerto” comentaron años después.
A la lectura, a la luz de la calle que entraba por un ventanal, de un tebeo de El sheriff King, que me acompañó mientras a mi madre la peinaban a la luz de una velas en una peluquería. No sólo yo no tenía que ir a clase. Los mayores no podían trabajar. Tenían que estar tristes y pensativos.
A mi vuelta al cole, donde me esperaba un cartel con las últimas palabras del Caudillo. Fueron sus últimas palabras, pero también largas. El cartel decoró las paredes del centro años.
A seguir cuadrándonos para rezar hasta que tras el octavo curso, comencé un primero. Nunca entendí la numeración. Nunca se me dieron bien las Mates.
A profesores trasnochados que nos obligaban a cantar el “Cara al sol”, y te calentaban la cara si alzabas la mano equivocada.
A un colegio público, Jovellanos de Gijón, donde la clase de gimnasia consistía en correr por la calle.
A la llegada de la heroína que atrapó a algunos compañeros mientras yo estaba enganchado al regaliz rojo con peta zetas. Teníamos 13 años.

¿Cuáles serían hoy los recuerdos de Javier Verdejo?
Por desgracia, una bala traidora borró su voz, pero no su memoria.

Pedía pan, trabajo y libertad.
Tenía 19 años.
Murió de un disparo en la espalda.
Nino Ortea. Gijón, 17-VIII-08

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