Ahora
que he acabado de escribir mi novela parisina, no me apetece desvirtuarla,
quitarle esas imperfecciones y amaneramientos de los que tanto disfruto al
leerme.
Quizá
el mío sea definitivamente un caso clínico, pero –como Nino– no quiero
aplicarle mi cordura al escribir enloquecido de Nino Ortea. Él fabula desde
siempre, y yo me niego desde ahora a censurar sus textos de acuerdo con unas
normas que sólo considero válidas para escribanos públicos: y lo que él “ninea”
no son escrituras de propiedad, sino fantasías a compartir. La fuerza del
escribir “ninorteano” no está en su habilidad para imaginar historias
fantásticas, sino en su capricho expresionista. No es lo que cuenta, es cómo lo
cuenta lo que hace de su hablar o escribir una voz diferenciada, que no
acertada. Pues si mi heterónimo escritor fuera un “acertador”, hace tiempo que él
sería millonario en ilusiones y yo en dinero de las apuestas.
Al
igual que mi personaje de Nino Ortea, no busco ser una persona normal, lo que
ambiciono es ser un hombre feliz. Y aunque soy feliz cuando él escribe, lo soy
más cuando lo leo y mi mente reescribe lo que él cuenta. Desconozco si mi
deducción es deductiva o inductiva, pero si en mi vivir soy incorregible,
encuentro lógico no corregir su escribir. Así que, de momento, su novela
afrancesada se queda sin abril, a espera de yo que discurra cómo aprovechar el texto sin escurrirlo de
su esencia “ninorteana”.
Imagen de la película "Casablanca"
Siempre
nos quedará París, mon cherie, para
volver a callejear por sus ruelles
cuando mis ademanes no vayan de gris y tu ilusión vista de azul, Sidonie.