Escribo
por urgencia o por curiosidad, sentimientos muy propios y que me llevan a
necesitar hurgar en mis evocaciones e impresiones.
Escribo
sin que me plantee que otros lleguen a leer mis palabras, lo que me azuza es mi
necesidad de leerme.
Escribo
sin tener en cuenta que otros lo están haciendo a la vez que yo, y sin proponerme
leerlos y aprender de ellos antes de publicar mis textos reincidentes en mis obsesiones.
Lo mismo que no coordino mi respiración a la ajena, sino
que respiro por necesidad, al escribir soy incapaz de coordinarme con los
gustos y propuestas de otros, de ahí que no sea capaz de mantener los modos y
maneras de grupos creativos, independientemente de que éstos se reunan los lunes, se citen los
jueves o queden los días lluviosos.
Al
publicar en digital lo que escribo a mano, recibo aprecio y afecto de mis atentos compañeros en
la irrealidad de Internet; sentimientos que apenas me muestran personas de mi
entorno “real”.
A la
mayoría de las personas de mi entorno físico, parece molestarles el que
persista en escribir. No es que no valoren lo que escribo, es que aparentan no
saber que lo hago y parece que les fastidia el que aún disfrute haciéndolo. Toleran
mi necesidad por la escritura, lo mismo que comentan mi debilidad por las pelirrojas
o mi fascinación por las sombras: entre ironías.
Es
curiosa esta realidad paralela que estoy condenado a vivir cuando me veo obligado
a convivir; realidad que parece sacada de la ficción en la que viven mis
personajes.


