En principio, lo de ver desaparecer mis palabras no es algo novedoso; aunque no por ello
deja de ser doloroso el que ni siquiera se lleguen a leer. Todo es efímero
–menos la cuesta de enero que, cada año, dura hasta diciembre- y más en la irrealidad de Internet, donde
nuestra huella digital es tan pretérita como las pisadas de un dinosaurio.
Ineskapable portada del disco "Missing Words", por The Selecter.
¿Dónde resuenan los ecos de nuestras navegaciones por Netscape, los paseos por
Second Life o las conversaciones por Messenger? Al igual que en nuestra vida
tenemos que deshacernos de objetos que ahora son trastos, encuentro lógico que
nuestros ceros y unos en desuso se diluyan en el éter de La Red.
Lo que me está pasando últimamente con los comentarios
que realizo en ciertas ¿noticias? de la edición digital del decano de la prensa
asturiana, es algo propio de magia negra o tinta blanca; pues mis palabras
desaparecen como escritas en zumo de limón en vez de tras estrujarme el melón.
En un principio, no le di importancia a la prestidigitación selectiva de
algunas de mis observaciones, pues la achaqué a la fragilidad y las prisas con
las que suelo acceder a Internet. Hace poco reparé en que estos actos de
birlibirloque sólo ocurrían en un bloque: en el centrado por el digital en
publicitar las actividades corsarias de la hermandad hostelera que asola las
calles de mi barrio.
Alabama 3 - Woke Up This Morning | Belladrum 2023 | BBC ALBA
Me levanté esta mañana y descubrí que el sol que nos estaba siendo tan esquivo había venido a visitarnos. Me puse contento y empcé a cantar olvidando mi mal aliento:
"I'm gonna take you down, deep down to the frontline... (Deep down)"
Como buena mañana norteña, el cielo presentaba sus claroscuros, lo que me permitió salir con una chaqueta por alforja en la que guardar dos pares de gafas –prolectura y antisol–, un botellín con agua, un lápiz y una libreta –por eso de si mi divagar me acercaba a algún parnaso creativo–. Ahora que, pese a mi inmadurez, me encamino a hacerme viejo, suelo salir de casa tan equipado que en vez de irme de paseo parece que me voy a Borneo.
"Woke up this mornin', got yourself a gun. Your mama always said you'd be the chosen one."
Estaba sentado, absorto en mis ensoñaciones, cuando alguien pronunció el nombre por el que figuro asentado en el registro civil. A la tercera citación, me di por aludido y miré al invocador, temiendo que fuera alguno de aquellos señores vestidos de chándal que merodeaban por el parque; y que me estuviera retando a echarle una carrera, por eso de quedar bien ante sus nietos.
Quien me habló era un antiguo compañero de instituto, que se había convertido en turista accidental de su antigua ciudad. La celebración este domingo de un atractivo partido de fútbol lo había atraído a Gijón antes de lo previsto.
Tras haberme recordado quién era (él), se olvidó de preguntarme cómo estaba (yo).
"When you woke up this mornin' and all that love had gone."
Mis tripas empezaron a avisarme de que llegaba el momento de irme a casa, para no tardar en saborear la comida de desenlatada que debía recalentar. Así que rechacé la invitación del aparecido a ir a compartir unas sidras; y, tras desearle un buen día y un mejor regreso a su casa, me despedí sin mostrar intención de saber más de él y de sus treinta años de gloria que aún le quedaban por glosarme.
El desconocido se ofreció a acompañarme un rato, así que opté por tomar el camino de vuelta más corto. Me habló de forma apurada sobre su vida exitosa y de su glamurosa esposa, a la que me presentaría la próxima vez que nos volviéramos a ver. Llegados a mi portal, intentó seguir aireando éxitos, entre los que no estaba el de lograr atrapar mi atención.
"Your papa never told you about right and wrong."
A mi hambre de fiambre se unió la urgencia por ir hogaño al baño –que como ya no soy aquel alumno hirsuto de instituto al que mencionaba el desconocido, mi cuerpo cincuentón encuentra difícil frenar la micción–, así que tras una brusca despedida me fui sin tiempo para aceptar su sugerencia de intercambiar nuestros números de teléfono, que el muy alegre tenía toda la pinta de ser uno de esos hombres felizmente casados que no se cansan de mandarte por WhatsApp, a escondidas de sus esposas, videos de jovencitas gozosas de no estar unidas a él.
No sé por qué me acordé del fallecido James Gandolfini. Más bien de la psiquiatra que oía sin escuchar sus confesiones en la teleserie «Los Soprano». Quizá, al final, la vida sea un sueño; pero hay momentos en los que escuchar la de otros se convierte en pesadilla.
"Yeah, I know you, you just can't help yourself, yeah."
Tal y como escribió John Donne (poeta metafísico inglés de
la época isabelina, 1552-1631): “Ningún hombre es una isla” –“No man
is an island”–.
Pese a mi aislamiento intencionado
del retruécano de la información desinformante, no he podido mantenerme isleño
respecto a la masa continental conformada por el tratamiento mediático dado a
la muerte, homenaje y sepelio de la reina inglesa Isabel II.
Quizá mi asimilación de esa letanía
televisada, ha sido volver a ver en mi copia de «El hombre que pudo reinar» (“TheMan
Who Would Be King”, 1975), mi película favorita de John Huston.
El hombre que pudo reinar | 50 películas que deberías ver
antes de morir | TCM
En ella se adapta el cuento
homónimo que Rudyard Kipling había
escrito casi un siglo antes. Michael
Caine y Sean Connery interpretan
a dos timadores, alistados en el ejército imperial británico que ocupa la
India. Ambos, impulsados por la ambición desmedida que nace del hartazgo vital,
emprenden una aventura insensata: la de conquistar un legendario reino al norte
de la India. La música del azar permite a los dos pícaros bailar con suerte la
danza de la vida y la muerte.
Uno de ellos está a punto de
verse coronado rey del baile vital hasta que la música deja de sonar y
comienzan a oírse los gritos de dolor.
Ambicionar ser rey conlleva la
locura de ver como siervos a tus iguales. Y cuando la locura lleva corona,
ruedan cabezas…
Aunque el cuerdo de Carlos III ya es rey del Reino Unido,
aún no ha sido coronado. Imagino que conoce tanto el relato de Kipling como la película de Huston. Puede que, sabedor de lo soberanamente
azaroso de la condición de monarca, su mayor pesadilla sea que le ocurra lo que
al personaje encarnado por Sean Connery;
y su pueblo descubra que la sangre regia es tan roja como la real.
Este jueves es el compañero Juan Carlos Celorio quien nos convoca
en su blog ¿Y qué te cuento? para intercambiar emociones, creencias y
deseos presentados como “posverdades”.
Pinchando en este enlace
accederás a los relatos de mis compañeros, atentoLector.
Ninoskito lee la interesante propuesta de Juan Carlos. De todo lo escrito se
queda con una frase: “que algo
aparente ser verdad es más importante que la propia verdad”.
–Pos’verdad que Juancar tiene razón. Las “aparientas” engañan. ¡Mi última aparentada me engañó
hasta con el butanero! Y eso que ella perjuraba que le gustaban los
intelectuales, no los musculosos. Y pensar que, enloquecido por impresionarla,
abrí un blog, publiqué siete libros y compré gafas de pasta… ¡Cuando en lo que tenía
que haberme gastado la pasta era en ir al gimnasio!
Antes
de colocarse otro par de calcetines en la entrepierna, observa su reflejo en el
espejo:
–Bueno, no estoy tan mal, si me miras de
lejos. Además, ellas siempre me aseguran que “el tamaño no importa”. Y lo dicen
riendo, así que les debe de alegrar mi calibre.
Tal entelequia
ninoskera no es una posverdad de ésas,
sino un juicio verdadero; uno de ésos que profiere sin maldad media humanidad,
y que la otra mitad escucha entre risitas burlonas. Él pertenece a la extendida
media masculina que, sin saber lo que mide un palmo, asegura que alcanza los 20
centímetros; tamaño que, desde su época de fumador, Ninoskito calcula que debe de ser similar al de un
mechero “mini Bic”.
Desde
que el humo no ciega sus ojos, este fabulador puede haber perdido la chispa,
pero no el chispero. Como Ninoskito no
es ningún cínico, no sale cada día con un farol buscando un hombre; lo hace con
un encendedor algunas noches, en busca de alguna gatita que empiece por
quitarle el hipo y acabe por arañarle el corazón.
De
la que empuña el “mini Bic”, aprecia una diferencia entre los tamaños
referenciados. Tiene claro que el mechero no puede haberse dilatado por su
fuego, así que se plantea el ir al costurero a por el centímetro y salir de una
vez de dudas; pero se frena pensando en que es noviembre, y el frío no ayuda a
que su “nini yo” se amplíe.
A la
vuelta, si como siempre regresa solo, pensará qué puede fabular para este
jueves.350
Ayer
por la mañana, el sol que nos está siendo tan esquivo este verano vino a
visitarnos, quizá para unirse a la polvoreada celebración de la patrona de nuestra
ciudad.
Como
buena mañana norteña, el cielo presentaba sus claro-obscuros, lo que me
permitió salir con una chaqueta por alforja en la que guardar dos pares de
gafas –pro lectura y anti sol–, un botellín con agua, un lápiz y una libreta
–por eso de si mi divagar me acercaba a algún parnaso creativo–. Ahora que,
pese a mi inmadurez, me encamino a hacerme viejo, suelo salir de casa tan
equipado que en vez de irme de paseo parece que me voy a Borneo.
Estaba
sentado, absorto en mis ensoñaciones, cuando alguien pronunció el nombre por el
que me asentaron en el registro civil. A la tercera citación, me di por aludido
y miré a mi invocador, temiendo que fuera alguno de aquellos señores vestidos
de chándal que merodeaban por el parque, y que me retaba a echarle una carrera por
eso de quedar bien ante sus nietos.
Quien
me habló era un antiguo compañero de instituto, el cual, al igual que otros
muchos desplazados vitales, se había convertido en turista accidental de su
antigua ciudad durante las fiestas patronales. Tras recordarme quién era, se
olvidó de preguntarme cómo estaba. Mis tripas empezaron a avisarme de que llegaba
el momento de irme a casa, para no tardar en saborear la comida que había
preparado mi padre. Así que rechacé la invitación del aparecido a ir a
compartir unas sidras; y, tras volverlo a declarar bienvenido a nuestra ciudad,
me despedí sin mostrar intención de saber más de él y de sus treinta años de
gloria que aún le quedaban por glosarme.
El
desconocido se ofreció a acompañarme un rato, así que opté por tomar el camino
de vuelta más corto. Me habló de forma apurada sobre su vida exitosa y de su
glamurosa esposa, a la que me presentaría la próxima vez que nos volviéramos a
ver. Llegados a mi portal, intentó seguiraireando logros, entre los que no
estaba el de lograr atrapar mi atención. A mi hambre azuzante se unió la
urgencia por ir al baño –que como ya no soy aquel alumno de instituto al que le
hablaba el desconocido, mi cuerpo cincuentón encuentra difícil frenar la
micción–, así que tras una brusca despedida me fui sin tiempo para aceptar su
sugerencia de intercambiar nuestros números de teléfono, que el muy alegre
tenía toda la pinta de ser uno de esos hombres felizmente casados que no se
cansan de mandarte, a escondidas de sus esposas, por WhatsApp videos de mujeres
gozosas de no estra unidas a él.
Como
aún faltaban unos minutos para la hora acordada, y a mi padre no le gusta que
las cosas ocurran antes de cuando las espera, me senté a hacer tiempo para
subir a comer. No sé por qué me acordé del fallecido James Gandolfini. Más bien de la psiquiatra que oía desganada sus confesiones
en la teleserie «Los Soprano». Quizá, al final, la vida sea un sueño; pero hay
momentos en los que escuchar la de otros se convierte en pesadilla.
No
juzgo un libro por su portada, lo prejuzgo por su título.
Aún
recuerdo cuando me regalaron la novela «La insoportable levedad del ser»,
obra en aquel momento muy en boga, uno de esos libros que está en boca de
todos, pero que a todo el mundo se le cae de las manos.
Agradecí
el regalo con un monosílabo, tras el que añadí la pregunta “¿Estás aún a
tiempo de devolverlo?”. La obsequiante me miró sorprendida, para
a continuación intentar sonsacarme si ya había leído la novela: tal y como la
recuerdo, mi respuesta vino a ser que nunca me interesaría por una historia de
título tan petulante como delator, ya que su mismo autor la definía como
“insoportable”. Para mi sorpresa, la dadivosa se rió al oír mi réplica e ignoró
mis palabras, pues luego de haber exclamado un “¡Cómo eres, Nino!” se
desentendió del libro y me propuso que nos fuéramos a tomar algo.
Antes
de que la noche se hubiera convertido en bruja, yo ya había olvidado en el
rincón de algún bar tanto la novela de moda como mis reparos a encapricharme de
infieles.
Unos
treinta años después, la novela de Milan
Kundera volvió a mi vida, para pasar a formar parte de las vivencias que
ficciono en piel de mis personajes. Esto es lo que me sorprendí escribiendo al
final del capítulo 22 de mi novela «Obligado a convivir»:
Sigo
sin plantearme la lectura de «La insoportable levedad del ser»;
pero me ha llamado la atención el que ******* –una
de las personas que ha tenido el detalle de leer mi fabulación y la gentileza
de escribirme su opinión– me haya comentado que, “comoyo”, ella también admira a Milan Kundera, y que de hecho encuentra
en mi trilogía “una reflexión
existencial sobre las relaciones afectivas” en
la línea de la novela del escritor checo.
Es
evidente que me siento muy agradecido por esta opinión laudatoria con la que ******* me
transmite un profundo aprecio. Pero a la vez no puedo dejar de preguntarme si
bajo el casquete de mi agradecimiento no se encuentra un iceberg de vanidad, al
compararme en él mi comentadora con un autor de gran prestigio intelectual.
Quizá
"el ser" no resulta "insoportable" al alcanzar la titulación de “leve”, sino que al
inflarse de vanagloria.
El que sigue es
un sucedido del que, por los pelos, este calvo ha salido:
Ayer mi enamorada
afirmó que le llamaba la atención lo bien documentadas que estaban películas
como «Gladiator». Mi respuesta, socarrona, fue decirle que sabía que no era una
niñita, pero no pensaba que hubiera vivido en los tiempos de Calígula.
Sabido es que la
ironía no funciona cuando ellas tienen la sartén por el mango, y amenazan con
apretarlo. Así que, antes de que me mandara a dormir a la caseta del perro, le
conté la siguiente anécdota, tristemente verídica.
Hace muchos años,
en una academia cercana, estaba explicando a los alumnos de Graduado Escolar
las teorías ‘heliocéntrica’ y ‘geocéntrica’.
En un momento
dado, les comenté a los chavales la importancia de la Astronomía en culturas
como la egipcia o la romana.
Para mi sorpresa,
una chica de más de 18 años resolvió que no eran teorías tan antiguas. En ese
momento —con «Parque Jurásico II» arrasando en taquillas— me imaginé que me
saldría con alguna milonga sobre los dinosaurios y la prehistoria de nuestro
planeta.
Pues no, la pobre
dijo que no eran tan viejas pues ¡ya había películas hechas por los latinos! La
inocente pensaba que las pelis de romanos las protagonizaban romanos.
Su comentario
provocó risas entre sus compañeros, pero no muchas. Recuerdo que entre sus
adjuntos figuraba un chaval —violado por su padre— que se creía un vampiro, y
al que dejábamos que siguiera la clase desde un anexo en penumbra; un par de
pastilleros con el cerebro borrado por los tripis; y una anulada que ante
cualquier muestra de aprecio, te correspondía ofreciéndote sexo como
compensación por el exfuerzo docente.
No podía evitar
comentaros este sucedido tan desunido. Por alguna razón, el estreno de la
película «Camino», me ha llevado a preguntarme por el paradero de esta alumna
de salud quebradiza, cuyos padres militaban en una secta religiosa y no
tardaron en sacarla del centro.