Uno
empieza el año como empieza un postre: con ganas. Si no lo apuramos hasta el
final no es por desgana de vivirlo ni por desprecio a su valía, lo que nos
frena la ingestión vital es la acumulación de experiencias previas de las que
abusamos en el pasado o que se nos indigestaron.
Para
mi sorpresa, llevo cincuenta años sentado a la mesa y todavía conservo hambre
de experiencias. No voy a falsearme como un comensal exquisito, pero sí que aún
puedo fabularme como un degustador ansioso. Me parece que fue ayer cuando en mi
adolescencia empecé a abandonar todo agasajo que no rezumara azúcar del deseo y
no estuviera salpimentado a mi gusto.
Aunque
sé que mi dieta actual se fundamenta en vivencias de temporada marcadas por el
paso de las estaciones, éstas saben diferente gracias a sus acompañamientos
casuales, que logran realzar el sabor de lo que básicamente es lo mismo desde
que a Eva y Adán los echaron del Edén por mordisquear la manzana.
A mi
regusto por saborear el fruto prohibido para todo aburrido, se une el gusanillo
de mi curiosidad; lo que hace que siempre encuentre apetitoso un entrante de
sonrisas, tentador un crujiente de confidencias y arrebatador un roce con sabor
a caricia. Entrantes que llevan a que me relama de la que anticipo que, a la
hora del postre, nos estaremos pegando un atracón de espasmos confitados en la
miel del deseo.
Empieza
un nuevo año; confío en digerir sin aburrirme lo insípido que ofrezca el menú y
en saborear lo sabroso sin atragantarme. Gracias por hacer mi vida más jugosa
con tu compañía. Gracias por acompañarme en esta mesa ficticia, tu cercanía
convierte el compartir sensaciones en un festín de sentimientos.
¡Bon
appétit, querido lector!
