Impulsado
por el ‘Mr. Hyde’ que anida en mí, no pude evitar volver a leer «El
diablo de la botella y otros cuentos» (Alianza). La maestría del relato
que da título a la antología me llevó de nuevo sumergirme en la magia de Robert Louis Stevenson, un autor
imprescindible para todo lector con corazón.
La
lectura de «El diablo de la botella y otros cuentos» me ha confirmado que
mi instinto vuelve a ser mi mejor guía: seguir autoeditando mis relatos y
novelas conllevaría ratificar mis perennes limitaciones literarias.
Es
una de las grandezas del Arte, que logra efectos insospechados: la (re)lectura
me ha hecho volverme cuerdo y . Fue como aquél día en que, cansado de
exforzarme por entender el «Ulises» de Joyce, cerré el libro. Salí a dar una vuelta y tú me encontraste.
Desde
entonces, ni se me ha ocurrido acabar su lectura. Siguo pensando que algún día
lo leeré, al igual que porfío en algún día volverás a mi encuentro.
Gaby Moreno - "Quizás,
Quizás, Quizás"| LIVE at The Kennedy Center
Quizá sea verdad eso de que no valoramos lo que
tenemos hasta que lo perdemos. O que el paso del tiempo pone las cosas en su
sitio… ¡Quién sabe! Puede que hasta sea cierto lo de que toda espera paciente
tiene su recompensa.
Por desgracia para mi descreído autoengaño, soy de los
que creen que de los dichos a los hechos hay muchos trechos; así que no puedo
evitar ver en el refranero un consuelo de bobos para un mal de muchos.
¿Yo recurrir a máximas? De eso nada, con los problemas
que me dan las que me ignoran a la mínima… ¡antes me pongo un puercoespín como
peluquín!
El caso es que sean o no verdades desnudas, siempre
puede haber uno de esos adverbializados proverbios que, al igual que los
horóscopos de los augures, te pille con el paso cambiado y te haga creer que
vas bien encaminado por el mal camino.
Titular
e imágenes tomados de este artículo de la edición digital del diario “El País”. https://elpais.com/sociedad/2024-05-09/sanidad-quiere-poner-cerco-a-los-tranquilizantes-se-toman-en-exceso-y-se-cronifican.html
Encuentro
preocupante la manera en que hemos dejado que nuestro vivir en sociedad se
asocie a aceptar vivir bajo control. Nada más próximo a una pesadilla
orwelliana que el aceptar que cancelen nuestro pasado –nuestras vivencias–,
bajo la excusa de protegernos del daño que nos produce el recordar esas experiencias,
¿verdad, amable leyente?
En
«1984»,
George Orwell fabulaba sobre la
posibilidad de que se establecieran “ministerios de la Verdad, de la Paz, de la
Abundancia y del Amor”. En 2024, esa distopía es real. “If liberty means anything at all, it means the right to tell people
what they do not want to hear” –escribió George Orwell en su prefacio a «Anninal Farm (Rebelión en la granja)»
–primera novela que leí en inglés en edición no escolar–. Nada más cercano a
una realidad orwelliana que un sistema sanitario público en el que ante
cualquier síntoma de flaqueza ante el tiempo presente te recetan pastillas para
no soñar, como si fuéramos personajes decantados por una canción de JoaquínSabina.
Nos
quieren tontos.
Eso
queda claro desde que entramos en el sistema –la educación nos deforma para
formarnos en el aprendizaje del “prietas las filas”–. Y, para rematar su
control, nos atontan con pastillas, con ansiolíticos para tenernos quietos ante
cualquier inquietud. ¿Cómo puede haber en España un problema de adicción a una
droga medicamentada bajo receta?
Muy
sencillo: cuando te la dan para paliar cualquier mal –incluso una migraña
crónica, como es mi caso–.
Grave
peligro corre quien cuenta lo que tiene en la cabeza a su doctor de cabecera.
Intentará adormecer tu ánimo, no paliar tu dolor. Y si rechazas esa medicación,
te echan del sistema de protección sanitaria. Y lo hacen por tu bien, para ver
si de una puñetera vez aprendes a dejar tu insolencia en casa y haces lo que la
buena doctora te ordena –en mi caso, kafkiano más que orwelliano, la doctorada
respondió a mi actitud reacia a la ingesta diaria de anisolíticos, que el
nuestro no es un país de chichinabo y no debía preocuparme por una adicción a
una medicación pautada, nunca me faltaría la dosis prescrita.
Por
suerte, el aprecio no se administra con pastillas sino que con actos, con
gestos como el que has tenido al leer esta enninación. Podrán quitarnos una
hora por vivir, pero no una hora de vivencias. Nos recetarán pastillas para el
colesterol, pero no para no soñar.
No leas en
mis palabras un alarde de soberbia, sino un burdo texto absurdo.
Al
recuperar el ánimo por lo escrito y reescribirlo con nuevos ánimos, renuevo mi
convencimiento en el valor del autoengaño si no nos hace daño. Al igual que un
ensueño es la visión de algo positivo que nos puede ayudar a mantener el
camino, el “internetearme” frente al mismo espejo, con diferente entrecejo,
mantiene mi despejo y evita mi adormilarme frente a la indolencia propia.
Las
palabras pueden parecer aquí distintas a las que compartíamos cuando veníamos y
enloquecíamos. ¿Te acuerdas? Parece que fue ayer, cuando –en realidad– ha sido
ahora. Eso sí, nuestro ánimo es el mismo: el de que en nuestras oraciones rece
la ausencia a todo rezo o imploración, el de que las activas sean reflejas de
nuestra esperanza y el de que las pasivas sean reflectantes de su iniquidad.
Ahora que
todo vuelve a cambiar para volver a ser lo mismo, me gustaría recordarte que mi
canto a mi mismo lo es también al encanto del “ninismo”. No es cuestión de
sentirse más que nadie, es la respuesta a verse mejor que antes.
Mientras escribía
esta “deliranza”, horneaba un bizcocho con el que deleitar mi panza.
Te ofrecería
una porción, pero eres tan descortés que serías capaz de aceptarla; para luego
criticar su sabor, su tamaño o mi natural tacaño.
Así que a
falta de mi encanto enloquecedor, te dedico este “canto del loco”.
En
mañanas como la de este viernes de nombre otoñal y apellidos veraniegos, siento
escalofríos al recordar ciertos fulgores recientes con los que busqué negar mi
estación de invierno.
Quizás
quería volver a ser ese Mefisto que le vendió su alma a Belcebú a cambio de 58
años de felicidad; y que –cuando Leviatán se presentó a cobrar su deuda– lloró
hasta lograr apagar los fuegos de El Infierno. La sensación de haber burlado al
Diablo tras haberle entregado mi alma de barro, se desvaneció al ver su reflejo
en el fondo de una botella. Me había encontrado. Me miró con ojos sabios, y
viviseccionó mi cuerpo hasta llegar a mi espíritu. Sacó mi luz y le adhirió una
mota de oscuridad. No dijo ninguna palabra. Perdonó mi inconsciencia de creerme
por encima de El Bien y El Mal.
Supongo
que es poco el precio que llevo pagado por ensoñarme inmortal. Otros, mejores
que yo, lo han perdido todo. Yo sólo pierdo ocasionalmente la razón.
Esa
mácula que me ha producido mi gusto por lo desmedido, es visible en diferentes
cicatrices que tatúan mi piel. Mi maldición eterna era mi incapacidad para la
estabilidad, para estarme quieto o saber esperar. Todo me aburría, todos me
cansaban. Me falta la fuerza del interés para luchar por nada o por nadie.
O
eso creía. Hasta que llegó ella; y decidí urdir una burla al Diablo de la
monotonía y embarcarlo en un buque sin retorno rumbo a Mombasa, mientras me
quedo en casa junto a la alegría “jusqu'au bout du hasard”(1).
Quizá
Bob Dylan tenía razón cuando
escribió que los tiempos están cambiando (The Times They Are A-Changin’,
1963).
Basta
con mirar el cielo para corroborar que el tiempo está cambiando: hoy, en el
norte de España brilla el sol y en el sur español graniza.
Si
aprovechamos este sol para salir a la vida exterior, comprobaremos que ésta, efectivamente,
ha cambiado: ha envejecido. En los parques de nuestra niñez deambulan ancianos
y en los patios escolares nuestros abuelos practican yoga. Donde antes correteaba
la vida ahora se esquiva la muerte. Todo un cambio, ¿verdad?
Si
nos acercamos a cualquiera de nuestros mayores, deambulantes o practicantes,
nos confirmará que los tiempos han cambiado y que los de antes eran mejores:
sin achaques de salud y sin ataques de Putin.
Oteados
los cielos y consultados nuestros abuelos, todo indica que Dylan acertó en su aforismo musical. Pero tener la razón en lo que
dices no implica tener acierto en lo que haces: en la vida impera el caos, no
el orden, de ahí que convenga convivirla con un gramito de locura y un quintal
de suerte.
Nunca
me gustó la música del estadounidense Bob
Dylan; y soy demasiado viejo como para cambiar de pellejo.
Una
de mis debilidades es la música de Enrique
Urquijo. Pese a su muerte, cualquiera de sus estribillos me hace sentir más
vivo que toda la discografía de Dylan.
Estímulo que no ha cambiado en los 45 años que llevo escuchando sus canciones.
Va
por ti, amable leyente: gracias por estar ahí. Han pasado casi quince años y tu
compañía en este blog me hace volver a ser el niño que nunca ha dejado de
preguntarse el porqué de las cosas.
Ahora,
amable leyente, que pega tanto hablar de la “inteligencia artificial” y del
"ChatGPT", creo que lo inteligente es apegarnos a lo natural de estar
al tanto de conversar en persona y chatear unos vinos que embriaguen los
caminos para bailar chachachá. O compartir un café, mientras tanteas a un igual
sintiente sobre la posibilidad latente de acabar la velada sin artificios y a
tientas de entenderse por los orificios naturales de la tentación.
Enninación
de imagen: El sueño de la razón produce monstruos, grabado n.º 43 Los
Caprichos (1797-1799) Francisco José
de Goya y Lucientes
Lo
de permitir que lo artificial sea el artífice de nuestro bienestar me suena a
matriz inversa del bienvivir: a subsistir cual ladilla en una pesadilla como la
desvelada en la saga cinematográfica “Matrix”.
Temo que con la “inteligencia artificial” buscan inducirte el daño de tragar otra
píldora del autoengaño de creerte más libre al consumir más. Y la pastilla de
creerte más seguro al estar más controlado. O la tableta para mantenerte a
dieta de lo que a ellos los inquieta: que alimentes tu personalidad.
Aunque
en una sociedad hipermedicada como la nuestra –en la que los supuestamente
encargados de cuidar por nuestro bienestar son los primeros en recetarnos
píldoras para afrontar la realidad–el diagnóstico doctorado sea el de
empastillar nuestra desazón vital, te propongo –afable leyente– la matización
de rechazar las pastillas que dan la razón a los monstruos y naturalizan lo
artificial.
Disfrutar
la vida conlleva vivir sus momentos amargos, afrontar problemas, fallar al
intentar acertar, votar por ilusión, no por miedo….
Entramos
en periodo electoral, es hora de elecciones. Los dueños de la sinrazón invocan
monstruos.
No
los leas a diario ni escuches su telediario. Aléjate de su bestiario y acércate
a tu devocionario: quiérete y quiere a quienes te quieren. No ingieras forzado
la pastilla azul o la roja, infiere lo que se te antoja: aunque sea digerir una
panoja.
No
dejes pasar la tentación atreverte a ser humanamente ignorante. Ten la
inteligencia de soñar.
Lo
siguiente viene a cuento a raíz de un desencuentro surgido tras revisionar
—recostado en los brazos de mi mujer inmadura— «María Antonieta», película
dirigida en 2006 por Sofía Coppola. Acabada
la peli, le propuse que picáramos algo, cuando mi mente estaba en pecar
bastante. Y de ahí vino el problema… de lo dicho, no de lo callado.
Mientras
apuraba el tente en pie, para tumbarme a sus pies, empezamos a hablar de lo
vacía que nos había parecido la obra. En un principio, no quise entrar mucho en
el tema, pues la proyección había sido en su patio de butacas y me temía que el
filme figurara entre los 10 que se llevaría a una isla desierta en lugar de
empaquetarme a mí.
Pero
mi Wendy abrió el ventanal de la opinión crítica… y este Peter Pan entró
alborozado por él, pese a no haberle prestado atención a la película: “Nada, suelto cuatro generalidades
pretenciosas, y pasamos de las palabras a los lechos”.
Puedo
aducir que sólo a un obtuso se la habría ocurrido ver la peli en la pantalla
pudiendo admirarla reflejada en los ojos de ella. Vamos, que si en vez de «MaríaAntonieta», hubiera reproducido «María Estuardo», ¡como que no me
habría enterado!
Embebido
por el deseo, critiqué denodadamente el filme que no había visto: narrativa
caótica, abuso de planificación forzada, diálogos incoherentes… en fin, toda
una serie de generalidades que disimularan mi embriague con el bebedizo de su
aroma.
Ella,
en su reflexión, criticaba detalles estéticos: que si una reina de la época no
haría tal cosa, que si el uso de música pop era anacrónico, que si los
movimientos de cámara le restaban realismo…
¿Realismo?,
podría haber dicho cualquier palabra —incluso esternocleidomastoideo— que yo
habría seguido absorto escuchándola, pero… ¿realismo? A mí, que sostengo que la
Vida es algo sórdido que hay que embellecer, no me vengáis con autenticidad,
¡que me pongo atómico!
Le
propuse veladamente que en lugar de realista, nuestro enfoque para el resto de
la velada fuera costumbrista con retazos naturalistas. Vamos, que retozáramos
con la naturalidad acostumbrada.
Ella,
soberana de sus palabras, guardó silencio y me miró con la picardía con la que
una reina, afrancesada o gijonesa, mira a un bufón del que no sabe si reir su
gracia o decretar su desgracia.
Respecto
a si mi María Antonieta me guillotinó, sólo deciros que esa noche no.
Ya
hace meses, por no escribir años, que sabe que he perdido la cabeza por ella y
que mi corazón sólo encuentra sazón a su lado.
Tanto
el texto como su locución han sido realizados sin ánimo de lucro. Te estaré
agradecido si te haces seguidor de mi canal audiovisual en YouTube y le das a
"me gusta" en el video. La música que suena de fondo es la canción «Hong
Kong Garden» de Siouxsie and TheBanshees.
Éste
no puede ser no más que un texto para un blog. Quisiera que fuera una
declaración de amor a la Imaginación. Si me faltara ella, no voy a morirme;
pero logra que mi soledad se sienta acompañada y por eso siempre sé que la
necesito.
Variación
personificada sobre la letra de la canción «Yolanda», compuesta por Pablo Milanés. (DEP)
Yolanda
- Pablo Milanés (junto a su hija Lynn)
En un intento de poner
freno a lo que ahora siento a raudales, me pongo a escribir a vuelablog.
La nuestra es la
sociedad de lo fácil y lo rápido, en la que incluso los logros deben desvirtuarse
para ser aceptados. La nuestra es una sociedad fascinada por una vulgarización
disfrazada como diversidad; pero pobre de quien no entre por el ojo de la aguja
de lo políticamente correcto: será tratado como un monstruo, perseguido como
una aberración y “cancelado” socialmente. Si Pablo Milanés nos estimuló a ser eternos, ahora Bad Bunny
nos insta a ser ignorantes. Seamos vulgarizantes
y aceptémoslo: es el signo de los tiempos. Comparar las figuras de Milanés y Bunny nos permite figurarnos las diferencias entre esta sociedad y
la de los años 70. Ahora que el futuro me ha alcanzado no puedo evitar
imaginarme un presente mejor, como aquél que anhelaba cuando tarareaba la
canción «Yolanda».
Pese a lo amargo del presente, esa
eternidad a la que cantaba Pablo Milanés
está al alcance de nuestra mano, amable leyente: en el futuro siempre habrá
alguien que nos recordará con aprecio si le trasmitimos esperanza en su
presente.
Gracias por venir y
enloquecer, afable leyente. Gracias por compartir la eterna necesidad de
imaginar un futuro menos áspero para nuestros hijos –de la realidad o de la imaginación–.
Planeo autopublicarla en unos meses;
así que —si no se me va la cabeza a
pájaros— tengo tiempo de sobra para pulir el texto. Quizá la fiscalización de un
nuevo borrador, cuando tengo pendiente afianzar uno previo, pueda parecer una
nueva prueba de que soy un cabeza
loca. De hecho, no recuerdo que nadie me haya definido alguna vez como un tipo
cuerdo.
Sí que me han definido como tenaz,
terco o “cabezota”.
Y lo soy. Por ejemplo: esta “nueva
novela” es en realidad una cabezonería con un proyecto viejo. En ella
rescato los pecios de un naufragio creativo que me resisto a dejar que se hunda
en el océano del olvido. Por alguna razón, se me metió a la cabeza, hace casi tres años, escribir
una “trilogía francesa”. Un proyecto apasionante que me sirvió para descubrir un buen puñado de películas, novelas y tebeos
franceses. Proyecto que mi cabeza no
supo llevar a buen puerto. Pero me resistí a dejarlo varado, y retomé una de
sus tramas para convertirla en la “brevela” «La piel del diablo» –publicada en
la antología «Mirador»–. Los 5 capítulos de esa “brevela” forman parte de los
23 que, por ahora, conforman mi novela destitulada.
Mi novela tendría título de tener yo cabeza.
Normalmente mis proyectos no llevan
título hasta que finalizo su borrador. Entonces es cuando los encabeza un nombre, cuya disponibilidad
compruebo en Internet. Me conformo con que no sea semejante al título de otro
libro publicado recientemente —disfrutando como disfruto de un blog titulado «Ven
y enloquece» (referencia española para una obra antológica de Frederic Brown), encuentro redundante
reconocer mi falta de reparos a la hora de apropiarme de encabezamientos ajenos—. El caso es que se me despistó el comprobar
la disponibilidad del título que había pensado para este borrador recién
acabado, y después de haberlo registrado voy y me doy de cabeza con una novela romántica con un nombre casi similar.
Así que ahora ando rascándome la cabeza a la búsqueda de un nuevo
título.
Y esta búsqueda me trae de cabeza, atentoLector. Disculpa mi testarudez a la hora de no sacármela de la cabezota.
Esta
semana es la compañera Lucia M.Escribano
quien coordina el encuentro juevero desde su blog Sintiendo en la piel....
Su propuesta es tan sugerente como inspiradora: la
Literatura. Para
leer los textos inspirados de mis compañeros, sólo tienes que pulsar en el
vínculo que aparece debajo:
No fui de esos niños precoces que compiten veloces
en las redacciones escolares. Me disgustaba lo que los profesores llamaban
“escribir” y yo vivía como “copiar”: unas veces del libro, otras del encerado. Pero,
si me pillaban aplicando lo aprendido y dedicándome a copiar en los exámenes, no
me recompensaban por alumno aplicado: me penaban a copiar varias veces un castigo.
Sin saltarme nada. Sin variar nada. Buscaban saturarme con líneas repetidas,
para que así aborreciera la idea de escribir, de pensar, de expresarme…
Quizá la exteriorización más evidente del proceso
de despersonalización que cimienta el proceso formativo es su constante recurso
a la copia. Nada de pensar, razonar o crear.
¡Copiar!
¡Copiar!
¡Copiar!
Ambicionan convertir a los alumnos en copias
impersonalizadas, en pasantes que entreguen sus balances a tiempo, en
escribanos que calcan sus días siguiendo la pauta marcada…
¿Cómo iba a querer ser escritor yo, que siempre
escribí a renglón torcido?
Para los profesores estaba claro que el párvulo MJOS no llegaría a nada, que mi vida sería una oración simple y corta, llena de
faltas de ortografía.
Pero, si se equivocó la paloma de Rafael Alberti, ¿cómo no se iban a
equivocar esos buitres?
Por ir al norte fui al sur, de MJOS a Nino. Emprendí
vuelo de la mano de Libertad. Ella hace de su corazón mi casa. Me deja enredar
entre su blusa o su falda. Me inspira para que en la oscuridad de la noche
entrevea la luz de la mañana.
Lo que no hago como
MJOS
lo fabulo como Nino. Cuando
la Realidad me sitúa entre el clavel y la espada, prendo el clavel con la boca
y cambio la espada por una pluma. Escribo. Lucho. Ensueño. Vivo. Resisto.
No se equivocaron los “apalominados” que me ridiculizaban
asegurando que tenía la cabeza a pájaros. Pero, no repararon en que también mi
ánimo tiene alas. De ahí que emprenda vuelos junto a palomas equivocadas. De
ahí que este verso suelto escriba como vive, y ensueñe como siente. ¡Y me
siento de fábula escribiendo!
Siempre quise ser fabulador, pero ensoñarse como
escritor está mejor visto.
Gracias por acompañarme, atentoLector.
Se equivocó la paloma
¿Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.)
“Se
equivocó la paloma”. Poema de Rafael
Alberti. Recogido en su poemario «Entre el clavel y la espada» (1941)