‘Carnavalada’; lápiz y
acuarela sobre papel pintada por Evaristo
Valle (1924)
Es curioso, o al menos casual, que justo ahora que me
planteo qué hacer con los comentarios que acompañan a los textos que llevo
publicados en este blog y he importado a otro espacio, me esté enfrentando a
ver cómo mis glosas desaparecen como lágrimas en lluvia ajena. Mientras que en
unos aspectos de la vida ejerzo mi voluntad, en otros sufro los caprichos de un destino amargo con otros que no soy yo pero me hicieron sentir parte de ellos.
Lamento la desaparición de sitios web donde se me acogió
y trató con afecto y respeto.
Esos cierres me impulsan a mantenerme activo, cual Don
Carnal en su resistencia frente a Doña Cuaresma, en este febrero carnavalero.
¡Gracias por tu tiempo de lectura, amable leyente.
En principio, lo de ver desaparecer mis palabras no es algo novedoso; aunque no por ello
deja de ser doloroso el que ni siquiera se lleguen a leer. Todo es efímero
–menos la cuesta de enero que, cada año, dura hasta diciembre- y más en la irrealidad de Internet, donde
nuestra huella digital es tan pretérita como las pisadas de un dinosaurio.
Ineskapable portada del disco "Missing Words", por The Selecter.
¿Dónde resuenan los ecos de nuestras navegaciones por Netscape, los paseos por
Second Life o las conversaciones por Messenger? Al igual que en nuestra vida
tenemos que deshacernos de objetos que ahora son trastos, encuentro lógico que
nuestros ceros y unos en desuso se diluyan en el éter de La Red.
Hay puertas que conviene cerrar y llaves que conviene
tirar. En caso de necesidad siempre podemos recurrir a un amigo para que actúe
de cerrajero de nuestra autoestima.
El futuro se ha convertido en pasado, sin haber llegado a
existir; pero los futuribles, reformados en falsos recuerdos, forman parte de
mi presente desmemoriado.
My future has become past
without having come into existence; but those “what if?´s”, reformed in false
memories, are part of my forgetful present.
Confío en
que este año que acaba de comenzar te resulte estimulante en su sencillez –que
en la vida, a diferencia de lo que ocurre con los puzles, nadie disfruta ensamblando lo complicado–. Disfrutar de la magia de lo sencillo, de esas pequeñas cosas
que engrandecen lo cotidiano, sólo requiere de nosotros mantener viva nuestra
capacidad para ilusionarnos ante lo estimulante en la realidad y lo
esperanzador del deseo.
En nuestro
quijotear diario por las tierras de lo cotidiano, debemos evitar vulgarizarlo
como ordinario y autoengañarnos pensando que los molinos que vemos son
monstruos gigantescos. Pero sí necesitamos autoentregarnos en confiar en que dentro
de cada molino more una experiencia inolvidable, algo que recordaremos y cuya
evocación pública nos alejará del olvido al acercarnos a la memoria ajena.
Escribir
textos para este blog es para mí una experiencia inolvidable. El que tú los
leas, amable leyente, convierte estas fabulaciones sencillas en narraciones extraordinarias.
El que tú mores en sus estancias impide que este cobijo creativo se desmorone
cual casa de los Usher.
"On the
Internet, nobody knows you're a dog" - Peter Steiner- The New Yorker, 1993
Es
llamativo el que en esta época inflacionista en la que nos falta dinero para
pan, lo tengamos para un “iPad”. Los mismos que nos rechazan como trabajadores,
nos buscan como consumidores de lo superfluo; y en Internet han visto un paripé
para mantener su negocio.
A
tal fin, nos han creado la necesidad de estar siempre conectados a La Red,
presentada como una nueva tierra de promisión, donde hasta el más tonto tiene
un blog al que va y enloquece cuando le desapetece.
Con
la excusa de mantenernos comunicados –y escudándonos en el engaño de tener un
acceso instantáneo a una información desinformante–, le quitamos dinero al
hambre para dárselo a la vanidad de poseer un blog bien situado o un perfil en TikTok
muy visitado.
El
inexistente Nino Ortea –el vanidoso que esto escribe– es titular de un blog, tiene
cuenta en Facebook y en Twitter. El existencialista Marcelino –el dadivoso con
los fastos del bloguero, tuitero y feisbukero inexistente– frecuenta los escaparates de
bares y cafeterías para consultar su correo electrónico y WhatsApp, dado que la
conexión por él pagada se encuentra habitualmente apagada (por no escribir
“caída”, pero ese calificativo adjetiva una parte del cuerpo “marcelinense”
otrora muy querida por su compañera, enfurruñada desde que la he convertido en
referente afrutado de éste blog).
Ya
cuando contrató una línea de Internet a precio de tantán, le dije a Marcelinín que
había tomado una decisión tan patán como lo habría sido el vestirse de
bailarina de cancán: y mi temor resultó en acierto en lo del can…
Pese a que él, que es un gato cegato y pazguato, cada vez que logra acceder a Internet
acaba ladrándole a la luna al verse saturado por una avalancha de anuncios
consumistas para perros.
Con
lo que ese gato que está triste y azul, desde que ella no lo invita a su
paella, se pregunta si se ha vuelto tan inexistente que ya no le importa ni su enunciada
copulativa ni a los anunciantes predicativos en el desierto de su aGobio.
De ahí que mi alter ego terrenal, expulsado del placer carnal, se sienta marginal
cada vez que Internet lo trata como un perro infernal.
Mientras
prosigue su viaje a ninguna parte, a ella le dirige indirectas como hablarle a
su ausencia y mí me manda directamente a donde Fernando Fernán Gómez mandó a un admirador molesto cual piedra
pómez.
Abrir
un blog puede ser un capricho, el resultado de un desbordamiento emocional o
creativo; pero mantener ese blog, encauzarlo con el aporte de las aguas
creativas propias y de los afluentes ajenos no es fácil. Al menos, no es fácil
hacerlo con un mínimo de calidad de contenidos y de cuidado en los comentarios.
Hay
personas que enfocan su blog como quien escribe la lista de la compra y despachan
a sus comentaristas como quien da el turno en la charcutería. Pero ni tú ni yo
somos charcuteros o chacineras. Somos comunicadores, María.
Y
la comunicación verbal es un proceso de interlocución que requiere tener un
mensaje que trasmitir y un medio para hacerlo. No siempre tenemos un mensaje, o
no sabemos cómo codificarlo (las ideas o emociones propias pueden quedar fuera
de un vocabulario normalizado). Y son muchas las veces en que no tenemos un
medio, sino muchos miedos que atenazan la comunicación.
Me
pasé más de dos años silente, atenazado por mis miedos y viendo mí vida desmoronarse
entre una armonía de palabras de ánimo vacías de intención. En los catorce años
que llevo gestionando este blog, he tenido muchas ausencias de él sin que el
mundo se parara. Ni siquiera se detuvo el mío, el del ciudadano Marcelino.
Uno
escribe cuanto puede y comparte cuando puede. A uno lo lee quien quiere y
puede. No estamos obligados a compartir lo propio ni a leer lo ajeno. El no
leer a alguien no es señal de desprecio, es una muestra de criterio. El que quien nos lee no nos comente –cuando la
mayoría de nuestros lectores son autores de blogs–, se debe a que nuestro texto no funciona como pretexto
comunicativo para quien nos da su tiempo lector. El recibir un comentario es un
estímulo; y el que éste demuestre una atención lectora (que hay quien trae sus
comentarios de charcutería a la Blogosfera) es el mayor de los regalos.
Entramos en época de regalos. Gracias
por éste tuyo, amable leyente. Lo mejor para ti y los tuyos, ahora y siempre.
Un
abrazo para ti, María, por la
inspiración de tu afecto.
Es
de nuevo la solidaria Mag quien
inspira y coordina una convocatoria de relatos “jueveros”, en este caso la
tema´tica trata del olvido involuntario, de –según las propias palabras de Mag–: “Dejar de tener en la mente sin
querer”.
Mi
aporte es un texto a “vuelablog”, de 239 palabras, titulado «De lo prescindible
en el olvido».
Maná - Se Me Olvido
Otra Vez
Dedicado a mi amiga Flor: una no puede ni debe olvidar
dónde fue felíz; pero tampoco debe olvidar que tiene la capacidad para hacer feliz
a muchos donde quiera que esté. Esa capacidad, Flor, hace que donde tú vivas no
sea una casa, sino un hogar.
De lo prescindible en
el olvido
Hace tiempo que me he
convertido en una especie de personaje imaginado por Luis Cernuda, en un náufrago que busca mantenerse a flote mientras
sortea el estrecho que, al envite de un océano donde anida el Olvido, separa la
Realidad y el Deseo.
Si un océano comienza
con una primera gota de agua, el Olvido es un aprendizaje que empieza con el
primer recuerdo. He tenido que aprender a olvidar muchas cosas, entre las que
destacan mis sueños inconscientes. Me despierto tras haber dormido en la
ignorancia de mi Realidad y mi Deseo. Me despierto tranquilo, sin añorar lo
soñado y sin temer que ninguna pesadilla cobre vida. Ésa es la ventaja de
olvidar tus sueños: empiezas el día sin el desánimo de la decepción.
Sin sufrir la
decepción del despertarse, la vigilia de la Realidad se asemeja a la ensoñación
del Deseo, con la que acercas lo que quieres a lo que puedes: nada de fantasear
con mujeres imposibles en situaciones increíbles, la mirada furtiva de una
bibliotecaria aburrida basta para incitar tu imaginación. Lo improbable
sustituye a lo imposible.
Para evitar
decepciones, en pro de agilizar el olvido de lo amargo, he aprendido a vivir
con el cinturón apretado, a pensar por instinto y a no esperar que en diciembre
haga el tiempo de agosto. Y es que la Realidad es el mejor azuce para recurrir
al olvido de lo que no es vital y sí prescindible.
Nino Ortea.
Gijón. 2022.
Gracias
por tu atención, amable leyente. Por favor, que no sé te olvide acceder al blog
de Mag para conocer la lista de
memorables olvidadizos.
Éste
no puede ser no más que un texto para un blog. Quisiera que fuera una
declaración de amor a la Imaginación. Si me faltara ella, no voy a morirme;
pero logra que mi soledad se sienta acompañada y por eso siempre sé que la
necesito.
Variación
personificada sobre la letra de la canción «Yolanda», compuesta por Pablo Milanés. (DEP)
Yolanda
- Pablo Milanés (junto a su hija Lynn)
En un intento de poner
freno a lo que ahora siento a raudales, me pongo a escribir a vuelablog.
La nuestra es la
sociedad de lo fácil y lo rápido, en la que incluso los logros deben desvirtuarse
para ser aceptados. La nuestra es una sociedad fascinada por una vulgarización
disfrazada como diversidad; pero pobre de quien no entre por el ojo de la aguja
de lo políticamente correcto: será tratado como un monstruo, perseguido como
una aberración y “cancelado” socialmente. Si Pablo Milanés nos estimuló a ser eternos, ahora Bad Bunny
nos insta a ser ignorantes. Seamos vulgarizantes
y aceptémoslo: es el signo de los tiempos. Comparar las figuras de Milanés y Bunny nos permite figurarnos las diferencias entre esta sociedad y
la de los años 70. Ahora que el futuro me ha alcanzado no puedo evitar
imaginarme un presente mejor, como aquél que anhelaba cuando tarareaba la
canción «Yolanda».
Pese a lo amargo del presente, esa
eternidad a la que cantaba Pablo Milanés
está al alcance de nuestra mano, amable leyente: en el futuro siempre habrá
alguien que nos recordará con aprecio si le trasmitimos esperanza en su
presente.
Gracias por venir y
enloquecer, afable leyente. Gracias por compartir la eterna necesidad de
imaginar un futuro menos áspero para nuestros hijos –de la realidad o de la imaginación–.
Creo que es mejor que esta desolación haya llegado ahora a que lo hubiera hecho entonces. Entonces tenía sueños, ahora sólo tengo recuerdos. Los sueños se rompen, los recuerdos se ensueñan.
Si queremos convivir como sociedad, debemos aprender a relacionarnos con la Covid-19. Si quiero sobrevivir como individuo, necesito aprender a sobrellevar mis miedos.
Quizá mi mayor miedo pandémico sea el de contagiar el coronavirus. Es como si ese temor me llevara al olvido de que antes de contagiarlo, lo contraería. Quizá mi temor sea una manera de olvidar la probabilidad de mi muerte.
Tengo que admitir que el de
Greta es un nombre que siempre me ha parecido carente de garbo, al contrario
que otros como “Ninoska” o “Matajari” que resuenan arrebatadoramente
galanes,
Pese a esta “desapetencia” por las Gretas y a mis “pieleas” con las grietas no puedo por
menos que constatar cierta admiración por la ingeniosa Greta Tintin (sin Milú) Eleonora Ernman Thunberg. Y es que, mi simio amigo, yo
siempre estoy quejándome del desastre de sufrir el lastre de un nombre tan
largo como el mío –que hace que mi patronímico no encaje en los cuestionarios y
desencaje a las cuestionadas–, y ya ves lo lejos que ha llegado esta incuestionable
sueca que a sus 16 años es toda una lideresa mundial que estuvo a punto y coma
de comerse el Premio Nobel de la Paz –gracias a su publicitada campaña para
mejorar el estado de nuestro citado planeta–.
Lo que de verdad admiro en
ella es cómo se hace la sueca ante la obligación de ir a clase: desde que se
inventó esta excusa salvacionista lleva casi dos años viajando por el mundo y
sin ir al instituto. Y pensar que yo comía tiza o vestía ropa mojada para
quedarme seco de ir a clase… Viendo las fotos del “antes” y del “ahora” de la
pizpireta GretaThunberg, está claro la mejora planetaria que ha conseguido:
Antes era ella quien cargaba
sola con la pancarta.
Ahora son otras las que la
llevan por ella.
Pero bueno, compañero,
reconozco que –como buen español– llevo décadas soñando con chicas suecas. En
concreto desde que conocí a Pipilota –que nunca iba al colegio, tenía por
compañero a un mono y viajaba de los Mares del Sur a los Polos del Norte–.
¡Ah, quien fuera ficticio
como un sueco “bienpensante” y no
real como un español “malamante”!
Sé
que no escribo como antes, al igual que no siento como antes. Soy un caminante,
no una estatua. Soy un vividor que se ensueña escritor. Soy un marinero en los
mares del Destino, no una roca inmune al desatino.
Soy
fallido como escritor y vividor. Si en la vida cubro con tirita cada herida, en
la escritura disimulo mis fallos gramaticales con palabras abisales, con
referencias a los abismos de la pasión y a los cielos de la ilusión. Soy un inculto
oculto tras su verborrea. Son muchas las palabras que ignoro, aunque no me apetece
encontrarlas en algún diccionario escribiente, sino que en el breviario de mi
“ilusionario” latiente.
Me
gustan las personas que, como tú, aviváis mi curiosidad sin necesidad de tener
que vivir en mi realidad; y me apasionan las palabras que dan letra a mis ilusiones.
Lo mismo que no me interesa descubrir si quien me hace sentir es realmente tal
y como yo lo ideo, me importa un carajo si las palabras que me invento tienen
mal asiento o me hacen parecer un badajo. La existencia es cuestión de tiempo,
el vivir es asunto del corazón. quiero vivir, no sólo existir. No busco estar, ambiciono ser.
Me gusta
fantasear con lo sugerente, incluso con lo que distingo que sólo late en mi
imaginación –como tú, Gaëlle–. Sé que mientras te escribo tú cuerpo está
trabajando, pero fantaseo con que tu mente acude volando a mi encuentro. Y con que
me sugieres que te cuente una fabulación, una digresión de esas que la diversión de tus besos convierte en un
cuento de nunca acabar, ya que logras que cada palabra jadeada se convierta en ilusión alada. En presencia, eres mi compañera; en ausencia, mi musa. Llenas mi vida de ganas y mi ilusión de palabras.
Ellas
son hermosas, ¿verdad, mi ensoñada? ¿Qué haríamos sin las palabras? Sobre todo
sin esos nombres que se apropian del latir de nuestro sentir. Nombres que
cuando son propios tememos que llegue el momento en el que sonarán ajenos a nuestros labios, y en que darán voz a otras
gargantas. Por eso te pongo un apelativo que sólo será nuestro, para que inmune
al paso del tiempo nuestro amor de hoy viva eterno en él, mi inmortal Gaëlle.