El
problema principal de sufrir un trastorno de conducta no es que te aleje del comportamiento
previsible, sino que lo activan resortes ocultos. Cualquier gesto, palabra o
cartel de lencería puede azuzarme, cuando no ruborizarme.
Hay
veces en las que el mero hecho de salir a la calle se convierte en todo un alboroto.
No es que mi ir a comprar el pan sea tan azaroso como el balancearse por la
jungla de Tarzán para recolectar mangostán; pero a ciertas cotidianidades les
doy unos usos más raros que los que les da Mac Gyver a un chicle. Donde unos
ven un saludo yo siento un desprecio, ciertas risas me suenan a burlas y
contados encuentros me llevan a consumados desencuentros.
Lo
de cruzarme por la calle con quienes me tienen cruzado en la vida es un vía
crucis, sólo comparable a mi antiguo avergonzarme por volver de cerrar los
bares a las horas en las que abren las escuelas.
A mi
aireado desasosiego irascible se une mi silenciado trastorno obsesivo. Sí el
obsesivo, no el “obesivo”. Que en lo de la gordura no es lo mismo ser, que estar
o aparecer. ¡Seamos copulativos!
Cuando
me da por algo, me dan las tantas ordenando cascos de Fantas, desdenes de
desdentadas o delirios de mi fantasiosidad.
Al final, donde va el asa, van el caldero y mi natural ninoninero. De ahí que haya noches en las que mi dormir solitario
lo encare con el mismo aborrecimiento con el que un faquir, alérgico al acero,
se recuesta sobre su colchón de clavos. Y sí, la de ayer fue una de esas noches
que se clavan con desánimo.
En
el calendario de una entidad bancaria de la que no soy usuario, marca que hoy
es 3 de enero de 2017. Esta tarde, al contrario que la última del año pasado,
he encontrado pesado el leer el WhatsApp que me has escrito y me he sentido
ligero al escribir a vuelablog esta enninación. No es tan fácil el pasar
página en lo vital como lo es el arrancar una hoja del calendario. Pero lo que
sería injustificable es que me quedara colgado de tu recuerdo, lo mismo que un
almanaque permanece sujeto por una cuerda.
En
un breve rato saldré a callejear acompañado por mi trastorno y sin el adorno de
tu compañía. Eso será algo nuevo, no ya en este año, sino para lo que me queda
de vida.
Au
revoir, Tristesse.
