Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

lunes, 18 de enero de 2010

Albert Camus et moi (Je suis Nino) 3/3



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Habíamos quedado en el momento en que, de camino a la cafetería, me enteré de que se planeaba formar un grupo de teatro en la facultad.

Esa tarde había llegado tarde para asistir a clase –lo de ser feo, y hacer auto-stop tenía sus problemas–.
De aquella, mi mayor inspiración entre horas era quedar con Zapa para ir a un parque cercano –El Campillín– a beber de una botella de vino que escondíamos entrada la tarde en una de las cisternas de los urinarios. Así, cada vez que alguien tiraba de la cadena nos hacía un favor, al refrescar nuestro morapio. Pero, el muy garbancero, no me esperaba en el patio; así que tuve que entrar al centro y subir los 3 pisos hasta la cafetería.

Recuerdo muy bien esa tarde de lunes, pues mis compañeros –aprovechando mi ausencia– me nombraron subdelegado; lo cual conllevó el comienzo de mi personal Coniuratione Catilinae.
Pero, ésa es otra historia, y temo que estoy divagado en exceso.

Ya de viernes, se celebró la reunión teatral. El número de  asistentes fue tan bajo que no sólo parecíamos Torrebruno and friends, si no que los organizadores no creyeron necesario celebrar un proceso selectivo. El futuro directorJosealgo–, comentó que los que tenían experiencia actuarían, y los novatos desempeñaríamos funciones técnicas y de figuración, para así profundizar en los misterios de El Teatro.

Protesté. No estaba allí para mover lucecitas, poner musiquita o hacer de figurante. ¡Yo quería ser actor, no electricista!

Tras la reunión, la innombrable profesora que coordinaba el grupo nos dejó en paz, así que nos fuimos a cervecear con el dire. Resultó que Josealgo también vivía en Gijón, y se ofreció a traerme de vuelta a casa. En algún momento –nunca le hice mucho caso– dijo que mi protesta le había parecido muy teatral, y mi argumentación convincente; así que la oportunidad de actuar quedaba abierta a todos.

Comenzaban tiempos nuevos, tiempos salvajes.

Mientras profe y dire decidían qué obra representaríamos, iniciamos nuestra ¿formación? en un proceso que resultó ser un bostezo: caminábamos despacio fingiendo convulsiones, hablábamos con la barriga y nos dejábamos caer de espaldas confiando en que un compañero nos cogiera. Yo había imaginado algo al estilo Fura dels Baus, y me veía haciendo gimnasia para embarazadas.

Cuando ya estaba pensando en dejarlo, cansado de esperar al godot creativo, me subí al tranvía llamado deseo. A ése que crees que sólo pasará una vez, aunque he acabado mareado de subir y bajar del caprichoso carricoche.Vamos, que me enamoré cual Romeo de Julieta… bueno, llamémosla Eva.






Cerca de Navidades, se decidió que representaríamos la obra Calígula, de mi leído Albert Camus. Y se procedió a una declamación conjunta de escenas, para seleccionar el elenco. Resulté elegido para el papel de Helicón, mientras que a Eva la marcaron de secretaria del director. Esto fue un viernes 13 de diciembre, y yo estaba de lo más yeison: se acababan las clases, y mis opciones de verla.

A la salida de la escabechina, me adelanté para hablarle. Me llevaba unos pasos de distancia, dos años de edad y varias reencarnaciones de ventaja. No recuerdo qué le dije, pero sí que rió con ganas. No me habría importado quedarme ciego allí; pero, como soy muy mirado para lo mío, la observé fijamente y le propuse quedar el día siguiente para hablar de la carnestolenda que le habían hecho.

Siempre he defendido las ventajas de no vivir en oviedo. Aquel sábado me aproveché de ello, al aparentar perder un último autocar que nunca quise coger. La noche se nos hizo corta.

Esas Navidades fueron inolvidables…

…sobre todo para mi señora madre.

Resulta que le había hablado con ánimo renovado de la obra –“Calígula, ya sabes, como el emperador”–. Ella, una tarde en el videoclub, vio una peli homónima –la de Tinto Brass– y la sacó. Después descalzó la zapatilla a mi espera. Me costó dios y ayuda convencerla de que aquello no era lo que yo representaría, bueno en realidad lo hizo el texto de Camus que la invité a leer.

Recuperada la paz, en un momento errático le hablé de EVA. Craso error, amigo Sancho, pues Eva es carbayona. “ ¿No hay neñes bastantes en Gijón, para que andes con una de oviedo, pazguatu?”

Eva resultó ser una compañía sugerente, pero una secretaria deficiente. Así que, al poco de retomar los ensayos, la echaron del grupo. En ese mismo momento, nos fuimos dos por el precio de uno. Nadie me pidió que me quedara.

El 1º de mayo, me dejó por primera vez. Creo que la última ocasión en que la vi fue el día de mi boda, a la salida de la iglesia. Estaba de pie, en la esquina de la cerrajería El candado. Poco después se fue a vivir a Canarias, vox populi dicendi.

No la he vuelto a ver.

Tampoco he vuelto a leer ninguna obra de Camus. Siempre me hablan de lo que nunca fue.


“Con él, he aprendido que puede tenerse toda la razón y ser vencido; que la fuerza puede derrotar al espíritu, y que hay tiempos en los que el valor no es su propia recompensa”.



© Marcelino Ortea. venyenloquece@hotmail.es Gijón. 18/I/10

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