Ven y enloquece

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lunes, 18 de enero de 2010

Albert Camus et moi (Je suis Nino) 1/3



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En estos últimos días, la figura de Albert Camus ha sido desempolvada, y su crédito renovado. Pues dada su actitud crítica con el ser humano y con las ideologías, su vida y obra siempre han intentado ser espolvoreadas por los defensores del pensamiento único.

Uno, en su unidad, puede entender –que nunca aceptar– esa actitud por parte de una Iglesia que defiende que su dios es el verdadero y eleva a dogma incuestionable lo que con sólo cruzar un río se convierte en superchería. Pero, encontrar ese rezume mezquino y nihilista en quienes defienden el Internacionalismo y la Igualdad, es algo que me ofende.

Aunque, ya sabemos que la Libertad es un derecho muy defendible, siempre y cuando no lo ejerzas para pensar libremente.

Desde mi reducido punto de mira, lo que diferencia a unos y otros adocenados es que los cerúleos visten de camisas de imitación; y los bermellones de camisetas exclusivas.

Pero bueno, quizás en la lucha final, nos agrupemos todos. 
Al contrario que el italianizante de Dante, yo mantengo toda esperanza.

En lo que sí que coincidimos urbi et orbi es en seguir venerando la necrofilia cultural: hace falta morirse de hambre, de asco o de un accidente paradójico para que tu cuerpo creativo decore estanterías, paredes o carpetas de adolescentes. Y es que lo de la loa post mortem, no es algo nuevo…

Ahí tenemos, por ejemplo, el caso de Voltaire; cuyo exquisito cadáver fue vejado por detractores y acólitos, hasta  su reclusión en el ilustre panteón al que Sarkozy quiere llevar los restos de Camus. Si Voltaire sufrió en vida los desprecios de Montesquieu, y Camus los de Sartre; ya muertos los cuatro, se han visto igualados tanto por la Parca –que no diferencia entre patricios y plebeyos–, como por afrontar el usufructo de su figura por los vivaces políticos.

Por fortuna, en el caso de Albert Camus no estamos ante otro Franz Kafka; pues se sintió amado y apreciado en vida, e incluso recibió un premio Nóbel, cuando ese reconocimiento tenía sentido (In ille tempore, adhuc Obama milites ad Afganistan Irakque non praeberebat)

Muchos califican de absurda la muerte de Camus –un 4 de enero de 1960–, por oficiar en ese momento de copiloto de un coche y no de timonel de su destino. Pero, ¿no son absurdas todas las muertes? ¿O hace falta haber escrito El extranjero para que se te considere un hombre rebelde?

Toda muerte es el absurdo comienzo de la NADA. Y, en caso de que hayas sido famoso, marcará el desemboce para que una serie de meretrices fabulen con la cama que nunca calentaron; y para que una legión de vanidosos hable de su estrecho vínculo con el indefenso difunto.

YO también tengo una vivencia compartida con Albert, ¡y estoy aquí para contarla!




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