Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

viernes, 25 de septiembre de 2009

Endiosado


Al acometer un proceso creativo nos convertimos en creadores. Acotar lo que entendemos o aceptamos como “creación” es bastante difuso.
Centrándome en mi percepción del Arte como acto de comunicación, diré que hay veces en las que la mera redacción de un mensaje de txt —dejemos a un lado el fino arte de su descifrado— o una nota de aviso denota más cuidado en su confección y consideración a su receptor, que el oficio presente en artículos corsos o novelas bizantinas.
A no ser que uno, en su rupturismo o dislexia, escriba cada 2X3 un total de 6 novismos acertados, las palabras están ahí antes de que las usemos: los “hidalgos” y los “podencos” ya existían antes de que Cervantes los quijotara. El Arte viene después, cuando más allá de la literalidad de las palabras creamos Literatura: conmover, divulgar, entretener o empatizar no es algo que se edite en tapas duras. Se basa en palabras moldeadas.
La necesidad de llevar la escritura de esas palabras más allá de los límites de un mero instrumento de registro o imperio, es tan vieja como el más viejo de los deseos; y más común que el más venial de los pecados. De hecho, ahora todo el mundo tiene un blog; aunque no tenga nada que contar. Yo, por tener cosas inútiles, tuve un video beta, un disco de los Pecos y un corazón enamorado.
Quizás te preguntes para qué te valdría tener un blog ahora que lo auténtico es tener un tuiter o un aifón.
Te voy a contar mi experiencia, desde la más profunda alegría por haber abierto Ven y enloquece. Y te voy a dar un consejo: abre ese blog.
Todos tenemos una historia que contar, y siempre hay alguien a quien puede interesarle. Internet ofrece una posibilidad inmensa de libertad creativa, siempre y cuando conozcas un poco el medio. En mi caso, lo desconocía: fue aprender a piratear la banda y ponerme a anchear por ella.
Sin saber lo sátrapas que son Google y su progenie, me uní a su hijo Blogger —quien ostenta derechos para cerrar el espacio, o usar todos sus contenidos—. Es una aplicación muy sencilla; pero quizás otros sitios sean más respetuosos con sus huéspedes.
El caso es que, al poco de inaugurarlo, este blog superó todas mis previsiones. Su repercusión se trasladó al “mundo real” donde comenzaron a llegarme muestras de admiración. Es bueno sentirte querido por aquellos a los que quieres; y el que te elogien por hacer algo que te resulta vital, alimenta tu espíritu. Fuera de toda falsa modestia, sé que he escrito páginas logradas y disfruté cuando se me dijo.
El problema resultante de abrir este blog es mi endiosamiento.
Lo que comenzó como una manera de reafirmarme emocionalmente mediante un proyecto creativo, se convirtió en un reto. Lo que busqué a partir de un momento dado no fue canalizar mi creatividad, si no vencer desafíos técnicos —básicamente redactar en el menor tiempo posible, e incluso de manera automática sin tener ninguna idea previa—.
Un recurso muy útil en esa situación de alegre e piu troppo, es la de ficcionar tus vivencias convirtiéndote en personaje. Crees que tus lectores se darán cuenta de que tu propósito es literario, y que si no lo hacen deberían leer otro blog —despreciar a quien te aprecia es algo indigno, pero presente en mis textos y en mi vida—. Lo primero que hice fue recurrir a una artimaña: afirmar que el autor de este texto no existe, pues no identifica a una persona física. Mentí, ese personaje soy yo, llevo siéndolo desde los 16 años. Yo soy Nino Ortea.
En una especie de giro metaliterario me convertí como autor en un personaje autoritario: un creador de mundos con la arcilla de lo soñado y las costillas de lo vivido. En una especie de Conchis, creación central de la novela El Mago escrita por John Fowles (editorial Anagrama). Mi error fue el de ficcionar a otras personas en mi relato. En algunos casos de manera intencionada, en otros consciente y en bastantes de forma subconsciente. Si tú lo haces, sopésalo, coméntalo y, ante todo, afronta las consecuencias.
A medida que tomaba control de mi vida, lo perdía sobre mi creación. Me habréis leído varias veces culpar a Internet de lo que les pasaba a mis “personajes” en esta obra. Lo que les pasaba era que había empezado a utilizar este escenario para escenificar mi divina comedia. Adecuaba mis ficcciones a mis situaciones, y en muchos textos mi hedonismo me llevó a escribir lo que necesitaba leer.
Lo expuesto hasta aquí no es tan malo ni tan raro. Muchas obras maestras de la Literatura tienen su génesis en el deseo de sus autores de revindicarse, reconstruir sus vidas o alejarse de la locura (Las flores del Mal, Escupiré sobre vuestra tumba, Peter Pan) y, TODOS, hemos recurrido en alguna que otra ocasión a eso de “la venganza poética”.
El problema es que estamos hablando de creación en Internet, un medio donde la casualidad es la guía de muchos lectores. Si vas a ficcionar sobre tu vida, no firmes con tu nombre, pues lo que cuentas será interpretado o mal interpretado. En mi caso, fueron muchas las personas que introdujeron mi nombre en un buscador y dieron con este blog, donde algunas se vieron reflejadas; o eso sintieron.
Nunca sabemos quién nos lee ni el porqué. Todo acto de lectura es una muestra de aprecio. Por eso me ha entristecido saber que ha habido personas que recurrían a la lectura de este blog como única manera de saber si yo estaba bien. Y en algunos de esos casos la bienvenida era un desprecio.
El que te lean personas que nunca esperas que lo hagan es una posibilidad en cualquier medio; y quizás más en un blog, por su inmediatez.
Yo no estaba preparado para ello.
Nunca lo creí posible.
En mi egocentrismo jamás pensé que a quien yo despreciaba me pudiera mostrar aprecio.
Saber escribir en público va más allá de juntar con habilidad o rotundidad unas palabras —lo que hago bien, hasta el punto de ser pagado por ello—. Para saber escribir tienes que saber adaptarte al medio al que publicas, pues si no te conviertes en alguien tan peligroso como un ciego con una pistola.
Yo he sido un ciego en este blog. Mis palabras las balas.
No me arrepiento de lo que hice. Fue cuestión de supervivencia emocional. Pero ahora, que sin estar moribundo vuelvo a ver las cosas, debo volver a la escuela para aprender a describir un molino como un edifico, y no como un gigante.
Aunque, a Dulcinea siempre la fantasearé como la más bella.
Una vez más, ¡gracias a todos por venir y enloquecer!
Quereros y cuidaros.
Elvis has left the building



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hola, gracias por tu tiempo de lectura.