Mostrando entradas con la etiqueta niNez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta niNez. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de noviembre de 2025

Miro hacia cincuentaitrás sin ira...

 

A mis 10 años recién estrenados.

Al jueves 20 de noviembre de 1975 en que murió el dictador Francisco Franco.

A la mañana de ese día en la que mis padres no nos levantaron a mi hermana ni a mí para ir al cole.

Al ruego de mis padres de que no exteriorizara mi alegría al enterarme de que, por unos días, no tendría que ir a l colegio.

A mi extrañeza por que hubiera tele matinal —por entonces, eso sólo ocurría las mañanas de sábados y domingos— y no echaran dibujos, sino conciertos de música clásica.

Al silencio de unas calles vacías, en las que destacaba el flamear de banderas que lucían crespones negros —luego sabría que las calles estaban vacías porque todo el mundo estaba festejando la muerte del dictador—.

A mi muñeco Madelman —modelo ‘explorador ártico’—, al que le había puesto un brazalete negro, con el que fui a jugar a Los Jardines de la Reina bajo la mirada protectora de mi madre.

A ver por la tele unas interminables colas de gente que nunca existió en un lugar al que nunca acudieron. No iban a darle “un último adiós” sino a “asegurarse de que estaba muerto” comentaron años después.

A la lectura, a la luz indirecta que entraba por un ventanal, de un tebeo de ‘El sheriff King’, que me acompañó mientras a mi madre la peinaban a la luz de unas velas en su peluquería habitual.

A mi vuelta al cole, donde me esperaba un cartel con las últimas palabras del Caudillo. Fueron sus palabras póstumas; pero también, perennes. El cartel decoró las paredes del centro años.

A profesores trasnochados que nos obligaban a cantar el “Cara al sol”, y te calentaban la cara si alzabas la mano equivocada.

A un colegio público, Jovellanos de Gijón, donde la clase de gimnasia consistía en correr por la calle.

A la llegada de la heroína que atrapó a algunos compañeros mientras yo estaba enganchado al regaliz rojo con peta zetas.


jueves, 20 de febrero de 2025

Maneras de vivir: innombrable

Ahora que soy viejo es cuando más entiendo mi niñez. Mi omnipresente desarraigo social actual ya se daba entonces, resultante de mis limitaciones y de las imposiciones públicas.
Durante nueve años asistí a un colegio público, en aulas que compartí con alumnos que han llegado a maestros en el ejercicio de funciones representativas (como un ‘vicepresidente primero del Congreso de los Diputados’ o un ' rector de la Universidad de Oviedo’) o que, al menos, viven la vida adulta que las estadísticas preconizan para una persona normal. No es mi caso, ni lo fue nunca: siempre he sido anormal.
Ya en el colegio mostraba maneras. A mi despiste intelectual, torpeza física o desinterés competitivo se unían mi incumplimiento de las obligaciones de todo alumno: no prestaba atención a los maestros, no rivalizaba con mis compañeros y no disfrutaba en el colegio.
Odiaba la escuela.
El mío era un odio visceral: me enfermaba hacer como me decían lo que me imponían. Odio que me llevaba a enfermar físicamente: psicomatizaba mi malestar anímico en malestares de salud. Odio que no resultaba del miedo o el sufrimiento: no recuerdo haber sido acosado por mis compañeros; y los profesores me trataban como ‘tonto’, por lo que habitualmente sus castigos no eran carnales, sino escarnios –ridiculizarme, marginarme, aislarme…–. Me llevé algún bofetón de maestros frustrados o alcoholizados, recibí algún golpe de compañeros frustrados o encolerizados
La etapa de formación escolar no deformó mis peculiaridades, forjó mi anormalidad: no me fascina el poder y desprecio las figuras autoritarias. Por eso, cuando una persona autoritaria ocupa un cargo poderoso mi reacción es simple, casi infantil: crees que mandas en todos, pero en mí no mandas.
Y mi primera reacción es la que más les duele: silenciar su nombre. Tendrán torres a su nombre, gozarán de privilegios por su nombre… pero no lograrán que cacaree su nombre.

¡Gloria a Ucrania!

Entradas populares

LibrElena - Blog de Nino y Nino Ortea.

El contenido literario de este blog está registrado en Safe Creative