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jueves, 20 de febrero de 2025

Maneras de vivir: innombrable

Ahora que soy viejo es cuando más entiendo mi niñez. Mi omnipresente desarraigo social actual ya se daba entonces, resultante de mis limitaciones y de las imposiciones públicas.
Durante nueve años asistí a un colegio público, en aulas que compartí con alumnos que han llegado a maestros en el ejercicio de funciones representativas (como un ‘vicepresidente primero del Congreso de los Diputados’ o un ' rector de la Universidad de Oviedo’) o que, al menos, viven la vida adulta que las estadísticas preconizan para una persona normal. No es mi caso, ni lo fue nunca: siempre he sido anormal.
Ya en el colegio mostraba maneras. A mi despiste intelectual, torpeza física o desinterés competitivo se unían mi incumplimiento de las obligaciones de todo alumno: no prestaba atención a los maestros, no rivalizaba con mis compañeros y no disfrutaba en el colegio.
Odiaba la escuela.
El mío era un odio visceral: me enfermaba hacer como me decían lo que me imponían. Odio que me llevaba a enfermar físicamente: psicomatizaba mi malestar anímico en malestares de salud. Odio que no resultaba del miedo o el sufrimiento: no recuerdo haber sido acosado por mis compañeros; y los profesores me trataban como ‘tonto’, por lo que habitualmente sus castigos no eran carnales, sino escarnios –ridiculizarme, marginarme, aislarme…–. Me llevé algún bofetón de maestros frustrados o alcoholizados, recibí algún golpe de compañeros frustrados o encolerizados
La etapa de formación escolar no deformó mis peculiaridades, forjó mi anormalidad: no me fascina el poder y desprecio las figuras autoritarias. Por eso, cuando una persona autoritaria ocupa un cargo poderoso mi reacción es simple, casi infantil: crees que mandas en todos, pero en mí no mandas.
Y mi primera reacción es la que más les duele: silenciar su nombre. Tendrán torres a su nombre, gozarán de privilegios por su nombre… pero no lograrán que cacaree su nombre.

¡Gloria a Ucrania!

martes, 26 de noviembre de 2024

Pensamientos discordes 03


 Soy una persona excéntrica –no extravagante, estrafalaria o estrambótica–.

Toda mi vida descentrada ha transcurrido ajena a la normalidad –en algunos casos a pocos milímetros de distancia; en otros, a kilómetros–.

Por suerte soy un hombre con rasgos agraciados, un hombre con facilidad de palabra, un hombre con un lenguaje físico seguro, un hombre con ánimo firme… Quizá una de mis mayores suertes sea la de ser un “hombre”, ya que este hecho hace que muchas de mis peculiaridades sean toleradas, aceptadas o incluso resulten atractivas –mi indocilidad hace que se me elija como líder, mi individualismo lleva a que me fantaseen como pareja–. Estas peculiaridades tienen más de penalidades cuando perfilan a una mujer, en la que la indocilidad sería señalada como amargura y el individualismo como ‘zorrerío’.

Todo mi apoyo y admiración a mis compañeras indóciles e individualistas.

sábado, 16 de noviembre de 2024

Pensamientos discordes 02

Amable leyente:

Pienso que si éstos son tiempos hostiles para la libertad de pensamiento es porque nos molesta la libertad de pensamiento en otros; y los adjetivamos con descalificativos o epítetos que los califiquen de catetos.

Este ‘hipotenuso’ suele poner a todos de acuerdo en el uso del eufemismo “peculiar” para adjetivar mi sustantivo ‘ninismo’.

Una de mis peculiaridades es la de no tolerar la falta de respeto. Intolerancia que no callo y con la que muchas veces he acallado al irrespetuoso. Pero me hago viejo y los años no me están trayendo prudencia, sino cobardía.

Hace apenas una semana participaba en una actividad cultural. Durante el ejercicio de su turno de palabra, una escritora compartió el efecto de bloqueo que la tragedia que asola a la región valenciana estaba ejerciendo sobre su creatividad literaria. Su exposición fue correspondida por una ¿compañera? que, como valoración a la introspección compartida, ofreció una refutación tan calmada como irrespetuosa y soberbia: “Hay que informarse bien”. La invalidadora, otra escritora, no respetó la reflexión personal ajena –intuí que se alteró por la crítica al desgobierno estatal que la ponente había incluido en su introspección–.

Nadie corrigió la actitud censora de la descalificadora. La mujer que había leído su reflexión articuló, tras recibir la reprobación, unas explicaciones alternadas con disculpas por el fondo y forma de su texto. Nadie le trasmitió apoyo o agradecimiento por haber compartido sus inquietudes personales y la aflicción de su personalidad creativa. Nadie cuestionó la actitud cuestionable de la valoradora que se había erguido como defensora del bien.

Fui todo un “don nadie”. Me convertí, peculiarmente, en uno más de la nada adocenada.

Mi mudez cobarde me ha llevado a una gran crisis, de la que ha sido eco mi silencio en este blog.

Voy mudando mi corteza de prudencia. De este olmo viejo brotan hojas nuevas que a la música del azar entonarán un canto a mí mismo.

Eso será entonces.

Ahora debo alejarme de la gran nada.

Gracias por acercarme a tu todo, amable leyente.

Nino.


domingo, 21 de julio de 2019

Mi ausencia de aprecio


Frank Sinatra: My Way



Sé que mi ausencia de aprecio por lo que no atrae mi interés suele ser distraída como una presencia de desprecio. Y puesto a ser sincero, amable leyente, la verdad es que habitualmente no me importa esa confusión. Gracias a ella logro estar tranquilo a mis cosas y que me ignoren los ignorantes que me descosen a mis espaldas.
 
Fotografía sacada en Gijón de una ilustración mural callejera.
Pero me fastidia el descuidar de manera inconsciente a quienes me estiman. Aunque creo que poseo un buen nivel de empatía –característica que destacan mis superiores en trabajos de atención al público–, tengo más que comprobado que no descodifico bien las lamentaciones indirectas ni las verdades a medias. A esta carencia de perspicacia sociolingüística se une mi falta de mano izquierda a la hora de relacionarme socialmente. El resultado es que son muchas las veces en las que reacciono tarde –y a destiempo– ante peticiones/sugerencias/invitaciones encubiertas que me realizan mis afines.

Unámosle que la migraña crónica que padezco no es incapacitante, pero sí que resulta aislante. La convivencia me resulta agresiva en lo sensorial, dado que la mayoría de los olores, sonidos o luces que nos acompañan al relacionarnos en calles, bares y demás lugares de encuentro me alejan de los demás. Sufro notoriedad de “raro” por evitar lugares frecuentados, apenas usar el teléfono móvil o sentarme a contraluz y a favor del viento.

De ahí que prefiera estar solo a provocar involuntariamente que, a causa de mi excentricidad, las personas que tengo enfrente crean que las enfrento. La ventaja de la soledad es que mata lo absurdo de los tópicos sociales: no tienes que preocuparte por cómo malinterpreta alguien un acto que no va dirigido a él.
Supongo que es fácil consolarse ante la soledad impuesta si la concibes tan apuesta como el impostarte de libertad.

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LibrElena - Blog de Nino y Nino Ortea.

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