martes, 21 de octubre de 2014

Delirio dadaista



Hay veces en las que tras haber intentado desvestir mis sentimientos en palabras me cubre la vergüenza, pues compruebo que quien acumula mis agasajos no tiene sentimientos por compartir y sí gestos para fingir pudor frente a mi desnudez afectiva.


Las palabras sinceras, susurradas en momentos de complicidad, suelen convertir un lecho de rosas en un camastro de clavos del que nos levantamos espantados, argumentando que nos habíamos tumbado con el ánimo de un amante y no el de un faquir. Pocas cosas tienen mayor efecto espantadizo que las palabras sinceras. 
Incluso ahora en esta Era de la inComunicación, lo que valoramos es la inmediatez del contacto, no la espontaneidad de lo compartido.
Encuentro indescriptible la soledad que me rodea en esta maraña de redes sociales que nos envuelve. A falta de conversar, tuiteo. Facebook no es un vínculo comunicativo; sino una entelequia que encubre contactos como amigos. Un delirio dadaista que me permite fabularme más ingenioso, más sociable, más deseable… 

Fuera de las máquinas y de nuestro nuevo lenguaje, quebrado por anglicismos fallidos y ortografías bufas, el uso sin alma de significantes léxicos convierte a los que nos creímos  personas irremplazables en personajes insignificantes, indignos de compartir una línea de diálogo con las estrellas rutilantes de autobiografías ajenas. La comunicación nos deshumaniza; nos cambia a clones de patrones de comportamiento socializado. Somos androides que no nos atrevemos a soñar. Somos ciborgs que, a falta de sentimientos, guardamos silencios y apariencias. Vestimos nuestro lenguaje como un traje de domingo, marcado por un patrón de modismos entallados a la moda.

Confiamos en que una mentira repetida se pueda convertir en verdad. Y si no funciona, articulamos excusas que argumenten nuestro obrar incongruente.
Pero, desnudo frente a tu indiferencia me siento despojado de autoría y sudado en desilusión después de tanto trabajo de amor perdido.

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