Hay veces en las que tras haber intentado desvestir
mis sentimientos en palabras me cubre la vergüenza, pues compruebo que quien
acumula mis agasajos no tiene sentimientos por compartir y sí gestos para fingir
pudor frente a mi desnudez afectiva.
Las palabras
sinceras, susurradas en momentos de complicidad, suelen convertir un lecho de
rosas en un camastro de clavos del que nos levantamos espantados, argumentando
que nos habíamos tumbado con el ánimo de un amante y no el de un faquir. Pocas
cosas tienen mayor efecto espantadizo que las palabras sinceras.
Incluso ahora
en esta Era de la inComunicación, lo que valoramos es la inmediatez
del contacto, no la espontaneidad de lo compartido.
Encuentro indescriptible la soledad que me rodea en
esta maraña de redes sociales que nos envuelve. A falta de conversar, tuiteo. Facebook no es un vínculo
comunicativo; sino una entelequia que encubre contactos como amigos. Un delirio
dadaista que me permite fabularme más
ingenioso, más sociable, más deseable…
Fuera de las máquinas
y de nuestro nuevo lenguaje, quebrado por anglicismos fallidos y ortografías
bufas, el uso sin alma de significantes léxicos convierte a los que nos creímos
personas irremplazables en personajes insignificantes,
indignos de compartir una línea de diálogo con las estrellas rutilantes de
autobiografías ajenas. La comunicación nos deshumaniza; nos cambia a clones de
patrones de comportamiento socializado. Somos androides que no nos atrevemos a
soñar. Somos ciborgs que, a falta de
sentimientos, guardamos silencios y apariencias. Vestimos nuestro lenguaje como
un traje de domingo, marcado por un patrón de modismos entallados a la moda.
Confiamos en que una
mentira repetida se pueda convertir en verdad. Y si no funciona, articulamos
excusas que argumenten nuestro obrar incongruente.
Pero, desnudo frente a tu indiferencia me siento
despojado de autoría y sudado en desilusión después de tanto trabajo de amor
perdido.
