Sin duda, Enrique Urquijo es el músico español al que más he admirado.
Admiración de la que no he hecho secreto durante su vida, ni tras su muerte.
Compré su primer l.p. –homónimo con
el nombre de su banda, «Los Secretos»
(1981)– pocos días antes de mi viaje de estudios a Italia.
Los vinilos eran caros, de ahí que su
primera escucha en casa la dedicara habitualmente a grabar el álbum en una
casete. El de la banda Los Secretos
no fue una excepción. Fueron muchas las veces que escuché en secreto esa cinta
por las carreteras de España, Francia e Italia, mientras una G. B., eternamente mareada, reposaba su
cabeza en mi hombro. Llevaba bajo el volumen de mi walkman para poderla oír a
ella, pero lo único que escuchaba eran las canciones de Los Secretos. Al poco de volver del viaje, G. B. se encaprichó de un niño mimado. Yo seguí fiel a ella y a la
que desde entonces es mi banda.
Con los años, terminé compartiendo
las ganas de velocidad que acabaron llevándose a Enrique Urquijo. Para mi suerte, yo me bajé del viaje antes de que
el tren descarrilara.
Creo que el día de la muerte de EnriqueUrquijo –el 17 de noviembre de 1999–
fue el último en que mi madre esperó nerviosa por mi regreso a casa. En los
años recientes, sin haberme vuelto a subir al tren de los excesos, abordaba esporádicamente
el tranvía de la demasía. Aquél mediodía mi madre temió que al enterarme del
fallecimiento de Enrique, hubiera
hechos míos sus problemas.
Mi pasado pesa cuando tengo presentes
los desvelos que ocasioné al vivir sin preocuparme por quienes no hacían
secreto de su quererme.
Ahora, aunque ella no lo sepa, me
duele el dolor que le causé. En esta tarde tranquila de lunes veo improbable el
volver a meterme en viajes alucinantes. A mis ganas de velocidad las vencen mis
ansias de tranquilidad.
Si me permites un consejo, amable
leyente: no te evadas hipnóticamente de la Realidad, tus evasiones dejarán
heridas en los corazones de quienes te quieren.
A mi madre, Elena.
