Te
agradezco el que me recuerdes que nuestra valía está tanto en el exceso de
nuestros momentos de ganas como en la carencia de los periodos de lágrimas;
todos ellos fugaces y, con sus diferencias, también hermosos.
Siempre me apoyas y me animas, independientemente de
las intenciones o ideas locas que comparta: gracias.
Sigo sin saber qué es eso que ves en mí que te lleva a
mostrarme un apoyo continuo. Pero me gusta tenerlo. Gracias.
The pleasure of letting myself
be carried away by my desire causes me many problems in the development of a
life in society: it makes it difficult for me to keep a job, it makes me get bored
with friendships or relationships, and it distances me from repetitive social
contact.
My "enninations"are my greatest stimulus.
I like nothing
more than to indulge in rambling and dreaming. It is convenient for me to
create a series of daily routines; they make me get sense of the passage of
time and induce me to interact with other people. They even give my life a
veneer of "normality". But I get bored of being predictable, which is
why I always end up leaving the stages of everyday scenes.
El
placer por dejarme llevar por mis ganas me supone muchos problemas en el desarrollo
de una vida en sociedad: dificulta el que mantenga un trabajo, hace que me
aburran las relaciones de amistad o de pareja, y me aleja del contacto social.
Mi mayor estímulo son mis “enninaciones”, nada me gusta más que entregarme a
divagar y ensoñar.
Me
conviene crearme una serie de rutinas diarias; hacen que cobre sentido del paso
del tiempo y que interactúe con otras personas, incluso le dan un barniz de
“normalidad” a mi vida. Pero me aburre el ser rutinario y previsible, de ahí
que siempre acabe saliendo de los escenarios de escenas cotidianas.
Sin duda, Enrique Urquijo es el músico español al que más he admirado.
Admiración de la que no he hecho secreto durante su vida, ni tras su muerte.
Compré su primer l.p. –homónimo con
el nombre de su banda, «Los Secretos»
(1981)– pocos días antes de mi viaje de estudios a Italia.
Los vinilos eran caros, de ahí que su
primera escucha en casa la dedicara habitualmente a grabar el álbum en una
casete. El de la banda Los Secretos
no fue una excepción. Fueron muchas las veces que escuché en secreto esa cinta
por las carreteras de España, Francia e Italia, mientras una G. B., eternamente mareada, reposaba su
cabeza en mi hombro. Llevaba bajo el volumen de mi walkman para poderla oír a
ella, pero lo único que escuchaba eran las canciones de Los Secretos. Al poco de volver del viaje, G. B. se encaprichó de un niño mimado. Yo seguí fiel a ella y a la
que desde entonces es mi banda.
Con los años, terminé compartiendo
las ganas de velocidad que acabaron llevándose a Enrique Urquijo. Para mi suerte, yo me bajé del viaje antes de que
el tren descarrilara.
Creo que el día de la muerte de EnriqueUrquijo –el 17 de noviembre de 1999–
fue el último en que mi madre esperó nerviosa por mi regreso a casa. En los
años recientes, sin haberme vuelto a subir al tren de los excesos, abordaba esporádicamente
el tranvía de la demasía. Aquél mediodía mi madre temió que al enterarme del
fallecimiento de Enrique, hubiera
hechos míos sus problemas.
Mi pasado pesa cuando tengo presentes
los desvelos que ocasioné al vivir sin preocuparme por quienes no hacían
secreto de su quererme.
Ahora, aunque ella no lo sepa, me
duele el dolor que le causé. En esta tarde tranquila de lunes veo improbable el
volver a meterme en viajes alucinantes. A mis ganas de velocidad las vencen mis
ansias de tranquilidad.
Si me permites un consejo, amable
leyente: no te evadas hipnóticamente de la Realidad, tus evasiones dejarán
heridas en los corazones de quienes te quieren.